EL CIERRE DEL CAREGATO | Vladimir Montaña Mestizo
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EL CIERRE DEL CAREGATO

Escrito por Vladimir Montana

LA NUEVA FASE DE UN DESASTRE FUTURO

Recientemente, con bombos y platillos, se informó la culminación del boquete de Caregato, un sitio donde “se rompió” el curso del río Cauca generando cerca de dos años de calamidades en varios municipios de la región de La Mojana. Las discusiones sobre la pertinencia o no, de cerrar dicho boquete, y de conducir el agua hacia una zona inundable, la citación de estudios holandeses y japoneses previos y, en fin, la puesta sobre el mantel de toda clase de soluciones, falsas soluciones y las soluciones de siempre, generaron en buena medida la cabeza del entonces director de la Unidad Nacional de Gestión de Riesgos. El clamor de la comunidad, y de la clase política de los departamentos de Sucre y Bolívar, por una solución infraestructural, es decir, un simple cierre del boquete, nos invitan a hacer un recuento histórico de las varias alternativas fallidas que, desde la ingeniería pura y dura, se han venido planteando para atender un problema generado por esa misma infraestructura y el desecamiento de las tierras da ciénaga.

En una columna dirigida a la clase política del entonces, Departamento de Bolívar, Uriel Pacheco señalaba en febrero de 1945 un simpático símil entre los jarillones y una prótesis dental, señalando que ellos son simplemente, una solución estética a los desbordamientos periódicos de los ríos cienagueros. Pacheco señalaba que estas murallas poco podrían aportar a un problema usual de inundaciones, y que un tapón cualquiera siempre llevaría al rompimiento del río en otro punto de su cauce. Hasta allí estaríamos de acuerdo con este analista pues, seguidamente, plantearía una solución infinitamente peor: la canalización total de los caños y ríos.

El problema, desde luego, no habría de cambiar una década después. La Mojana era una zona productora de un millón y medio de panelas al mes, y era tristemente célebre por el comercio de micos, tortugas hicoteas, garzas, caimanes y tigrillos hasta de cinco arrobas que se vendían en el mercado de manera desprevenida. El valor de la tierra era inusualmente bajo dada su fertilidad. Se creía que era necesario habilitar ese territorio privilegiado para la agricultura, y efectuar múltiples esfuerzos para sacar el agua de terrenos supuestamente fértiles. En 1962, en un intento por liberar 400.000 hectáreas, se comenzó el cierre del canal de La Mojana, que unía las ciénagas y los municipios de Majagual y Sucre (Sucre). El cierre de dicho canal, se pensaba, evitaría las pérdidas de toneladas de cultivos en una tierra cuya fertilidad y profundidad era frecuente comparada con las tierras contiguas al río Nilo. En aquel entonces se construyó un “espolón” para facilitar la sedimentación y por tanto bloquear el paso del agua; del otro lado se dragó el canal para luego cerrarlo totalmente.  Para paliar el daño a la comunicación de la población anfibia que hasta entonces se comunicaba a través de la ciénaga, se planteó la construcción de una carretera uniendo los municipios de Sucre, Achi, Maganguéy Majagual.

Por supuesto, la carretera no se realizó, y ello generó una gran crisis social que trajo consigo un intenso proceso de emigración. Pero, al tiempo que se comenzaban las obras de cierre del canal, la región se vio afectada por los efectos de una obra que, en los años 40’s lideró un buen sacerdote párroco de Majagual. En aquel entonces, para paliar las inundaciones el mencionado cura abrió junto con la comunidad una pequeña acequia que evacuaba el agua de cultivo en tiempos de invierno. Sin embargo, con el tiempo, dicho canal se convirtió en un “auténtico río” que comunicaba los ríos Cauca y San Jorge y generó nuevos problemas de inundación en otros puntos de la región.  Lo que había comenzado como un pequeño boquete de un par de metros, terminó por convertirse en un gigantesco flujo de agua que volvió cuerpos de agua a muchas tierras de cultivo y pastoreo de otras zonas. Si bien desde los años 50’s comenzaron los esfuerzos por taponar la famosa Boca del Cura, ello solo se logró una década después. De tal forma, mientras cerraban el Canal de La Mojana, el agua llegaba a través de la famosa Boca del Cura.

