
Las cuchas como factor historiográfico
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El aleve y procaz acto que llevó a cabo hace meses un congresista en su miserable acto de “botar las botas” de las madres de Soacha, podría pasar como una estrafalaria muestra de ignorante vanidad pública, como una falta de olfato político o simplemente como la manifestación de un extremismo que resultó indefendible, al menos públicamente, a buena parte del Centro Democrático, su partido. Hoy, sin embargo, este acto de violencia simbólica reaparece en el palimpsesto de la lucha contra los procesos de verdad histórica y jurídica que viene agenciando la derecha más recalcitrante del país, y cuyo último capítulo es el impúdico e inane intento por silenciar aquellos muros que conceden la razón a las madres de los jóvenes asesinados en la Comuna 13 de Medellín.
Estamos pues presenciando una nueva etapa de la Seguridad Democrática en la defensa de sus propios crímenes. Luego de haber triunfado en la propagación de mesiánicas justificaciones de su violencia, ya estando fuera del poder, ve mermada su capacidad para construir realidades y relatos a ellas inherentes. De este modo, se ve apenas reducida a borrar y tachonar la verdad histórica que emerge de diversas operaciones historiográficas basadas en temporalidades concretas, evidencia y testigos. Sin método científico, y con un meta-relato de verdad en declive, los acólitos de la Seguridad Democrática apenas atisban a proferir tachones y borrones, recordándonos esas hojas de cuaderno que, a contraluz, dejaban ver muy claro aquellas palabras erráticas que otrora fueran borroneadas.
Desde este punto de vista, aquellas botas decoradas con mimo por las Madres de Soacha y que fueran tiradas a la basura de manera indolente, vuelven hoy a aparecer, justo al lado de unos muros tachonados que hablaban y siguen hablando algo sobre la razón de unas tales cuchas.
Y es que, con el aumento de los borrones y tachones, evidentes tanto en la profanación a la instalación artística que exaltaba la memoria de los jóvenes de Soacha, como en la vandalización de los murales pintados en varias ciudades del país y que aluden al ocultamiento de los hechos ocurridos en la Comuna 13, parecieran estarse desarrollando dos efectos sobre la Seguridad Democrática: de un lado tenemos la elucidación de unos archivos, yacimientos y fuentes incontrovertibles; y del otro, la evidencia de un pánico previo a que esas mismas fuentes comiencen a tener relevancia científica en las etapas posteriores de la operación historiográfica. De este modo resulta factible que el palurdo método histórico de los perpetradores y justificadores de la barbarie, basado más en tachones y borrones que en anotaciones, seguramente se incrementará a medida que avancen los procesos de construcción de memoria. Lo de los borrones y tachones no es, pues, una acción fundamentalista y aislada comparable con aquellas quemas de los libros que se consideraban moralmente ilegibles, sino que pareciera tener rasgos de sistematicidad.
Y parece sistemático porque, en los dos casos, se actúa en contra de la mayor representación de la desolación de la guerra: el dolor de unas madres cuyos hijos murieron asesinados por cuenta de una política pública. De tal forma, cuando esos borrones y tachones buscan silenciar la razón de quienes se han convertido en el nervio y símbolo de la recuperación de la memoria en Colombia, se hace patente de manera prístina el miedo y la pusilanimidad tanto de quienes lo perpetraron como de quienes lo justifican. Los que pintan de negro las paredes que dan la razón a las cuchas, sin embargo, actúan como quién busca atajar con la mano una cañería rota… acción cretina que sólo logra desparramar sobre sí lo incontenible.
Cucha, es en Colombia, el apelativo con el que los hijos humildes llaman cariñosamente a sus madres trabajadoras, generalmente cabezas de familia, y forjadas a pulso en medio de una sociedad patriarcal de padres ausentes. Es una palabra que generalmente alude a una mujer mayor pero que, si es usada con la madre, toma un sentido profundamente amoroso. Con estas connotaciones, las cuchas en cuestión tienen un enorme poder moral y simbólico, en tanto representan el dolor de haber levantado unos hijos a los que el futuro les fue negado.
Desde un punto de vista histórico, las cuchas resultan seres de memoria poderosamente historizantes, y por eso hoy son objeto de censura y hasta burla por parte de una versión de la guerra que se ha venido a pique. En otras partes del mundo, las cuchas han sido determinantes en el esclarecimiento de la verdad histórica; lo son hoy en los procesos de recuperación de memoria sobre la Masacre de Srebrenica donde murieron cerca de 8000 musulmanes bosnios; lo son las Madres de Tiananmen, que reclaman la verdad en el asesinato de sus hijos por parte del gobierno chino en 1989; lo son, por supuesto, las cuchas de la Plaza de Mayo, ese puñado de madres y abuelas que, habiendo visto desaparecer a hijos y nietos, se encargaron de mostrar y demostrar al mundo lo sucedido en la última dictadura argentina.
El grito de las cuchas de la Comuna 13, y la razón que les viene concediendo tanto la verdad histórica, la verdad jurídica y la verdad pública, si bien converge con el incuestionable lugar que tienen las cuchas de Soacha, tiene un elemento esclarecedor más comprometedor para la Seguridad Democrática: el reconocimiento tácito y explícito de la responsabilidad de Uribe Vélez. Ya no siendo entonces posible achacar los crímenes a las “manzanas podridas” del ejército como ha ocurrido en el Genocidio de los Falsos Positivos, la razón de las cuchas de la Comuna 13, pone directamente el dedo en la llaga de unas máximas decisiones que tienen nombre y apellido.
Las paredes que buscan ocultar que “las cuchas tienen razón”, demuestra que quienes las pintan de negro han perdido, simplemente, esa misma razón. Las Cuchas de Soacha, de la Comuna 13, y las de otras experiencias mundiales de barbarie estatal, tienen un poder especial para cruzar el limbo de la verdad histórica. Ese poder historiográfico de las cuchas de todo el mundo será, muy seguramente, reconocido como un método de investigación histórico basada en el dolor y la resiliencia en tiempos de guerra.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
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