Petro vs. Estado de Israel | ¿El entusiasmo de la guerra?

Petro vs. Estado de Israel

Compartir:

¿El entusiasmo de la guerra?

Los hechos son conocidos: Petro condenó como ‘genocida’ la retaliación de Israel en Gaza y no hizo lo mismo, en principio, respecto al atentado de Hamas. Las reacciones han sido enérgicas o furibundas. Apareció la carta de los 12 excancilleres acusándolo de separarse “de manera radical de la tradición de nuestro país por el respeto al derecho internacional y al multilateralismo”. Unas 100 personalidades públicas, pertenecientes primordialmente al centro o a la centro-derecha, publicaron un comunicado en el cual señalaron no sentirse representadas por el Gobierno Nacional e instaron a condenar “de modo inequívoco” la acción de Hamas.

Ya en otro rango de indignación, la Confederación de Comunidades Judías de Colombia acusó a Petro de justificar el terrorismo de Hamas y ponerse del lado de la “tiranía iraní” mientras el Embajador de Israel en Colombia, como parte de una crisis diplomática entre ambos Estados, calificó los pronunciamientos de Petro como “hostiles y antisemitas”. Con un nivel añadido de dramatismo o, mejor, de melodrama, la Revista Semana dijo, en la portada de su última edición, que Petro puso a Colombia del lado del “eje del mal”. Pero Semana se quedó corta. La escritora Carolina Sanín, una desconsolada expetrista, soltó una frase digna de Miguel Polo Polo: “el presidente sigue siendo el sanguinario o el sangre fría que fue. Se le nota el entusiasmo de la guerra”.

Como siempre se precisa ante una oleada de certezas y juicios carentes de mesura, vale la pena preguntarse si Petro está equivocado o no. Mi respuesta anticipada es que su postura es políticamente comprensible, así sea moralmente problemática.

Lo primero que parece implicado en ella es el rechazo de una politización del moralismo. La acción de Hamas fue brutal, sin duda, pero de ahí no se puede seguir ni una legitimación de la no menos brutal reacción israelí ni, tampoco, una equiparación de todas las violencias. No es posible lo primero al menos por 3 razones:

En primer lugar, porque parte de un problemático “presentismo”. La operación Inundación de al-Aqsa, llevada a cabo por Hamas, no es el inicio de una historia sin antecedentes. Es parte de un círculo de violencias que no arrancó el 7 de octubre, con unos milicianos ejecutando civiles indefensos, y que arrastra tras de sí una larga historia de retaliaciones, provocaciones, medidas gubernamentales temerarias, legitimaciones ideológicas del uso de la violencia y resentimientos colectivos e individuales acumulados. Aislar la masacre, como un evento independiente, es moralmente engañoso. Supone una muy estratégica amnesia.

En segundo lugar, porque, pese a todo el aparato mediático orientado a despertar solidaridad con Israel, incluyendo las historias – aún no verificadas – de violaciones y niños decapitados, no tiene que existir un vínculo directo entre compasión y compromiso político. Saltar de la experiencia de compasión ante las víctimas a la solidaridad con el Estado de Israel y la catalogación de su acción como “legítima defensa” no es un paso necesario en la construcción de un juicio político-moral ante lo sucedido. La compasión puede permanecer perfectamente como un sentimiento moral válido, e incluso puede dar lugar a solidaridades públicas, al margen de esas consecuencias políticas. La trampa mediática consiste en convertirla en capital político para el Estado de Israel.

En tercer lugar, y a no ser que se identifique la justicia con la ley del talión, la respuesta justa a un acto brutal no tiene que ser un acto igualmente brutal. Ese es el esquema de razonamiento moral que, en Colombia, aún alimenta la legitimación del paramilitarismo y no da cuenta, entre otras, de las normativas sobre la conducción de la guerra a las que, por encima de cualquier otro actor, deben someterse los Estados contemporáneos. No se puede juzgar la conducta de un Estado, y menos cuando se viola toda proporcionalidad, como si fuera un acto personal de venganza. Muchas de las reacciones al atentado, incluyendo en primera instancia las de varios ministros israelíes, no parecen ver la diferencia y terminan avalando, bajo la excusa de que Hamas utiliza a los civiles como ‘escudos humanos’, un indiscriminado castigo colectivo a la población de Gaza. En ese sentido Petro, o el historiador israelí Raz Segal, hablan de ‘genocidio’.

Tampoco es plausible poner todas las partes en el mismo lugar o, para decirlo con un acertado término en inglés, el “bothsidesism”. Decir, de manera global, que todas las violencias son iguales y que hace falta, en consecuencia, ponerse del lado de las víctimas de lado y lado, y condenar por igual los actores armados en contienda, tiene el aire bonachón del humanitarismo liberal. Suena moralmente ecuánime y cancela la toma de posición política en nombre de una compasión extendida. Esta es una estrategia de despolitización, pues pretende ponerse por encima de ambos bandos y asumir una neutralidad sin opuestos. Desde esta perspectiva, se sigue una postura “metapolítica” que llama vagamente a la paz y el entendimiento entre israelíes y palestinos con abstracción de la naturaleza de los actores involucrados, su historia y su relación de fuerzas.

