Montealegre y Gaona: la pompa y el espectáculo - Razón Pública

Montealegre y Gaona: la pompa y el espectáculo

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El fin de semana pasado se pudo escuchar un promocionado debate entre dos académicos, considerado por algunos como “el tipo de debates que el país necesita”. La dinámica tuvo origen en una discusión en el canal de Los Danieles, espacio de promoción de los intelectuales de la aristocracia liberal bogotana, donde se invitó a confrontar al ministro de Justicia, Eduardo Montealegre, con la abogada Catalina Botero y Ramiro Bejarano; todo en medio de algunas intervenciones provocativas de Daniel Coronell.

En esta ocasión, Montealegre embadurnó sus palabras con teorías del derecho, mezclándolas con posturas posmodernas y presentando sus ideas como lo último en guarachas. Sus contertulios se vieron amilanados y, aunque eran tres contra uno, no lograron despegar al ministro de sus elucubraciones teóricas.

Este escenario, que terminó dando un aura intelectual al ministro y amplificando sus peculiares y aparentemente vanguardistas ideas, fue rápidamente celebrado por la opinión pública. Las redes estallaron: la hinchada de un lado se mofó de la “peinada intelectual del doctor Montealegre”; la del otro, refunfuñando ante el galimatías, terminaría citando el viejo refrán: “aplauden al loro porque habla bonito, no porque sepa lo que dice”.

Para enmendar el haber dado espacio de legitimación simbólica a la propuesta de Consulta Popular del gobierno —en ese momento en vilo—, la hegemonía mediática creyó encontrar la solución: hacerse a un loro que cantara igual o más bonito. Y lo consiguieron.

Pocos días después, ya le habían conseguido el gallo a Montealegre. Se habló de togas y birretes en Harvard, Yale, McGill… en fin, “lo más granado de lo granado”. Abogado externadista e hijo de uno de los magistrados cruelmente asesinados en el Palacio de Justicia, Mauricio Gaona se convirtió en la apuesta para desacreditar (en el buen sentido de la palabra) la aparente sapiencia de Montealegre. “¡Ya viene! ¡No se lo pierda!”, fueron algunas de las cuñas que comenzaron a emitirse en la emisora que instaló tan inusual cuadrilátero. La discusión de ideas se vendió como una pelea de boxeo.

Sonó la campana inicial con una decisión del siglo XIX de la Corte Suprema de Estados Unidos. A partir de allí: un gancho al mentón izquierdo (“usted no interpreta bien la escuela de Frankfurt”), un jab por el otro lado (“usted no cita a Voltaire ni a Montesquieu”); luego, un uppercut de Montealegre señalando la violación de la tercera regla de la lógica aristotélica; finalmente, un bolo punch (esas cabriolas con la mano que hacía el Happy Lora) que rozó la mandíbula del ministro cuando Gaona hizo una cita literal en mandarín. Afortunadamente sonó la campanita de Sánchez Cristo. Gaona salió desenfrenado, habló en francés y enumeró artículos constitucionales de al menos diez países; Montealegre se defendió estoicamente, mencionó que Cortázar fue el traductor de Robinson Crusoe y cerró con un comentario —este sí muy nihilista— sobre Nietzsche.

El contexto: un escenario donde periodistas y audiencia suelen considerar irrefutable todo lo que proviene de universidades e intelectuales del norte global. Un viaje al pasado del colonialismo intelectual, en el que ni por asomo se mencionaron experiencias latinoamericanas ni las realidades jurídicas particulares de nuestros países.

Pero más allá de ser una pelea de egos, de machitos o de gallitos aduladores del norte global (lo que muchos consideran un debate “calificado”), lo cierto es que se desnudó una estrategia para bajar del curubito intelectual a Montealegre. Por eso, la semana pasada vimos cómo medios y líderes de opinión de derecha, al igual que sus audiencias afines, se regodeaban con trinos triunfantes y titulares jubilosos. “Por fin alguien lo paró en la raya”, señaló la exfiscal Vivian Morales; El Colombiano no dudó en hablar de una “paliza” de Gaona, y Semana refirió que “le dio cátedra” al ministro.

