BODEGAS Y TRINOS EN EL SIGLO XIX | Columna | Vladimir Montaña

BODEGAS Y TRINOS EN EL SIGLO XIX

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En este texto, el término “bodegas” se relaciona con todos aquellos generadores de contenido que actúan a través de una comunicación fragmentaria y frases incorpóreas, mordaces y en muchas ocasiones calumniosas, cuyos argumentos los infiere un público preconstruido. Reconozco de entrada que, aunque dicha expresión se usa habitualmente para definir ataques en masa dirigidos a figuras públicas específicas, también se ha empleado para censurar la agencia de opiniones cáusticas, exageraciones, sátiras y caricaturas que deben -en todo caso- ser protegidas por la libertad de expresión. No asumiré como bodegas, por el contrario, a las maquinarias mafiosas de bots que remplazan a los autores de carne y hueso y que resultan nefastos para los procesos democráticos de discusión de las ideas.

Dicho esto, el presente texto busca demostrar que las bodegas (en el sentido ya descrito) no son un fenómeno reciente vinculado a la “polarización actual”, sino que pueden relacionarse a contingencias históricas vinculadas con el desarrollo de la libertad de expresión, de prensa y de imprenta. Los mensajes cortos, mordaces y calumniosos, de hecho, fueron muy populares en el siglo XIX en la antesala de la declaración de libertad de imprenta, y presagiaban (al igual que hoy lo hacen) una crisis y una nueva etapa en las dinámicas de construcción de la opinión pública.  

Para avanzar en esta idea, comentaré específicamente la suerte del periódico comunista El Alacrán, que resultó fuertemente combatido por la oligarquía bogotana a mediados del siglo XIX, quienes dejaron de lado sus diferencias ideológicas para encargarse de poner tras las rejas a los jóvenes editores de este rotativo. Para entender el contexto y las en alguna medida las circunstancias del veto y el castigo funesto a sus editores, quizás vale la pena detenernos en uno de sus textos más polémicos; referiré específicamente uno que insinuaba la existencia de un amor espurio del Patricio “El Tuerto Armero” para con su hija Luisa, la diva de la época en la ciudad.

“dos jóvenes señoritas, sentada la una a un lado de la otra, sobre un elegante sofá, platican amistosa i cordialmente entre lazadas las manos. -Son Luisita i una amiga suya tan linda como ella.

-Enamorada, dijo esta última, enamorado de ti, tu padre, Luisita imposible.

-Enamorado! Carolina, enamorado como un loco. A toda hora habla de ese infame amor, i ya no se yo qué hacerme -dame un consejo.

-Ahórcale repuso Carolina…

Aunque lo corrosivo de este comentario nos parezca hoy en día bobalicón, en aquella época generó un proceso judicial de gran relevancia. Hubo una condena de cinco meses de prisión a los editores (los alacranes) que afortunadamente fue suspendida por un indulto decretado por presidente José Hilario López a todos los acusados por delitos de prensa. Siendo a todas luces un castigo desproporcionado, El Alacrán pago un castigo ejemplarizante en un ecosistema periodístico en el que cada vez más se desafiaban las normas de la prensa colonial aún en boga. Se comenzaban en efecto a desarrollar estilos sarcásticos, irónicos y humorísticos que, como caricaturas, muchas veces rozaban con la calumnia. Los traviesos intelectuales de aquella época, tal como ocurre con las redes sociales de hoy, gracias a la imprenta jugaron a transgredir normas de comunicación cayendo repetitivamente en el desafuero, la exageración y el chisme.

El Alacrán tenía para el caso una sección denominada ensaladilla (en otros periódicos se llamaba mosaico, canastilla, etc.) donde se lanzaban “hilos” de frases capciosas y amorfas que eran captadas por imaginarios ya circulantes. Allí surgieron muchos de los conflictos generados por este tipo de prensa, basada en “trinos” ofensivos y al mismo tiempo reveladores. Una alusión burlona y de doble sentido, tan oscura como malintencionada generó, por ejemplo, que un ofendido joven Antonio Plata, agrediera con garrote y pistola a uno de los alacranes, por cuenta de una fútil alusión a su vida privada. Citando el mencionado texto, aprovecho para presentar un breve fragmento de las frases amorfas y de pobre sintaxis que fueron capaces de alterar el moralismo de esa sociedad bogotana tan beata como hipócrita:

  • “Sabe usté que el tuerto Armero quería! Majadero! Porque estaba enamorado de Luisita… Condenado”
  • “Que no se lo lleve un cólico! Que abdomen tan hiperbólico el del chato Salomón, tiene lengua de… La señora Montenegro”
  • “Mandado hacer para suegro, es don Joquín Escovar, no tendrá que trabajar si Restrepo si lo consigue, I ¡cosa estraña! Persigue, a Jason la misma idea”
    • “Nos parece chochea doña Mariana Montoya, volvió a poner tienda Moya, que no es ningún majadero”
  • “Se ha metido a rezandero el joven Antonio Plata, más no ha amarrado la gata que soltó a Jacinta Ayala” 

Aunque la reacción de Antonio Plata parece hoy desmedida ante una alusión tan breve como venenosa, nos muestra el poder de estos textos y de la importancia de la comunicación fragmentaria y satírica. Aunque podríamos seguir ahondando en la continuidad histórica de la formación y malformación de opinión pública a partir de textos tan breves como tóxicos, así como del uso de la mordacidad como instrumento de transgresión, conviene detenernos en los mecanismos de censura moral que ha generado este tipo de prensa, siendo allí donde sí encontramos convergencias y diferencias con las bodegas de la actualidad. 

