Invención de lo residencial y el trancón en el norte de Bogotá
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OSPINA PÉREZ, LA INVENCIÓN DE LO RESIDENCIAL Y EL TRANCÓN EN EL NORTE DE BOGOTÁ

Escrito por Vladimir Montana

El año en Bogotá comienza con expectativa frente a la decisión que tendrá el alcalde Galán con respecto a la implementación del famoso corredor de la Carrera Séptima, por medio del cual se busca privilegiar el transporte colectivo sobre el carro particular.  Hace una semana Galán sentenció que habría cambios en el llamado “corredor ambiental de la Carrera Séptima”, añadiendo que tendría muy en cuenta la opinión de “la comunidad” para modificar el tramo de la Calle 100 hacia el sur. En este texto invitó a tomar con pinzas la expresión “diálogo ciudadano” que, de manera acomodada y restringida, busca recoger la opinión de los habitantes de los sectores residenciales del norte de la ciudad excluyendo a los viajeros de transporte público que no viven cerca de las mencionadas obras. No puede tenerse pues como ciudadanía, únicamente a quienes por décadas se han beneficiado de una organización urbanística que, en su beneficio, perjudica a los sectores más alejados de la ciudad. Es preciso recordar la deuda histórica de los habitantes de los “barrios residenciales” con el resto de bogotanos y bogotanas.

La historia de nuestra ciudad, ya lo sabemos, se parte en dos con el Bogotazo, que trajo consigo la ruina y quema del centro de la ciudad. En aquel entonces fungía como Presidente de la República el constructor Mariano Ospina Pérez, del partido conservador, quien desde 1932 había fundado una famosa firma constructora que –aún- lleva su apellido. Durante su mandato, Ospina nombró como burgomaestre a Fernando Mazuera, varias veces alcalde y otro gran protagonista de la pobre sincronía entre constructores y movilidad en la capital. Pues bien, una vez dispersas las humaderas del Bogotazo, el competente constructor, en su oficio de Presidente de la República, avizoró una oportunidad de oro para proyectar su obra inmobiliaria y procedió a comprar los terrenos de la vieja hacienda El Chicó a la heredera del multimillonario Pepe Sierra.

La operación de compra se hizo en el año 1950, gracias a la intermediación de la Sociedad de Mejoras y Ornato, una entidad privada que era fundamental en las decisiones públicas de urbanismo en la ciudad. La sociedad de Mejoras y Ornato, en cabeza de las élites bogotanas, heredó parte de la hacienda, convirtió la vieja casona y su área circundante en el hoy llamado Museo Chicó. En cuanto a la hacienda propiamente dicha, que llegaba hasta la actual autopista norte por el occidente y la calle 100 al norte, el privilegiado comprador no pudo ser otro que el recién estrenado expresidente Mariano Ospina Pérez.

Con la compra del gigantesco terreno, la idea fundamental de Ospina fue construir un sector de vivienda para las élites bogotanas. Fue así que propuso un concepto nuevo, el sector residencial, con el cual buscó atraer gente acaudalada que quisiera huir del tumulto popular y de la cada vez más notoria circulación de vehículos; en especial de transporte público. Las construcciones promovidas por Ospina comenzaron entonces a romper los fundamentos de aquel urbanismo que busca el beneficio general del espacio público para dar en su lugar tranquilidad a los residentes de las grandes y muchas veces lujosas viviendas. El norte de la ciudad, a partir de entonces, comenzó a convertirse en un tablero de “Pac-man” que hace imposible tomar aquellas calles para poder salir del atasco en las escasas vías rectas directas que se habían diseñado. La representación de lo residencial había triunfado, y las vías públicas terminaron convertidas en rutas de ingreso a las viviendas, soslayando su función de comunicar la ciudad y sus habitantes.

La idea de Ospina tuvo un éxito inusitado, y pudo vender muy bien el concepto de tranquilidad. Ya no sería posible experimentar un nuevo Bogotazo al ser más difíciles aquellas caminatas de gente desenfrenada cuya turba se alimenta en un efecto “bola de nieve” gracias a la comunicación popular que permitía el viejo urbanismo español cuadrangular. El expresidente, a quien casi le queman su rancho en el Palacio de San Carlos, supo pues capitalizar no solo la destrucción de la ciudad, sino el miedo de las élites a vivir otro 9 de abril.

Con el tiempo, la noción de lo residencial se fue generalizando entre urbanistas y sectores de clase media, que fueron recogiendo la noción del sector residencial como marca aspiracional. Bajo una cuestionable interpretación de la escuela urbanística de la ciudad jardín, de Ebenzer Howard, comenzaron a construirse pequeños parques que taponan las vías de acceso, se constituyeron en cerramientos a la circulación y terminaron siendo en efecto jardines prácticamente exclusivos de las casas colindantes.

El traslado del viejo Country Club a su actual emplazamiento fue un golpe de gracia a la ciudad al ser un alargado tapón que, hasta el advenimiento del “waze”, hizo imposible la circulación norte-sur y sur-norte tanto de carros como de peatones ajenos al sector. Vale decir que el ferrocarril de la carrera novena, sin estar previsto, hizo también su parte al impedir la circulación en dirección oriente-occidente coadyuvando a la megaobra de obstrucción urbanística. La tapa de la olla llegó con la moda de los mega-conjuntos cerrados, en gran medida impulsados por Mazuera, que metieron a la clase media en la colada de lo residencial, sellaron completamente vías conectoras e interrumpieron de manera irremediable la movilidad del norte de la ciudad.

Como podemos ver, existe una relación entre el miedo, la emergencia de un nuevo concepto aspiracional y el desarrollo urbano. En la planificación bogotana desde hace 70 años ha primado la manipulación del espacio público en beneficio privado. Hoy en día vemos cómo calles y carreras que podrían ser la salvación al trancón son tapadas por medio de un simple andén dispuesto por algún sabio urbanista para impedir el acceso común. En la representación de lo residencial, lo primordial es no permitir la movilidad; la tranquilidad, la soledad y el aislamiento del otro, hacen justamente que un sector sea «residencial».

Este problema, que según lo expuesto es muy bogotano, ha sido injustificadamente replicado en diferentes ciudades e incluso pequeños municipios que, al permitir tan irregular uso del espacio público, están propiciando un caos en la movilidad del futuro.

Resulta fundamental que los habitantes del norte de la ciudad, especialmente aquellos que se benefician de la noción de lo residencial, asuman la deuda de su tranquilidad y permitan, sin objeciones clasistas, la construcción de un sistema de transporte que permita a la gente que vive en el sur y trabaja en el norte movilizarse por fuera del trancón o de ese “Pacman” diseñado para beneficio de los residentes del norte de Bogotá.

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1 Comentario

Armando Borrero enero 19, 2024 - 8:14 am

El 9 de abril de 1948 el presidente Ospina despachaba y residía en la Casa de Nariño y no en San Carlos. Este último vovió a ser residencia presidencial en 1954 con Rojas Pinilla.

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