EL CANAL DEL DIQUE NO ES UN DESAFÍO DEL SIGLO PASADO
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EL CANAL DEL DIQUE NO ES UN DESAFÍO DEL SIGLO PASADO

Escrito por Vladimir Montana

La ratificación del Juzgado Quinto Laboral del Circuito de Cartagena, en un fallo que ordena la suspensión de las obras del Canal del Dique, frente a una posible omisión en la consulta previa con las comunidades afrodescendientes de Pasacaballos, pone de manifiesto un problema histórico que no tiene solución a la vista.

En este breve texto hablaremos sobre las diversas intervenciones que se han hecho sobre el Canal del Dique y de sus cada vez más infaustas consecuencias. La alarma que prenden las comunidades de Pasacaballos no es, ni mucho menos, un palo en la rueda al progreso o al desarrollo.

El Canal del Dique es una infraestructura del siglo XVII que tuvo como objetivo comunicar a Cartagena con el río Magdalena. Se trató de una obra construida por población africana esclavizada, que resultó forzada a remover manglares, uniendo los caños y ciénagas del territorio que hoy hacen parte de los municipios del sur del departamento del Atlántico, norte del Bolívar y San Onofre (Sucre). En aquel tiempo se introdujo el champán, una embarcación originaria del extremo oriente, que valiéndose –nuevamente- de la mano de obra esclava en tanto bogas, lograba sortear los obstáculos cenagosos del norte de la vertiente del río Magdalena; por tanto, hasta el siglo XIX, la comunicación entre el interior del país y el puerto, a través del Canal del Dique, cumplió entonces una función que no resultó de gran afectación a los ecosistemas cenagosos.

Pero con la entrada del país al capitalismo internacional, y la necesidad de transportar tanto hidrocarburos como café en barcos a vapor, se hizo necesaria la paulatina transformación de un canal que, hasta entonces, había sido un enmarañado hidro-camino en medio de caños, arroyos y ciénagas. La incursión de los vapores, que requerían un mayor calado para no correr el riesgo de encallar en humedales de baja profundidad, fue el comienzo de afectaciones sucesivas, que cada vez resultaron sorteadas con una solución peor. La historia de las obras del Canal del Dique es la historia de la ingeniería de interés público. Cada intervención reducía el número de curvas y meandros del canal; y mientras aumentaba la rapidez de los desplazamientos de los barcos, llegaban a Cartagena los sedimentos que otrora quedan en los meandros de los ríos y dan forma sinuosa y caprichosa a los ríos. Y así: con el Canal en forma de autopista, el tobogán de los sedimentos comenzó a llegar directo a Cartagena.

Con la reducción de las curvas y cursos naturales de los otrora arroyos, caños y ciénagas, se requirió el mantenimiento permanente de dragas que entraron a formar parte fundamental del canal. La navegabilidad, entonces, dependió de unas gigantescas máquinas que iban retirando sedimentos y manteniendo la profundidad necesaria para un transporte vaporoso. Pero el desarrollo vial del país, y el abandono del transporte fluvial y ferroviario, acabaron con el mantenimiento de dragas y carrileras; por tanto, los sedimentos del país quedaron a la libre voluntad de las aguas; como había sido siempre.

En 1961, se construyó el caño Lequerica para dirigir parte de las aguas y sedimentos hacia la contigua Bahía de Barbacoas; apartada de los turistas y del puerto. Pero esta “solución” no solventó el problema y hoy en día la sedimentación que llega a Cartagena por vías del Canal del Dique está poniendo en riesgo la operatividad misma del puerto. Podría decirse que esta es la razón fundamental, y no la ruina de los arrecifes coralinos de la bahía, lo que legitima la mega obra de ingeniería que recientemente fue suspendida por el juzgado quinto de Cartagena.

Y es que las poblaciones aledañas a los 115 kilómetros del canal tienen razones históricas para sospechar que dicha obra no les representa una solución para su soberanía alimentaria y vida tradicional. Como primera medida, es claro que las esclusas, a pesar que se diga que habrá plantación de alevinos (“cachorros” de pescado), reducen el paso de especies migratorias que resultan fundamentales en la dieta y culturas locales. Las esclusas impiden la circulación del pescado y las dragas rompen su ecosistema. Las dragas y las esclusas y demás artilugios de la ingeniería hidráulica consuetudinariamente han roto la forma de vida de los micro y macro-invertebrados en los que se fundamenta la vida acuífera y, por tanto, del sustento de los pescadores.

Y mientras se reduce el paso de los peces que alimentan múltiples poblaciones de los departamentos de Bolívar, Atlántico y Sucre, la pregunta emergente es: ¿A dónde irán a parar los sedimentos que no llegarán a la Bahía de Cartagena?

Como es de suponer, las poblaciones ubicadas en el bajo Magdalena desde Calamar hasta la propia Bocas de Ceniza, tanto en el costado del Atlántico como del Departamento de Magdalena, se podrán ver afectadas aumentando el riesgo de inundaciones tan graves como las que se dieron en 2010. Aquel año, recordemos, prácticamente la mitad del departamento resultó inundado por cuenta de una ruptura del Canal del Dique a la altura del municipio de Santa Lucía.

Antiguamente estas poblaciones estaban protegidas por las ciénagas, pero hoy, cuando muchas de ellas han desaparecido en medio de una lucha de la Nación contra el agua, la única alternativa es el Estado Social de Derecho. El Canal del Dique, que se construyó para conectar el puerto con el interior del país, y que de alguna manera generó una afectación moderada sobre la vida anfibia del Bajo Magdalena, cada vez que se interviene ha impactado de manera irregular las poblaciones rivereñas. Es por ello que las consultas previas, pero no los remedos de ellas, resultan tan importantes como definitivos para la vida de miles de personas que viven del pescado, la ciénaga y el agua.

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