
El imperialismo desatado: experiencias de la “separación” de Panamá
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¡Nos robaron a Panamá! ¡Perdimos a Panamá! son frases recurrentes que ocultan, de muchas maneras, lo que ocurría en la consolidación del imperio estadounidense en el Pacífico y América Latina a fines del siglo XIX. La llegada de los años 1900’s fue, en efecto, un período de imperialismo desatado que puede compararse con lo que ocurre hoy en día. Con Trump en el gobierno, se nos hace posible entonces volver a usar una consigna que ya parecía desahuciada y que resultaba parte del museo del esencialismo mamerto. Bienvenida sea, entonces, nuevamente, la turba gritando ¡abajo el imperialismo yanqui!
Para comenzar, debemos asegurar que Panamá no se “regaló” o se “vendió”, sino que se perdió en el mismo proceso de expansión imperialista de Estados Unidos ocurrido a fines del XIX, donde el águila devoró vorazmente territorios como Hawaii, Puerto Rico, Cuba, Filipinas y buena parte de México. Lo ocurrido a finales del siglo XIX y principios del XX determinó buena parte de un neocolonialismo que sigue aún vigente. Estados Unidos se hizo potencia mundial, y el tormento de la otrora América hispana, justo en los mismos años que “perdimos” a Panamá.
Como algunos saben, Colombia acababa de salir de la peor de las guerras civiles que hemos padecido, luego conocida como la Guerra de los Mil días, y nos gobernaba José Manuel Marroquín, un presidente espurio que llegó al poder mediante golpe de Estado al vetusto e incompetente anciano que fungía (¿fingía?) como presidente. El país se lamía las heridas y el advenedizo gobierno, aunque en apariencia lúcido, resultó sin embargo profundamente incapaz para entender las relaciones internacionales de entonces.
Los Estados Unidos de entonces, liderados por William McKinley, un tipo al que explícitamente Donald Trump quiere imitar, estaba decidido a poner la garra en cada territorio que le resultara provechoso y estratégico.
Colombia, por su parte, llevaba casi medio siglo intentando construir un canal interoceánico con la misma firma francesa que hizo el Canal de Suez; ese que comunica el Mar Mediterráneo con el Mar Rojo. Estos inversionistas terminaron sin embargo quebrados por diversas causas y sobre todo por un mediático escándalo de corrupción.
No habían salido los franceses del Istmo y los estadounidenses ya se frotaban las manos y crispaban las agallas, no sin antes llegar a un trato con el único competidor posible logrando de manera rápida un acuerdo con los ingleses en 1901 (Tratado Hay-Pauncefote). De esta manera, esos norteamericanos garantizaron construir el canal bajo pautas de acuerdo y beneficio. Sin ir más lejos, fue en ese tratado cuando el ducto interoceánico dejó de ser colombiano.
Pero a diferencia de lo que está practicando Trump, que manipula a través de la amenaza con mayores aranceles -ergo- la ruina de los países, el imperialismo de McKinley chantajeaba con mezquinar las oportunidades del progreso; y esto, a fines del XIX, era caer directamente en el averno. A Colombia la chantajeó por ejemplo con construir un canal interoceánico por Nicaragua, en caso de no aceptar sus leoninas condiciones… y sí que lo logró.
Se trataba de “ofertas” tan impresentables como: mantener un dominio a perpetuidad de la zona del canal; pagar un nimio canon de arrendamiento; eliminar la soberanía y jurisdicción política y judicial panameña en la zona del canal y, entre otros abusos, gozar del beneficio de peajes o restricciones en tiempos de guerra.
Aquí es necesario sin embargo mencionar un suceso del que vale tomar nota, sobre todo en un país que, como Colombia, ha estado tan acostumbrado a la servidumbre con Estados Unidos. El congreso colombiano en esta ocasión no estuvo dispuesto ratificar lo “logrado” por Marrorquín y fue allí, en cuestión de meses, que se cocinó la “independencia” de Panamá. Lo de Nicaragua había sido evidentemente mera pirotecnia de política internacional.
Anulado el acuerdo Estados Unidos-Colombia, las élites panameñas en medio del júbilo por la supuesta independencia, se apresuraron a firmar un acuerdo mucho peor al fallido tratado Herrán-Hay. Otorgaron no sólo el canal a perpetuidad, sino que concedieron una franja mayor de tierra adyacente, dieron al imperio plena soberanía sobre esa misma zona y, entre otras, concedieron a Estados Unidos la eliminación del derecho de neutralidad en tiempos de guerra, lo que le resultó fundamental a ese país norteamericano durante las guerras mundiales venideras. Este tratado (llamado Hay-Bunau Varilla), al menos teóricamente, es la fuente alucinatoria de las pretensiones de Donald Trump a propósito de la supuesta “recuperación” del Canal para su país.
Y no fue, sino que comenzaran los trabajos para que se desencadenara una discriminación racial del tipo blanco vs blanco en perjuicio de las élites del nuevo país. Por ejemplo, hubo una escala salarial para los estadounidenses, y otra para los panameños, independientemente si cumplían labores semejantes.
Hoy resulta inconcebible que sólo hasta 1962, los panameños pudieron tener un puente para cruzar el canal, habiendo tenido que usar hasta entonces un ferry (en la mayor obra de ingeniería del siglo) bajo las condiciones de presidio de una base militar. Antes del glorioso puente, familias enteras habían sido separadas durante decenas de años.