En medio de una nueva emergencia en 1962 se dispuso una partida de 50 millones para el cierre de la Boca del Cura, y asumiendo que de cualquier forma el agua buscaría su salida por otro logar, se proyectó la construcción de un dique paralelo.

Cuatro años después la llamada Boca del Cura no se había secado, y una nueva Comisión de Estudios propuso, además, la apertura de un nuevo canal para unir a los municipios de Majagual y Sucre. Se propuso, además la construcción de diversos diques paralelos para subsanar los efectos generados por el cierre de la mencionada Boca del Cura. Se propuso igualmente una nivelación topográfica de los terrenos al caño La Mojana, y el inicio de un proceso de “incorización” de las tierras que serían desecadas para asignarlas a los campesinos. Para cumplir tales propósitos se dispuso la creación de una comisión de “alto nivel” que debía velar por el financiamiento y ejecución de la obra. En aquel entonces la comisión estuvo integrada por el gobernador de Sucre, el director de la Corporación de los Valles del Magdalena y Sinú, representantes del Ministerio de Agricultura, del Ministerio de Obras y del Insfopal (Instituto Nacional de Fomento Municipal, liquidado en 1987). La Boca del Cura, finalmente se cerró en junio de 1969, y la construcción de los diques aledaños para no aislar a Majagual quedaron en veremos.

No pasaron dos meses del cierre de la Boca del Cura y hubo un nuevo desastre. El agua había quedado en tierras de los campesinos dañando sus cultivos, razón por la cual se lanzaron a abrir diques que finalmente terminaron un nuevo boquete hacia el caño La Mojana. En 1970 tenía lugar una nueva inundación, tan grave que ni siquiera se había visto cuando estaba activa la Boca del Cura. Trescientas mil hectáreas fueron afectadas y el país presenció una crisis humanitaria sin precedentes. Sesenta mil personas fueron afectadas por una calamidad que aumentó por cuenta de un escándalo en  la distribución de alimentos a los damnificados. En 1981, nuevamente hubo una gran inundación, y el Ministerio de Obras Públicas anunció que se requeriría la adición de al menos mil millones de pesos para rehabilitar la zona. En 1983 el gobierno de Betancur anunció una partida de 5000 millones para recuperar La Mojana, cifra récord en su entender, teniendo en cuenta que desde los años 60’s se habían invertido apenas 20.600 millones de pesos en la región. Con todo, en  1983 el gobierno anunció apenas 1200 millones para, nuevamente, construir un dique para “atajar” las inundaciones. Es por ello que el director del Incora de la época, Antonio Gómez Merlano, señaló que para solucionar el problema se requerirían unos mil millones de pesos adicionales.

Como podemos ver las soluciones de hacer diques, crear nuevos caños y cerrar boquetes han sido fundamentalmente fallidas. Y ello es obvio porque la región es, naturalmente, una zona inundable. El meollo de las obras de infraestructura como supuesta solución a un problema hidrológico relacionado con la historia geológica de la región, solamente logrará la apertura de nuevos boquetes y la generación de una mayor presión del agua que romperá el río en otro punto de su curso durante las venideras olas invernales. El desecamiento de las aguas por cuenta de los latifundios ganaderos, y los mismos procesos de reforma agraria bajo los gobiernos de Lleras Restrepo y Belisario Betancurt, han generado de hecho una transformación estructural en el significado, uso y función, del territorio cienaguero. El atentado contra las sociedades anfibias es un problema estructural que borra de tajo los aprendizajes de unas sociedades (especialmente de los grupos prehispánicos Zenú) que históricamente entendieron a vivir con las fluctuaciones de un fenómeno natural llamado inundación.

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