La censura moral del siglo XIX tuvo un carácter fundamentalmente ideológico y partidista. Sin este músculo institucional, era suicido atreverse a criticar a las nacientes élites liberales y conservadores; y esto fue, justamente, lo que ocurrió con El Alacrán en 1849. Joaquín Pablo Posada (1825-1880) y Germán Gutiérrez de Piñeres (1816-1872), los alacranes, se quejaban del doble racero de una sociedad hipócrita que, cómo hoy, toleraba a ciertos pasquines y sus trinos, mientras condenaba a otros. En su tercer número, los jóvenes trajeron a colación que publicaciones como El Duende, El Día, El Aviso, El Libertad y Orden, La Voz del Pueblo o el Charivari eran “perdonados” mientras a ellos les correspondía la peor de las condenas:

“Larga seria esta lista e interminable este examen -lo dicho basta para nuestro propósito. ¿Por qué se ha perdonado a aquellos i por qué se descargan sobre nosotros la persecución i la venganza! Porque aquellos son fuertes, los unos porque se apoyan en un partido que les sirve de retaguardia, i los otros, i todos inaccesibles porque cobardes huyen i esconden la cara” 

Pero mientras en el siglo XIX los móviles de la censura moral dependieron de filiaciones partidistas, en la actualidad se rigen por claras variables de raza clase, género y desmedro al ascenso social. Hoy en día, en medio de una aparente libertad de prensa, la censura se efectúa a través de una descalificación emergente: el descrédito y la categorización del crítico infame como miembro de una bodega al servicio de un partido o político. Así han cambiado las cosas, y hoy los medios dicen no tener partido. El ataque sistemático de las bodegas a ciertos activistas como Polo Polo, por ejemplo, demuestran de otro lado un claro énfasis de racismo y discriminación de género. Vale decir que este tipo de censura moral simplemente no era posible en el XIX al ser, tanto lectores, editores y víctimas del matoneo, miembros de una misma élite patriarcal, blanca y calzada.

En este punto quisiera proponer una hipótesis: el desafuero en el ataque personal, corto, sesgado y corrosivo de ciertos medios de ayer y de hoy, indican una reorganización de los medios de formación de opinión pública y de la libertad de expresión en general; el juicio a El Alacrán, permite entender puntualmente el contexto de la declaración de libertad de prensa decretada apenas un lustro después.

Hoy en día, la crisis de los sistemas de información tradicionales, y la zona gris que se ha construido entre el periodismo y la bodega, indica una reorganización en la configuración de la opinión pública, haciendo necesaria la construcción de nuevos lenguajes y formas de argumentación y control social. Para ello es necesario sacar las bodegas y los titulares farsantes de los medios que se quieran periodísticos y están extasiados por la dictadura del clic. Es preciso, igualmente, que los periodistas abandonen el tuit, la frase taquillera y dejen de jugar en dos bandas refugiándose en su oficio de periodistas cuando actúan de manera canalla y son confrontados -como es debido- por la bodega. A los políticos y analistas valdría la pena sugerirles lo mismo. 

En tal caso estaríamos en una transformación de la comunicación social comparable con la vivida cinco meses después del carcelazo de los alacranes, cuando el gobierno de José Hilario López eliminó la censura de prensa legalizando “las bodegas” y propiciando con ello un giro muy importante para la divulgación de contenidos. Sería en esa época, en medio de una hemorragia de pasquines y folletines, que surgiría la literatura nacional en varios de sus géneros. 

En beneficio de lo anterior, es claro que hoy estamos viviendo una profesionalización de los comunicadores de la bodega, quienes por su parte están dando grandes saltos en calidad y contenido. Quién lanzaba sólo insultos hace un par de años, hoy efectúa interesantes entrevistas; otros han terminado trabajando para los medios públicos al servicio del gobierno en un proceso comparable al que hizo José Hilario López al financiar algunas empresas editoriales de nuestros conocidos “alacranes” luego de salir de la cárcel, cuando se hallaban sin trabajo y en el ostracismo. E.S.M. nos presenta de hecho un lamento de José Eusebio Caro (fundador del partido conservador) que se parece al de quienes hoy se vienen lanza en ristre ante la profesionalización de la bodega y deselitización del periodismo.

«Se ha visto alguna vez un gobierno que, sin motivo de conveniencia pública de ninguna especie, saque de las prisiones públicas, a que recientemente habían sido condenados por la justicia humana, a dos libelistas cuya procacidad sin ejemplo no había respetado ni edad, ni sexo, ni estado, ni partido, cuya imaginación desbocada había llegado hasta pretender infamar públicamente las relaciones más sagradas de todas las relaciones de un padre con su hija, cuya indignidad e impudor no se había avergonzado de componer y publicar versos amorosos dirigidos a la misma persona cuya reputación habían intentado mancillar del modo más monstruoso»

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

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Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

Comentarios de “BODEGAS Y TRINOS EN EL SIGLO XIX”

  1. Los alacranes, sus perseguidores y su detención en la cárcel chiquita de Bogotá, son precisamente los asuntos de una obra teatral que se presentó a comienzos de este siglo. El teatro Vargastejada la llevó a escena con dramaturgia de quien esto escribe, y resulta interesante ver hoy, luego de más de 20 años de estrenada que el tema vuelve a aparecer en nuestro medio. Lo remito a la obra «El Alakrán», publicada por la Universidad Distrital en su colección Teatro Colombiano.

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