
Vicky, Yamid y Hollman y el origen del Gato con Botas
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La candidatura de Vicky, la jubilación de Yamid y las victorias pírricas de Hollman en cuanto al rating de RTVC son expresiones de la etapa más reciente en la disputa por la televisión y la vocación pública del espectro electromagnético. No se presentan en aquel régimen mediático del bipartidismo en donde los medios de comunicación tenían muy claro su perfil editorial y electoral; tampoco se presentan en los años 90, cuando los informativos se adaptaron a la hemorragia de movimientos políticos que se desató luego de la Constitución de 1991; no tienen que ver con la monopolización del espectro electromagnético que tuvo lugar a fines de los años 90 cuando entregó la opinión pública a los dos más grandes conglomerados económicos del país.
Se trata en cambio de fenómenos derivados de la apropiación de la televisión por parte de grandes conglomerados globalizados de información. Tienen lugar además en una época donde la lucha simbólica ha dejado de enfrentar en lo fundamental a sectores hegemónicos del capital o de la clase política, revelando la emergencia de sectores disidentes (tradicionalmente periféricos) en su disputa por la opinión pública.
La candidatura presidencial de Dávila implica la apuesta de un grupo empresarial consciente del poder de una figura mediática que, a diferencia de los tradicionales cuadros políticos tradicionalmente a su servicio, se acopla a sus intereses gozando de una autonomía, reconocimiento y sostenibilidad en la opinión pública; una virtud que muy pocos políticos profesionales logran. Aunque Vicky salta a la política a partir de la prensa digital, ella es nativa de la televisión, donde logró posicionarse luego de años de exposición.
La jubilación de Amat representa por su parte la insostenibilidad de los “pequeños” conglomerados Y la lucha desigual con los monopolios para capitalizar audiencias y réditos económicos; el llanto de Yamid demuestra que, incluso tratándose de curtidos e incluso adinerados comunicadores, la influencia (discursiva e ideológica) sobre los televidentes está fuera de su alcance.
Las victorias de Hollman en RTVC, de su lado, representan la entrada de la izquierda la disputa por la opinión pública, y al mismo tiempo revela lo efímero de esta incursión al deberse al acaparamiento del principal canal público nacional; y a menos que el Pacto Histórico repita en el gobierno, el progresismo se verá -nuevamente- relegado de los lugares de privilegio en esta disputa. Se dirá que estamos en tiempos donde los creadores de contenido independientes son los arietes de la izquierda en esta lucha de narrativas, y ello es cierto viendo los duelos de Wally vs Luis Carlos Vélez o de Levy vs María Andrea Nieto, pero debe tenerse en cuenta que ello afecta a audiencias fundamentalmente urbanas con acceso a Internet. La lucha por la televisión es entonces la disputa por las audiencias del país periférico que tiene en los canales públicos unos de sus pocos vínculos con el país nacional.
Aunque parece reiterativo insistir en que la opinión pública está modelada a satisfacción por los grandes capitales de turno, sobre todo porque la llamada prensa “alternativa” llega a nichos cada vez más definidos y por tanto reducidos, el uso del canal público por parte de un gobierno ajeno a esos mismos capitales es apenas comprensible (aunque no necesariamente legítimo). Incomprensible sería que, en estas circunstancias, el gobierno no quisiera participar en la lucha por la narrativa hegemónica, y que la defensa de su proyecto político quedara apenas en manos de los influenciadores o de una prensa periférica de escaso calado.
Pero Vicky, Yamid y Hollman tienen algo en común: encarnan diferentes escalas del acceso a un espectro electromagnético a la sazón inalienable, y que si bien se distribuye (se licita) mediante mecanismos diferentes en cada caso, no deja de ser parte del patrimonio público. El caso de Dávila demuestra el uso y abuso del espectro (de nuestro espectro) por parte del gran capital; el caso de Yamit demuestra el fracaso de las programadoras capitalistas no monopólicas en su disputa por permanecer en dicho espectro; y el uso (y abuso) del canal público como caja de resonancia del gobierno de turno, es una respuesta tácita ante tan inequitativa repartija.
En este punto quisiera recordar Charles Perrault y su célebre cuento del El Gato con Botas, que comienza con la desigual repartición de la herencia de un campesino entre sus tres hijos; al mayor le dejaría un molino, al mediano un burro y al menor un gato. En este orden de ideas, los canales privados, creados a la medida de los dos emporios económicos de los años 90, aparentemente representarían el molino; el Canal 1 sería el burro, la herencia que se dejó a las viejas programadoras independientes; y los canales públicos vendrían siendo ese gato que habla en medio de situaciones y lugares inadvertidos.
Pero, tal como deja de moraleja el cuento, lo mejor no es lo que aparenta. La cesión de Canal 1 al monopolio de los aliados de Caracol, y que de cualquier forma se perdería a futuro al no ser rentable para los pequeños consorcios privados, es en efecto la muerte del burro y el inicio de una disputa por saber a quién le tocó el gato parlante.
Adenda: las posibilidades de Dávila dependen en buena medida de su aceptación en las élites económicas antioqueñas, y particularmente del GEA, quienes seguramente no verán con buenos ojos el triunfo de una ficha de los Gilinski.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
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