Crisis democrática y constituyente universitaria - Razón Pública

Crisis democrática y constituyente universitaria

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La Constituyente Universitaria, a diferencia de la ininteligible propuesta de poder constituyente popular que propone el gobierno, es una necesidad impostergable para un país que no encuentra salidas para diferentes problemas que -parece- le ganaron la batalla: corrupción, mesianismo e ignorancia. Hoy en día se elige mayoritariamente desde el desconocimiento de del funcionamiento del sistema político en asuntos esenciales como la importancia de la separación de poderes, la responsabilidad en la toma de decisiones o la ausencia de curiosidad por información verídica. Estamos gobernados, en efecto, desde la ignorancia y el temor al otro, como dan cuenta las recientes elecciones europeas y advenimiento de la extrema derecha.

Esta crisis de la democracia falsamente ha sido leída a través de la vacía idea de una “polarización”; un concepto tan pando y molesto como intrascendente al momento de reflexionar el efecto que ha tenido la “revolución de la información” en la democracia liberal. Hoy no padecemos solamente la imposición ideológica de los partidos y sus medios prepago que logran la inserción de “un tombo en la cabeza” como diría Althusser, sino la implantación de cualquier pensamiento banal fundado en la sola necesidad de deconstruir e incluso deshumanizar al diferente. Y así, bajo esa lógica, es que la gente piensa, vota, elige, insulta e incluso asesina tal como ocurre justo -mientras yo escribo y usted lee- en el Holocausto Palestino. A la situación de hoy en el Medio Oriente se llegó, no lo olvidemos, gracias a los instrumentos democráticos liberales.

Esta situación no tiene que ver, pues, con la tan mencionada polarización sino con una crisis de la noción misma de la democracia tal como la conocemos. Recordemos a Rancière y otros varios cuando nos señalan que no estamos en medio de un sistema político basado en el démos (pueblo) sino en el okhlos: “turbulencia infinita de esas colecciones de individuos siempre diferentes de sí mismos, que viven en la intermitencia entre el deseo y el desgarramiento de la pasión”. Vivimos, pues, en una oclocracia bajo el galimatías de un sistema político “democrático” basado en el interés, el individualismo, la pasión y la mentira.

En medio de este escenario, si pensamos que La Universidad es un espacio de experimentación y debate de la realidad de nuestro espacio-tiempo, se entiende que sea necesario e impostergable llevar a cabo ejercicios de reconstrucción democrática que superen el calamitoso enfrentamiento de dos “chichoneras” cada vez más radicalizadas. Es necesario pensar en sistemas de organización que puedan concebir variables diferentes al voto sectario y universal, o a una aristocracia (o rosca académica) que se concibe como el mejor mal necesario y por ello se atornilla en los lugares de decisión. La necesidad de un giro en la forma de entender la participación en política es, entonces, una responsabilidad histórica. Y así, una elección de Múnera sin transformar el sistema será sin duda un fracaso peor que el previsible retorno de Peña.

La construcción práctica de alternativas de gobierno y de gobernanza deben ser bienvenidas y alentadas, y no hay por qué pensar que La Universidad deba sustraerse de ese deber y función social. Por ello existe la autonomía universitaria. Me parecía muy curioso escuchar a Francisco Cajiao decir que La Universidad era un patrimonio de todos los colombianos, que se sufragaba con nuestros impuestos, y que una minoría no tenía derecho a reconstituirla; aun así, hablaba sin sonrojarse de la tan mencionada “autonomía universitaria”. Otros la extrañan, a sabiendas que hasta ahora es poco lo que existe de ella, cuando los gobiernos siempre han impuesto mayorías en los consejos superiores universitarios.

Pero incluso en la crisis tenemos varios acuerdos. En medio de nuestras protuberantes contradicciones, tanto los que apoyamos la elección de Leopoldo Múnera y la necesidad de un replanteamiento de la democracia universitaria, como los que suponen legítimo el ardid por medio del cual Ismael Peña resultó electo, creemos que una elección popular de rector es inconveniente. Elegir por mayoría y silbatinas a las directivas de las instituciones educativas traería (de manera más dramática) a los campus universitarios, los males que afligen hoy al sistema electorero colombiano; compra de votos, nepotismo, corrupción y, entre mil problemas, demagogia partidista.

Pero riesgo de votaciones directas y las problemáticas que le sobrevendrían, y que son el caballo de batalla del exrector Moisés Wasserman, no es una excusa, sin embargo, para inventarse un sistema electoral oscuro como el que sacó de la manga el exrector Mantilla para impedir una correspondencia entre elección y mayorías reales. En esto tenemos diferencias muy concretas.

La actual crisis de La Universidad Nacional, por su naturaleza misma, es entonces una expresión latente de la crisis de la democracia colombiana; no es un asunto menor ni endógeno al campus de la “Ciudad Blanca”. Hablamos empero de una crisis que, al estar en medio de una escala particular y un contexto de natural beligerancia, bien puede facilitar su propia “reconstitución. Esto le debe interesar a un país cuyas instituciones están corrompidas hasta el tuétano, y no parecen haber más alternativas plausibles de mejoría. Es allí donde se entiende la necesidad de pensar laboratorios que ayuden a pensar desde la práctica en la construcción de democracia más allá de unas votaciones y el sofisma de las mayorías.

Ahora bien, una constituyente, en su necesidad de re-constituir, entraña necesariamente riesgos; evidentemente. Lo pudimos ver en Chile, donde el radicalismo generó pánico en una sociedad incluso más conservadora que la colombiana. Y aunque la comunidad universitaria de hoy tiene características muy diferentes a la del sectarismo comunista de los años 70’s y 80’s, y que por cierto hubiese hecho agua cualquier tentativa re-constitutiva, es preciso admitir que la actual es una generación muy influida por una radical corrección política que en muchos sentidos termina imbuida en un moralismo que impide ponderaciones o matices. Discusiones muy pertinentes y necesarias podrían así pues terminar en un diálogo de sordos alentado por el miedo innegable a la cancelación por cuenta de una paranoia colectiva que observa por doquier dinámicas de violencia simbólica. La emergencia de nuevos dogmas generaría otro remedo de democracia, o peor aún.

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Vladimir Montana

Escrito por:

Vladimir Montana

*Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Profesor Universitario. Investigador del Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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