Los indios no contactados del río Nechí en 1935: otro etnocidio de la minería del oro en el Bajo Cauca - Razón Pública

Los indios no contactados del río Nechí en 1935: otro etnocidio de la minería del oro en el Bajo Cauca

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El lunes 24 de junio de 1935 el matutino El Tiempo (de Bogotá) publicó el avistamiento de un pueblo indígena no contactado o en situación de aislamiento, en la Serranía de San Lucas, y más exactamente en cercanías al homónimo cerro. La noticia fue confirmada por el alemán Hans Hoffman, jefe de pilotos de la SCADTA (Sociedad Colombo-Alemana de Transportes Aéreos) -hoy Avianca- quién efectuaba el recorrido Barranquilla-Puerto Salgar, a bordo de un hidroavión trimotor que tardaba poco más de tres horas en su recorrido. Según el reportero que cubrió la noticia, estas serían más o menos las palabras de Hoffman.

“Volábamos a una altura de cuatro mil metros y poco después de salir de Barranquilla nos internamos en las montañas existentes entre los ríos Magdalena y Nechí. En las cercanías del cerro llamado San Lucas, en lo más abrupto e inaccesible de las montañas próximas, encontramos una población de indios sobre la cual pasamos poco después. Ese día las condiciones atmosféricas eran excelentes: la completa claridad que existía, con una visibilidad ideal, nos permitió contemplar detenidamente tal caserío escondido en medio de unas montañas altísimas. El caserío […] consta de ocho casas; cada una de ellas tiene treinta metros de largo por diez de ancho, poco más o menos. Son de techos pajizos y tienen forma de bodegas; se comprende que cada una de ellas sirve para albergue de varias familias. Las casas están construidas al pie de un lago de aguas claras y cristalinas, de relativa extensión; como en los alrededores no se ven cultivos de ninguna índole, puede considerarse como seguro que los habitantes desconocen la agricultura y sólo viven de la caza y de la pesca”.

La noticia de junio de 1935 muestra aquella condición inexpugnable de la Serranía de San Lucas, y que le ha permitido padecer hasta el día de hoy, ser refugio de guerrillas y otros grupos armados. Incluso en la actualidad, es una gran extensión de manigua y corresponde a uno de los últimos reductos de bosque húmedo tropical en la región Caribe de Colombia. El hallazgo en esta zona genera sin embargo, una sensación ambivalente pues, si bien es cierto que resultaría un territorio idóneo para la pervivencia de pueblos en situación de aislamiento, también es verdad que, durante siglos, fue el receptáculo de miles de aventureros y mineros que llegaron y se fueron en busca de riqueza.

Para entender la importancia del avistamiento, la debacle y exterminio allí perpetrado es necesario revisar el contexto nacional e internacional del mercado del oro, tanto en el territorio del Bajo Cauca como en los intríngulis de las grandes bolsas de valores de Toronto, Paris y Nueva York, pero también en las recién fundadas bolsas de Bogotá y Medellín. En el mundo financiero de los años 30, los inversionistas y los mineros de varios países tenían de hecho puesto el ojo en un nuevo dorado (ubicado en tierras de aquellos indios) y ello debe tenerse en cuenta al momento de analizar las razones por las cuales ese pueblo visto desde el aire ya no está con nosotros.

Desde muy temprano en la historia, la región fue vista como el mayor tesoro de oro en las Américas. Las noticias sobre la ciudad Zaragoza (epicentro del asunto) no parecieran haber cambiado mucho en el tiempo y de ella, dijo fray Pedro Simón, que “parecía que la tierra estuviera rebosando de oro y que no lo podía sufrir más en sus entrañas”. Los relatos de la abundancia continuaron en el siglo XVIII y así, Francisco Silvestre señaló que el oro “está granujado de modo que se ve y parece que la tierra oprimida de tanto guardarlo quiere como brotarlo de sí y manifestar lo mucho que esconde”. Ya en tiempos próximos a la independencia se tuvo que “las minas son tan ricas que se puede decir con toda seguridad que el Potosí no puede ser tan rico como todo este territorio. Sólo el río Porce y el Nechí pueden dar más oro que el que se produce en este territorio”.

En 1883 la Compañía Francesa de las Minas de Oro del Nechí y sus Afluentes trajo las primeras máquinas para la explotación “en grande” del oro en la región. Las expectativas eran certeras, Franklin White gerente de la Pato Consolidated Gold Dredging Ltd. y de otras grandes mineras en el mundo, calculó desde Londres que en ese territorio por cada yarda (poco menos que un metro) se podría extraer una libra del metal. Cuenta Juan José Hoyos (El Tiempo, 1979), que todo esto trajo en 1909 la llegada de la Pato Mines Company, inicialmente asentada en el hoy corregimiento del Pato, en Zaragoza, cuenca alta del Nechí, y que en los años 30 fuera absorbida por la International Mining Company constituyendo la Pato Consolidated Gold Dredging Ltd.