Al final, a los panameños les salió “lo comido por lo servido”, y mucho peor. Tuvieron incluso que pagar onerosos arriendos si acaso los ferrocarriles cruzaban la zona del canal. De este modo, la pingue mensualidad que recibían por haber cedido la zona, no alcanzaba ni para pagar los diferentes “servicios” que brindaba la empresa estadounidense a un pueblo pauperizado.
La humillación era tan evidente que, sobre todo durante la maduración de la guerra fría, cada presidente estadounidense hizo con la mano derecha un acuerdo para mejorar la situación de los panameños, mientras con la mano izquierda efectuaba el mejor esfuerzo para incumplirlo.
La situación cambió, sin embargo, a fines de los años 70’s. Con el tratado Carter-Torrijos, Panamá logró revertir el nefasto tratado Hay-Bunau-Varilla, y con ello recuperó su canal, su zona adyacente y su dignidad como país. Como consecuencia, en 1999, el canal fue entregado a los panameños. Hoy resulta curioso que se les devolviera casi el mismo año en que hipotéticamente Colombia lo hubiese recibido de haber el congreso aprobado el acuerdo Herrán-Hay. Al final, todo volvió al lugar inicial y fueron las élites panameñas y no las élites bogotanas las que permitieron el saqueo de un pueblo (qué importa la nacionalidad) durante 100 años.
Pero como dice el dicho (y aquí se aplica textual): no hay mal que dure cien años ni pueblo que lo soporte. Hay tres factores que debemos sopesar, y que resultan fundamentales en este giro histórico y que bien vale tener como lecciones para lidiar al imperialismo desatado. Hablamos de: 1) el papel crucial y la consolidación de movimientos sociales claramente anti-imperialistas; 2) la amenaza de un imperio rival; 3) el ascenso de gobiernos democráticos en Estados Unidos (el Imperio). Fue con la conjugación de esos factores que los panameños lograron lo que algunas décadas atrás parecía inconcebible.
Y es que, a partir de la segunda mitad del siglo XX los panameños comenzaron a desarrollar progresivas manifestaciones que fueron cada vez más representativas en medio de la brutalidad policial estadounidense en suelo panameño. El descontento, hizo que la recuperación del Canal se convirtiera en el símbolo identitario de la Nación, y es en ese contexto que llega al poder un dictador populista que supo aprovechar aquel dolor enquistado en toda la sociedad.
El éxito de la movilización social panameña, así como el triunfo político de Torrijos, se basó en una ambivalencia y coqueteo con los mayores rivales de Estados Unidos: los comunistas. Panamá recuperó entonces su canal gracias a un pueblo energúmeno y no simplemente a la acción benévola de un presidente más democrático como Jimmy Carter. El tratado Carter-Torrijos se firmaría, en efecto, en la antesala del triunfo sandinista en Nicaragua, algo que ponía los pelos de punto al imperio frente al riesgo latente que Torrijos virara hacia el marxismo en un giro inicialmente no previsto.
Como podemos ver, los arrebatos de “dignidad” sin el apoyo del movimiento social, son fundamentalmente contraproducentes. Lo vivió Colombia con el rechazo del Congreso al tratado Herrán-Hay, y que finalmente nos dejó “sin el pan y sin el queso”. Esta posición no resultó empero mucho peor de aquellas posturas temerosas, cómplices y condescendientes con el imperio que asumió el gobierno de Marroquín (y el de Panamá, Cuba o Puerto Rico) basándose en la “estrategia” de no azuzar al águila, darle lo mínimo posible, y con ello condenar sus países a décadas de miseria.
El proyecto político de Donald Trump se basa fundamentalmente en el chantaje económico y la consolidación de gobiernos lacayos que, como Novoa, Bukele y Arévalo, buscan de manera canalla sacar el mayor provecho del incendio en el vecindario. Por esto es simplemente repugnante la posición de los presidentes de Ecuador, El Salvador y Guatemala, quienes creen ver oportunidades en la debacle de sus vecinos sintiéndose, además, muy pragmáticos por mostrar impúdicamente la panza al imperio como lo hacen los cachorros vencidos.
Que no quede duda: fue el movimiento antimperialista lo que devolvió el destino, la soberanía y el decoro a Panamá. Sin la gente plantada en las calles, rabietas como las del Congreso colombiano de entonces (similares en alguna medida a esos actuales trinos furibundos y a deshoras) resultan fundamentalmente inocuas; tan inocuas como los dos pepazos que mataron al presidente McKinley en 1901.
En medio de estos factores, se deduce que es necesario contar con una agenda paralela que, como malabarista, perturbe el alma imperialista al hacerle sentir que el lacayo puede llegar al contubernio con otra potencia imperialista. Torrijos fue un maestro en eso. En los años 70’s, por cierto, el miedo a la influencia de la URSS, y que hoy vendría teniendo el lugar de China, ayudó a moderar los radicalismos dentro del propio establecimiento estadounidense que ya veía el canal en manos soviéticas. Este fue el clima, y el contexto, para que el gobierno demócrata de Carter devolviera el canal a los panameños. El reto y moraleja de esta historia está, por supuesto, en encontrar la dignidad antes que pase cien años.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
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