Pero el debate jurídico del año —como lo nombró La W— estuvo muy lejos de ser un debate académico. No se discutió una tesis, sino que dos contendientes apenas desplegaron sus plumas, generando la ilusión de haber desarrollado un tema. Los argumentos se limitaron a la citación de autores y, de hecho, no hubo ningún marco lógico que facilitara en el público algún tipo de comprensión. Por lo demás, y a diferencia de lo que ocurre en el mundo académico, se trató de un espectáculo sin reglas ni moderador. Sánchez Cristo, al no ser jurista y carecer de competencia para construir una síntesis, enfocar la discusión o proponer conclusiones, apenas se conformó con regular el tiempo.

El país presenció un espectáculo de poder y fantasía. Y también, un ejemplo cumbre para explicar —a estudiantes y políticos en formación— algunas de las reglas para “ganar” discusiones que propuso Arthur Schopenhauer, asumiendo que los debates públicos son, ante todo, espectáculos. Tales reglas fueron usadas tanto por Gaona como por Montealegre: uso de significados ambiguos, generalización a partir de casos específicos, ocultamiento de premisas, distracción, confusión con tecnicismos, cambio de tema al verse cuestionado y repetición de argumentos hasta que parezcan ciertos.

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

Escrito por:

Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

2 comentarios de “Montealegre y Gaona: la pompa y el espectáculo”

  1. Wow, qué maravillosa y acertada síntesis. Me perdí de este gran espectáculo, pero me ahorraste la «oportunidad» de ver ese esperpento.

  2. Señor Vladimir, con el respeto necesario en estos casos, me parece bastante detallado su análisis sobre el denominado debate jurídico entre dos constitucionalistas. La diferencia, pienso estriba en que el del gobierno, es una persona contratada para que salga a acorralar a su adversario desde la esquina roja y el contendor a defenderse pero con movimientos sorprendentes como el gancho de izquierda de abajo hacia arriba que golpea con facilidad la parte mandibular del ministro. El papel del local, es muy conocida en lo medios políticos , en donde el autoritarismo ha ganado muchas peleas contando con los excelentes servicios de los jueces, ya en el cuadrilátero del vecino país, se pudo observar que el dueño de la casa no pierde, pues quien recoge las tarjetas está muy comprometido con el cártel que domina el escenario. Sin embargo, el encuentro me dio la sensación de que la jugada del local, al traer a el asesinado Manuel Gaona Cruz tan solo como el constitucionalista profesor excelente del externado, quien había sido su profesor y por ello, se encontraba en ventaja, pues el contrincante sólo era su hijo, pero no el estudiante que debatía las teorías y la filosofía constitucional con el profe. y no hizo ninguna referencia a la causa de su forzada desaparición ni al motivo por el cual el narco de Colombia ordenó su desaparición física. Pero, lo que más me llamó la atención fue el mencionar los debates que realizaba con el profe sobre la materia, cuándo en los pénsum de derecho, la materia constitucional es del primer año o máximo de segundo, cuestión muy lógica, por cuanto el derecho constitucional y sus teorías son la base y el fundamento de todo lo que se verá posteriormente. Me pregunto: ¿Cómo puede un imberbe muchacho discutir con una eminencia como lo señalan, sobre las teorías constitucionales, a menos de que sea un genio, lo que no demostró en su dislocada presentación? Lamento no estar de acuerdo con UD., sobre la superficialidad y tal vez su orientación publicista, porque el de la esquina roja, logró establecer las bases del los controles constitucionales, tales como el control difuso y sus interpretaciones, aparte de detallar el funcionamiento de la Norma Constitucional respectiva, pues sólo le es dado de esta manera la facultad de ejercer dicho control a los jueces y no al payaso de turno en la presidencia, ya que eso nos llevaría a un desastre en los términos de seguridad jurídica o sencillamente totalitarismo. Así que pienso, señor Vladimir, que no todo fue imagen y distracción.

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