El problema con esta perspectiva, centrada nuevamente en la compasión ante todas las víctimas, es que nivela las partes, oculta su desigualdad estructural, invisibiliza las dimensiones geopolíticas y deshistoriza el conflicto. Ya no se trata aquí de las consecuencias de un proyecto colonial amparado por “Occidente”, de las consecuencias de una visión racializada del nacionalismo que es parte del proyecto sionista, de los efectos del ‘settler colonialism’ impulsado por el gobierno de Netanyahu, de la naturaleza de las guerras asimétricas y la violencia anticolonial, de las dinámicas de los procesos de radicalización y el lugar en ellas de ideologías islamistas o de los efectos, propiciados por Israel, de debilitar sobre esa base la Autoridad Palestina, sino de una eliminación simétrica del sufrimiento de individuos sin comunidad, pasado, organización, ideología o sentido de justicia. Esta es una postura que se aleja, ciertamente, del belicismo justiciero – con su diente por ojo y su ojo por cabeza – pero que convierte un intenso conflicto político en una pálida y sentimental exigencia moral.

La postura de Petro, como político y cabeza de un Estado, puede entenderse en ese marco. Resulta moralmente problemático, sin duda, callar ante el asesinato y secuestro de civiles, pero este silencio es el costo de deshacer el consenso, de Biden para abajo, en torno a la legitimidad de la reacción de Israel y posicionar, a la vez, como una postura contrahegemónica, el carácter político del conflicto. Que la reacción de Petro sea en sí misma una mala jugada política, porque margina al país del consenso en torno al “derecho internacional” y resquebraja sus lealtades tradicionales, tal como lo supone la carta de los excancilleres y otros pronunciamientos, solo se deja sostener desde una mirada consensualista y “pragmática” sobre el sentido de la acción política. El gaseoso “escándalo” en torno al costo, militar y comercial, de una eventual ruptura de relaciones con Israel, es parte de ese mismo escenario.

Obviamente se puede discutir qué tan útil puede ser para la consistencia de la política exterior colombiana y para los intereses acumulados, en términos políticos, militares y comerciales, adoptar la perspectiva de Petro. Sobre todo, lo cual no es necesario, si se identifica ese acumulado con los ‘intereses nacionales’. Tal vez la salida del gobierno resulte inútil y contraproducente. Puede ser un cálculo fallido. No es claro, por ejemplo, al menos hasta este momento, que otros Estados se vayan a terminar sumando a la perspectiva colombiana. No obstante, dejando de lado que es muy temprano aún para juzgar los efectos de los pronunciamientos de Petro, el punto es desde dónde se plantea el argumento en contra. Y la cuestión es si criterios como los de consistencia de la política exterior, utilidad de una decisión y preservación de un consenso jurídico-moral deben ser siempre los dominantes.

La carta supone que la acción política, en el plano internacional, consiste en hacer jugadas dentro de reglas supuestamente compartidas y, en cierto modo, ajenas a revisión. La cuestión es si esa es la única forma de acción posible y si Colombia no le puede apostar, más bien, en esta coyuntura específica, a la posibilidad de liderar un orden hegemónico alternativo. Uno que se establezca, en clave latinoamericana, sobre la base del antagonismo respecto al respaldo rotundo a Israel en el cual coinciden Europa Occidental y los Estados Unidos. Se trata de una cuestión, como corresponde a la noción de hegemonía, de liderazgo político-moral y, en ese sentido, Petro está siendo consecuente con sus intervenciones sobre temas ambientales, las relaciones norte-sur o el narcotráfico en escenarios internacionales. Como todo proyecto hegemónico este tiene sus puntos ciegos y sus cegueras – no hay unificación carente de exclusiones –  pero ese es el costo de apostarle a romper el consenso que los excancilleres reclaman e instaurar, en su lugar, con Colombia como núcleo, una red de solidaridades alternativas – distinta a la división bipolar entre el “eje del mal” y, por implicación, el “eje del bien” (¡?). La política internacional también es un escenario para el antagonismo político. No sugiero con ello que el camino adoptado sea la mejor opción – la acción política opera con altos grados de incertidumbre y, por tanto, sus consecuencias son difícilmente predecibles – pero sí cuál es su horizonte y desde dónde surgen las críticas a la supuesta irresponsabilidad de los pronunciamientos de Petro. No casualmente todos los excancilleres firmantes son, sin excepción, miembros del establecimiento.

La construcción de ordenes hegemónicos alternativos parte de una visión de lo político como posibilidad de un disenso expandido y generación de una red generalizada de identificaciones a partir de un discurso inicialmente particular. En este caso el del gobierno colombiano. Es arriesgado (pero no es descabellado) pensar que el tema palestino sirva como aglutinante de una red de solidaridades internacionales, sobre todo considerando la desproporción y la brutalidad de acción israelí en Gaza. La irritación ante la reacción de Petro se nutre, en parte, de la politización irreflexiva de una mirada moralista sobre la acción de Hamas y, en parte, de una mirada altamente convencional, por no decir conservadora, sobre el sentido de la política exterior colombiana. Para esa mirada ni las rupturas ni la pretensión de un liderazgo moral contrahegemónico son parte del escenario. Petro quiere romper con esa tradición y lo hizo al costo de invisibilizar, por un momento, la violencia de Hamas y, por tanto, a las víctimas de sus ataques. En los más recientes pronunciamientos de Petro esta posición se matiza e incluye un elemento de compasión. Esto es lo moralmente correcto.

Acerca del autor

Carlos Ramirez
CRamirez@razonpublica.com.co | + posts

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

0 comentarios

Carlos Ramirez

Escrito por:

Carlos Ramirez

Politólogo y filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg. Es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Estudios Globales de la Universidad de los Andes. Sus intereses giran en torno a la teoría política y social, la militancia política, la relación entre religión y política y los métodos de investigación cualitativos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

COLUMNA DE OPINIÓN

El Mane Díaz y la política del secuestro

COLUMNA DE OPINIÓN

El caso de Rocío San Miguel

COLUMNA DE OPINIÓN

La corrupción: buenas prácticas, malas sorpresas

COLUMNA DE OPINIÓN

La magia de las predicciones

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!