Transformar mi realidad - Razón Pública

Transformar mi realidad

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En la adolescencia, algo entre los 13 y los 18 años, ese momento en que ni los padres ni los hijos saben si están enseñando o están aprendiendo, mi padre me llevaba todas las mañanas al colegio en su Renault blanco. Mis amigos le decían a ese carro “el Medi-Móvil” por un stensil plantado en el vidrio trasero que anunciaba el servicio médico domiciliario al que se ha dedicado mi padre toda la vida.

El camino al colegio era un trayecto corto pero sustancioso. Todas las mañanas en el carro mi padre, obsesionado conmigo, su proyecto de vida y la encarnación del futuro, me hacía leer todos los titulares del periódico. “Debes estar conectada con lo que pasa en el mundo”, me decía.

En esa época, la mitad de los años 90, leer los titulares camino al colegio se parecía a desplazarse hacia abajo de un feed de Twitter tétrico, mucho antes de que esa plataforma existiera. Asesinatos, tomas guerrilleras, racionamiento, apertura, presidentes liberales y conservadores, financiación de campañas, procesos de paz fallidos. Eran años tumultuosos, pero menos tristes que los de mi infancia que estuvieron plagados de tragedias televisadas, un río de lava, magnicidios, bombas y el llanto impotente de mi madre.

Siempre íbamos tarde, atareados, con muy poca gasolina. Cuando yo le reprochaba la escasa gasolina, mi padre decía: “con esto llegamos hasta Quito”. Algunas veces nos varamos por gasolina, pero casi siempre llegábamos a una estación de servicio a varias cuadras del colegio y nos bajábamos corriendo. Entre la estación de servicio y el colegio había una avenida de por medio, difícil de atravesar porque el flujo de carros de la avenida confluía con el de la carrera del colegio, en la que transitaban buses, camionetas y carros que habían dejado a los estudiantes que sí llegaban puntuales.

Para cruzar la avenida mi padre me tomaba de la mano y me decía: “dividir para reinar”.  Caminábamos sobre la avenida para evitar el flujo de carros que salían a borbotones de la carrera del colegio. Sigo pasando calles así. Dividiendo para reinar. Primero la calle y luego la carrera. Nunca en diagonal. En diagonal los carros se te vienen encima sin tregua y es difícil encontrar el momento apropiado para cruzar.

Con ese mismo espíritu de enseñanza estratégica, mi padre me repetía con frecuencia que tener una vida con significado era tener una vida con conciencia social. En ese contexto, cuando leía los titulares todas las mañanas en el carro, solía preguntarme: ¿has pensado qué vas a hacer para “transformar tu realidad”?

Durante muchos años pensé que la pregunta tenía una sola respuesta. Leer, estudiar y movilizarme (de alguna forma y en algún lugar) para tratar de cambiar el mundo, equilibrando en algo la cancha para los más débiles. La guerrera en búsqueda de la justicia social era una fórmula ya trillada pero muy seductora para una adolescente, aunque la mayoría de los referentes conocidos para esas trayectorias sean hombres.

Leí y estudié buscando ese personaje en el que me convertiría y que transformaría su realidad. Una búsqueda afanosa y enfocada siempre en el futuro. Por mucho tiempo asumí que la fórmula mágica para transformar la realidad se me revelaría un día como una epifanía, evidente.

Pero obviamente no. La vida fue transcurriendo entre nuevos y cada vez más avanzados proyectos educativos hasta quedar “más preparada que un kumis”, como se le dice coloquial y un poco despectivamente en Colombia a las personas con muchos títulos universitarios. Pasé por la economía, la historia, el desarrollo, la sociología. Lo que pocos saben es que mientras transitaba entre diferentes disciplinas, niveles y culturas universitarias estudié y traté de incidir en una única cosa: los determinantes económicos, políticos y sociales del acceso equitativo a medicamentos. En otras palabras, sin un plan premeditado, pero con convencimiento, he dedicado toda mi vida adulta a entender y a tratar de eliminar las barreras que impiden que personas padeciendo enfermedades como el VIH, o el cáncer, accedan a los tratamientos que necesitan. Barreras como los altos precios, la propiedad intelectual, los deficientes sistemas de salud o la franca avaricia de unos pocos.

No me llamaría a mí misma una activista porque, después de tanta lectura de sociología de los movimientos sociales, y a pesar de lo que películas como ‘El Jardinero Fiel’ podrían sugerir, a la causa por el acceso a medicamentos de los profesionales no enfermos (salubristas, farmacólogos, abogados, economistas y demás) le ha faltado siempre un poco de calle, de riesgo y del temor a la muerte propia, prevenible pero impagable.

Es curioso, soy reticente al rótulo de ‘activista’ incluso hoy que mi vida depende del acceso efectivo a un medicamento al que muchos en el mundo no pueden ni soñar acceder. Creo que esta reticencia es muy disiente de los retos de la movilización social en el capitalismo avanzado. Con frecuencia las conexiones entre la experiencia humana cotidiana y los entramados económicos y políticos que la determinan se pierden. Ni los enfermos vemos el complejo médico, industrial y financiero que nos mantiene vivos, ni ese complejo médico-industrial-financiero ve a los enfermos en la más difícil de las tareas humanas, que no es sobrevivir sino darle sentido a la vida. Así sucede con el complejo energético-industrial-financiero y las comunidades que habitan los territorios, o con el complejo educativo-industrial-financiero y los estudiantes, por mencionar solo algunos.

Hoy, mientras transito el indecible camino hacia la muerte, revisito mi vida y me pregunto si podría decir que transformé mi realidad. La respuesta es sí, pero no por los años dedicados a la causa del acceso equitativo a medicamentos. No, en lugar de eso, la respuesta a la pregunta de mi padre sería algo mucho menos épico. Casi como la epifanía que esperaba desde adolescente, diría que “transformé mi realidad siendo revolucionariamente feliz. Sin titubeos y sin restricciones, tal y como me enseñó mi madre.”

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Tatiana Andia

Escrito por:

Tatiana Andia

Profesora de sociología de la Universidad de los Andes.

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