Cuatro años del cacerolazo. - Razón Pública
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Cuatro años del cacerolazo.

Escrito por Vladimir Montana

Ecos del gran ruido de Bogotá

Esta semana conmemoramos 4 años de la pérdida de Dylan Cruz y de Brandon Cely, dos jóvenes colombianos que murieron por protestar en 2019. La historia de Dylan el país la conoce parcialmente, mientras que la de Brandon ha sido invisibilizada; él fue aquel joven que, desde el ejército apoyó la protesta social y expresó su vergüenza con las fuerzas armadas que la estaban reprimiendo sin piedad; Brandon luego se suicidaría en un contexto que nadie quiere explorar. Este par de jóvenes, al igual que otras decenas, sin saberlo comenzaron a morir el 21 de noviembre de 2019, fecha en que el país se preparaba a vivir los rutinarios paros convocados por las organizaciones sociales institucionalizadas.

Todo comenzó en una protesta convencional con las típicas pancartas de las centrales obreras y los movimientos sociales de rigor. Pero algo sucedió y, de repente, sonaron algunas cacerolas en ciertos lugares de Bogotá. Yo mismo estaba esa noche en un sector industrial de Bogotá, en Puente Aranda, y con escepticismo comencé a romper una olla que luego tuve que pagar con regaños. El ruido fue creciendo, y comenzamos a vivir una apoteosis de transgresión que, creo, será muy difícil de repetir.

Los barrios que en otros tiempos votaron a Uribe se contagiaron a una acción colectiva que no tenía ni forma ni ronda. Recuerdo que esa noche vi con emoción cómo la gente descendía de las aceras y tomaba las vías vehiculares; salían de las casas y marchaban a un no sé dónde. Mi vecina bajó rápidamente las escaleras con su hija y al preguntarle a donde iban, replicó sin dudar: “pues al parque”. ¿Al parque? –me dije-, si allá no hay sino canchas y una paupérrima alcaldía local donde solo habría dos agentes de policía igual de sorprendidos que la turba.

Luego, como en un grito de combate, nos lanzamos a caminar entre calles menores sin importancia. Mientras salían las gentes, se dibujaban risas de sorpresa cómplice en las ventanas de los menos atrevidos.  Era un frenesí para quienes vivimos nuestra juventud pensando que la protesta social surgía solamente desde las universidades públicas y del sindicalismo. Al final todo acabó con una revolución de los sentidos; nada, hasta ese día era normal. El ruido de Bogotá, en 2019, había comenzado a cambiar el país.

Este acontecimiento es comparable con los sucesos del 9 de marzo de 1687 cuando, un domingo, a las diez de la mañana, se escuchó un ruido que hizo creer que el apocalipsis había llegado. Es difícil pensar qué sucedió en las chicherías del aquel entonces, y cómo aquella sociedad beata interpretó lo que estaba ocurriendo. La gente, en la vieja Santa Fe al escuchar aquel ruido ensordecedor, comenzó a correr despavorida. Muchos fueron a las laderas de los cerros tutelares, otros a las iglesias, otros a los establos. El mundo se estaba acabando. Nadie entiende qué pasó ese día, pero sabemos que un ruido tan intempestivo como brutal, estaba cuestionando las creencias, añoranzas y temores de una sociedad marchita. Algunos dicen que fue un terremoto, otros una erupción, otros una explosión. Pero nadie sabe, a ciencia cierta, lo que allí verdaderamente ocurrió.

Y así, algo semejante vivimos el 21 de noviembre de 2019 cuando, de manera intempestiva, otro ruido amenazó al establecimiento. De repente, sin que los teólogos-politólogos lo prescribieran, hubo una explosión de golpeteos en metales desconocidos. Niños, estudiantes, niñas y adultos salimos con frenesí a estropear los utensilios de cocina comprados con esfuerzo.

Pero la catarsis del 21 de noviembre se convirtió en el gran desorden del día 22. La gente continuó en el paro, y del frenesí se pasó a la máxima vibración del inconsciente colectivo. En los barrios más pobres el grito de la cacerola tomo la forma de la olla vacía de todos los días, y así, mucha gente que vive comiendo pasta con arroz se lanzó a reclamar la justicia social por vías de hecho. Disturbios, saqueos y el mundo por fin al revés; no podremos olvidar esos autobuses secuestrados por la multitud y conducidos por algún loco circunstancial que rompía los guardabarros de aquel elefante de ruedas contra las puertas de los supermercados; todo para dejar el stock a disposición de estos nuevos cazadores recolectores.

Un ridículo toque de queda fue anunciado y mientras tanto la gente seguía en las calles. La protesta era la felicidad de haber logrado salir de años de enclaustramiento, displicencia y desidia social.

Pero del desorden pasamos al pánico. En este punto quisiera traer a colación los hechos ocurridos en Francia entre el 20 de julio y el 6 de agosto de 1789 cuando, de la nada, el miedo al vecino, al pariente, al inmigrante se convirtió en un germen que comenzó a minar al establecimiento de la monarquía. Algunos dicen, con razón, que por allí comenzó la revolución. Este suceso, narrado magistralmente por Georges Lefebvre en 1932 en su libro El Gran Pánico, muestra el miedo por murmullos que llegó a las comarcas francesas y que les hicieron sucumbir al temor infundado. En tiempos de penuria, comenzaron a sospechar del pueblo aledaño, y de la existencia de hordas vecinas que venían a robar o a quemar el poco grano que les quedaba. Había sido un duro invierno.

La revolución y el miedo son gemelas. Ese 22 de noviembre de 2019 la gente de la ciudad comenzó a vivir un pánico clasista y racista sin precedentes. En la Bogotá del 22 de noviembre el pánico no llegó por el ruido del alto parlante natural del fin del mundo, sino por los bips de unos aparatos rectangulares que, de igual manera, enunciaban cómo el holocausto estaba cerca. Supuestamente llegaron los jinetes venezolanos del apocalipsis e iban a tomarse aquellos conjuntos cerrados convertidos en verdaderas fortalezas del nuevo milenio. Fue una noche de pavor, y los vecinos pasaron en vela esperando un asalto que nunca sucedió.

La historia del Gran Ruido de Bogotá de 1687 y la del Cacerolazo de 2019 tienen encantadores puntos en común: 1) se anunciaba una nueva era, un cambio; 2) ese cambio era anunciado por unas cornetas, de diferentes tonalidades y tecnologías; 3) el ruido presagiaba un miedo colectivo sin precedentes que, como todos los miedos, terminaría en la calma del amanecer. La narración del teólogo Pedro Mercado, donde cuenta lo ocurrido en Santa Fe en aquel siglo XVII, pareciera aplicable para los dos episodios.

La protesta en 2019 progresivamente se fue apagando. Los fakes de las cadenas de WhatsApp hicieron su parte, y los villancicos navideños la otra. No bastó que llegara la Minga desde el Cauca y que los “artistas progres” invitaran a conciertos itinerantes para mantener la mecha prendida. Al Duque se le aparecieron “los Santos”, y cuando la acción colectiva se tornaba en movimiento social, llegó la pandemia más recordada en la modernidad. Aun así, meses después, el ruido de las cacerolas del 21 de noviembre volvería resonar en una protesta de la que todos nos acordaremos por siempre.

Nota en conmemoración en recuerdo de inicio del Gran Paro Nacional de 2021.

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