
OCHENTA AÑOS DE INTENTONA GOLPISTA: FRANCISCO BARBOSA Y EL CORONEL DIÓGENES GIL
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Hace ochenta años, como ocurre hoy, el mundo estaba dividido en blanco y negro. Las ideas conservadoras de varios países latinoamericanos coqueteaban con las fuerzas del poder nazi alemán adoptando como bandera un racismo nacionalista, un creciente antisemitismo y, claro, un descomunal anticomunismo. Laureano Gómez, líder de las ideas conservadoras en el país, era un corazón podrido que atizaba a sus seguidores con discursos y artículos incendiarios que invitaban –textualmente- a volver “inviable la República”.
Al igual que hoy, el presidente de entonces no ayudaba mucho. Su familia estaba en varios escándalos. En efecto, Alfonso López Michelsen, hijo del presidente, al igual que Tomás y Gerónimo Uribe, o Nicolás Petro, aprovecharon su influencia para volverse millonarios en muy convenientes e ilegales negocios; en cuanto al muchacho López Michelsen, aprovechando su vínculo y ascendencia consanguínea, se le ocurrió la genial idea de comprar unas acciones vinculadas con Bavaria en tiempos en que las propiedades de los alemanes estaban siendo retenidas. Algunos dicen que López Pumarejo renunció por el amor de su hijo al dinero, otros señalan que fue por atender el cáncer de su esposa, otros más aducen que su relación dentro del Partido Liberal era insostenible. Al final, dimitió un año antes de terminar su período reglamentario.
En la Colombia de entonces, al igual que hoy, la guerra sucia era inclemente. A López Pumarejo se le endilgó el asesinato del famoso exboxeador e “influencer” conservador costeño Francisco Pérez, más conocido como Matatoco. Mientras tanto, en medio otras “fake news” de la época, al otro hijo de López se le acusó de mandar asesinar a un policía que lo había descubierto “tirando” en su vehículo con la esposa de un embajador.
Ideas van, ideas vienen. La desestabilización comienza siempre con las más falaces, exageradas o moralistas acusaciones. Así, lo de la intentona de Pasto es tan sórdido como lo que ocurre en el bunker de la Fiscalía, y habla de unos grises personajes de aspiraciones ridículamente inconmensurables. Esta gente, en medio de sus desmedidas actuaciones, inventan desatinadas justificaciones que sólo pueden resultar creíbles en mentes alienadas.
El líder de los acontecimientos de Pasto, por ejemplo, explicó su participación en la intentona golpista por hallarse en una triple e insostenible encrucijada: 1) oponerse le hubiera acarreado ser víctima de un atentado; 2) no intervenir en el golpe de Estado, hubiera implicado dejar que los hechos llegaran hasta las más funestas consecuencias; 3) aceptar ser el líder del motín permitiría salvar al presidente López Pumarejo. En su testimonio a las autoridades judiciales, en medio del juicio en su contra, Diógenes Gil, con cinismo, expresó lo siguiente: “vi muy claramente que si mi intervención no hubiese sido esa, la vida del jefe de Estado corría un peligro inminente”.
Luego señaló, resaltando su potencial de líder: “Agudelo [un teniente Coronel igualmente golpista] no era un hombre ni por su cabeza ni por su prestigio, ni su equilibrio en esa circunstancia, capaz de crear la situación creada. Creo que ningún otro oficial lo hubiera podido hacer […] De ahí en adelante el movimiento fue conducido por mí sin ninguna restricción ni duda”.
Diógenes Gil, de esta manera, por la fuerza de las circunstancias y al considerarse el militar “más preparado de su generación”, sacrificó sus principios para afrontar unas imponderables circunstancias históricas que dependían exclusivamente de su bienaventurada intervención.
Como se sabe, el intento de golpe de Estado duró unas cuantas horas, teniendo solo alguna repercusión en Tolima y Santander. El rescate del presidente se hizo por vía militar y los golpistas fueron detenidos, apresados y juzgados; Laureano Gómez, el ideólogo, tal como ocurre con los ideólogos, salió asilado rumbo al Ecuador.
Pero en medio de su derrota, y de haberse extinguido su desmadre por minar las instituciones, Diógenes se aferraba al nimio poder de su ego. Imbuido en unas delirantes negociaciones, le propuso al retornado presidente López Pumarejo dejarlo libre bajo la condición de nombrarlo Ministro de Guerra –al menos- durante el mes siguiente. Gil pedía, pues, como Barbosa lo hace hoy, una especie de interinidad para mantener la alucinación de su fugaz paso por el poder.
A Francisco Barbosa, que ha usado su lugar en la Fiscalía General de la Nación para tumbar al presidente valiéndose de las más escandalosas artimañas, y queriendo por sobre todo quedarse en el cargo, bien valdría la pena agarrarlo de la camisa tal como lo hizo López Pumarejo con Diógenes Gil (de ser cierto lo que nos cuenta Oscar Alarcón) y decirle exactamente esas mismas palabras: “usted no me proponga inmoralidades”.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
5 comentarios




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Hola. He investigado sobre este tema, pero no encuentro nada referente a lo que les pasó a Diogenes Gil y Luis Agudelo, durante o después de pagar su condena. Sería interesante saber qué les pasó?
Qué pendejada de artículo
Que estupidéz; propia de las mentiras que la izquierda inventa para figurar. Muestra su ignorancia en el tema y su resentimiento propio de lo que vemos aquí… desadaptación.
Llegue acá gracias a la lectura de la biografía de Gaitán escrita por Osorio Lizarazo. Que bonito aporte hace usted profesor con la comparación que hace con los tiempos modernos. Precisa muy bien al realizarla. Muchas gracias por tan brillante escrito.