La propiedad del río comenzó a titularse a los mineros a partir del 28 de febrero de 1922, luego de firmado el Decreto 223 de 1932, el primero en su género, que entregó por primera vez la concesión de un título aluvial. En adelante diferentes ríos fueron titulados aprovechando este nuevo artilugio de entregar la vida de las comunidades a cambio de unos pingües ingresos fiscales.

El negocio cambió de curso y de las vetas se pasó a los ríos. Es así que la canadiense Nechi Consolidated Dredging, según The Financial Post, se dio incluso el lujo de emitir en bolsa 6 millones de acciones con un precio de 1 dólar por acción en el año de 1916. El negocio de las empresas de oro del Nechí, allí cerca de donde vivían los indios no contactados en mención, como puede verse, se movía como la fusión de las empresas aéreas de hoy, y cada vez se gestaban mayores monopolios. La Pato, en 1941, se tragó sus dos principales competidoras: la Nechi Valley Gold Mining con sede en Delawere y la paisa Exploradora del río Nechí quiénes estuvieron a su vez envueltas en un litigio por 8 grandes vetas de aluvión que inicialmente ganaron los estadounidenses en un juzgado de Yarumal, perdiendo luego en fallo de segunda instancia en 1938. Más tarde, en 1953, según el diario norteamericano Le Canada, las dos maxiempresas restantes de la región, la Pato Consolidated Gold Dredging y la Nechi Consolidated Gold Dredging, se amalgamarían en medio de un resonado negocio de calado internacional.

En la década siguiente al avistamiento de los indígenas de San Lucas, las expectativas de estas empresas aumentaban y no es difícil imaginar la profunda crisis que ese alejado pueblo de indios no contactados tuvo que haber padecido. Según un informe de 1949 publicado por The Sidney Morning Herald, las reservas probadas de grava a fines de 1947 eran de 204 millones de yardas, con un promedio de 16,4 millones de yardas perforadas parcialmente. Juan José Hoyos quizás nos pone más clara la dimensión de este yacimiento inconmensurable pues, habiendo consultado antiguos empleados, estimó que las dragas de estas empresas podrían sacar 250 libras de oro en un día. La maquinaria, como se aprecia en  un filme de 1931 que se encuentra Hagley Digital Archives, mostraba que cada vez eran más aterradora la situación de esta región. Ese paisaje frondoso que vemos en el citado audiovisual no se compadece con aquellos cerros de arena que se observan en el yaciente río Nechí de hoy.  Ver este documento audiovisual y luego imaginar la situación vivida en carne y hueso, obliga a percatarnos de la terrible realidad que debieron vivir aquellos indígenas vistos desde el trimotor de Hoffman quienes, si es que aún subsistían, tuvieron que estar al menos atribulados, si no aterrorizados, con la llegada de ese infierno del oro.

La atracción por el oro era magnética. Alfredo Molano señaló que “en 1885, la mina de Remedios tenía más de mil obreros y era la mina de veta más grande del país. La mayoría de las minas del nordeste eran de antioqueños, pero las más grandes eran de compañías extranjeras…; en 1939, 2.800 de los 7.000 habitantes en Segovia trabajaban para la Frontino Gold Mine” una empresa que también fuera comprada por la Pato Consolidated Gold Dredging. Como es de suponer, al territorio llegaron miles de trabajadores, todos mal pagos, o remunerados con meras expectativas -como hoy ocurre-. Sobre la relación que tuvieran estos trabajadores con nuestros indígenas de la montaña, sólo sus conciencias podrían contárnoslo. En medio de esta fiebre de riqueza fácil, inmigración y llegada de decenas de burdeles, tal como ocurre en los campos petroleros de hoy, el oro era la moneda de cambio, y todo se trocaba a través de unas pepitas brillantes de relativa concentración. De un campamento de “la Pato” surgió el actual municipio del Bagre, y así, de aquella época Antolín Díaz nos recuerda un viejo mapalé de los años 30’s:

“Si quieres oro, morena
sube conmigo al Nechí
nada valen mis amores
con lo que hallarás allí”

Dada la dimensión económica de esta empresa minera llevada en territorios contiguos al asentamiento de aquellos indígenas no contactados del río Nechí, no es descabellada la resurrección de la leyenda de El Dorado. Lo que sí resulta increíble es que la aparición de esa comunidad predestinada al etnocidio alimentara e incluso reavivara la leyenda y pusiera a sudar frío a aquellos que se enteraron de su existencia. El “descubrimiento”, que sin duda debió ser abordado por el recién fundado Instituto Etnológico Nacional, fue construido como una prueba más del Dorado de San Lucas y debió generar la presión por traer más y más dragas. Una mezcla entre paráfrasis del aviador Hoffman, las opiniones de quienes escucharon la declaración del alemán y la opinión del propio reportero que cubrió la noticia, nos refiere cómo, incluso en pleno siglo XX, la presencia de indios no contactados significaba clara y llanamente abundancia de oro:

“El capitán Hoffman habla con calor de la posible vida de estos indios. El río Nechí es inmensamente rico en minerales auríferos y, como es natural, lo mismo deben serlo sus afluentes, que nacen en las montañas donde los indios viven. Acaso estos salvajes vistan de oro y adoren ídolos del mismo metal; quizás, impregnados de polvos auríferos, se bañen en el lago sagrado, al cual arrojarán el oro abundante como tributo de adoración. Y, en todos los que escuchan al aviador -colombianos, alemanes, americanos- vuelve a hervir la sangre de remotos antecesores que ante los ojos de los burgueses habitantes del siglo de la prosa presentan el espejismo atractivo e inalcanzable que llevó millares de seres a las más terribles muertes. Sería curioso que El Dorado que no encontraron los conquistadores desde México hasta Patagonia, viniera a ser descubierto desde el aire, en el año 1935, por los pilotos serenos que diariamente cruzan el cielo americano en todos sentidos”.

Pero como en todo “dorado” las expectativas son siempre mayores a las ganancias. José Medina (quién escribía desde Londres para el Tiempo el 8 de marzo de 1939) develaba las cuentas de esta empresa y el enorme costo de la explotación demostrando con ello cómo el éxito empresarial estaba dado por una cantidad monstruosa (medida en yardas) de tierras arrasadas.

En el año que terminó el 30 de abril, 1938, el oro extraído valió, neto $636.218, con costo de explotación de $329.994. Del saldo, $306.324, aumentada con otras entradas a 315.616, se dedujeron impuestos en Colombia $53.038, para depreciación y los gastos generales de dirección, quedando una utilidad neta de $21.334 que se agregó al saldo en caja anterior totalizando $503.929. Los directores no creyeron prudente repartir dividendos. Por lo expuesto se concluye que las utilidades de Pato no son tan fantásticas como se pretende hacer creer en Colombia, aunque un examen de los planes que actualmente está desarrollando esta empresa, indican una producción enorme en los próximos años. En Anorí, a 35 kilómetros de distancia directa, acaban de montar una planta de 10.000 caballos de fuerza. Se trabaja ahora con cinco dragas y varias unidades hidráulicas, y los informes mensuales indican que para el año 1938-39 se tratarán diecisiete y medio millones de yardas cúbicas, cuatro veces más que lo del año anterior”

Como puede verse, la Colombia de ese siglo XX, al igual que la de este siglo XXI, no duda en cambiar la vida de indígenas, negros, campesino y pescadores por cuenta de unas ganancias relativas que no justifican el daño ambiental, social y cultural. Los indígenas y negros de hoy no pueden repetir la suerte de aquellos desventurados indígenas contactados en 1935, quienes desaparecieron a no dudar por cuenta del brutal crecimiento de la minería de oro. El etnocidio se construye gracias a fábulas y quimeras plasmadas, ya sea en viejas crónicas o en indicadores bursátiles, y ello es lo que ocurre y ocurrió en los cerros de San Lucas y en todo el Bajo Cauca Antioqueño. De todo esto queda una enorme deuda histórica -sin pagar- que se acumula en el río Nechí y que, a pesar del cambio de razón social de “La Pato” (hoy Mineros S.A), no se limpia en una bolsa de valores transando las acciones de un impío pasado.

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org |  + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

1 comentarios

Vladimir Montana

Escrito por:

Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

Comentarios de “Los indios no contactados del río Nechí en 1935: otro etnocidio de la minería del oro en el Bajo Cauca

  1. excelente , muchas gracias por visibilizar este punto. como las comunidades indigenas y afros han sufrido producto de las malas acciones de empresas y operaciones en busca del oro. el cual ha desatado en el municipio de Nechi pobreza, desigualdad, vionencia de genero, conflicto armado. entre otros. No equiliba la balanza entre los aspectos positivos y negativos que ha dejado la mineria en el territorio.

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