Carta de Manuel Antonio Sanclemente a Joe Biden

Carta de Manuel Antonio Sanclemente a Joe Biden

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Villeta (Colombia), julio de 2024

 

Señor, Joseph Robinette Biden Jr.

 

Distinguido señor,

Le escribo desde mi sepulcro en una pequeña aldea de tierra caliente en las cordilleras colombianas. Como presidente goberné durante dos años a las gentes de mi patria, Colombia, cargo del que fui depuesto por mi supuesta incompetencia senil. Soy un hombre nacido en el valle del río Cauca, y cuando Bolívar y su ejército nos dieron la independencia yo solo tenía 5 años de edad, por lo que hoy puedo decir que fui testigo del angustiante siglo XIX colombiano.

Como también fui elegido presidente a los 84 años me siento unido a usted, interpelando a aquellos que niegan a los ancianos gobernar en medio de su decrepitud.

Después de una vívida existencia como jurista, político y militar, quise pensar que aún con el peso de mis años, sería capaz de liderar un país en regeneración” dándole todas las bondades de mi experiencia y rectitud.  Aunque muchos consideran que llegué a la presidencia como marioneta del distinguido filólogo y reaccionario expresidente, don Miguel Antonio Caro, nunca dudé de mi férrea voluntad ni de mi inquebrantable conciencia. Gané la consulta de mi partido a un oscuro cauchero llamado Rafael Reyes, caudillo bélico y esclavista que eclipsó la imagen de Pizarro como conquistador. Triunfé sin perturbarme. Gané, pues, a pesar de mis arrugas y de las burlas, alos contradictores de mi partido llamados conservadores históricos, el día de mi elección osaban decir: “¡No, él no es histórico, sino prehistórico!”.

José María Vargas Vila, el influencer de la época y quién resultara mi más sardónico defensor y burletero, redactó muchas frases espurias para demostrar mi decadencia. Se atrevió a decir, enrostrando mi mediocridad, que dadas las circunstancias de mi estado de salud el derrocamiento daba proporciones heroicas a mi caducidad. A su parecer, yo hacía parte de la paleontología política por ser el último ejemplar de la fauna ya extinta de los doctrinarios: “una especie de marsupial, traído del dintel de otras; una Momia, cubierta de polvo venerable como las Pandectas y el Código de Justiniano; era un Jurisconsulto; inflexible como la Ley y, casi tan viejo como ella”. Harto ya de servidumbre, yo amo octogenario -cómo él señalaba- no tuve ya fuerzas ni de hacerme un monstruo. De la aventura electoral de mis últimos años ese mismo panfletario diría:

“¿Cómo declarar exento de ambiciones, ese anciano que á los ochenta y seis años de su edad, prefiere el ejercicio de la Autoridad, al goce de la tranquilidad, deja la quietud del hogar por las aventuras del Poder y aspira a poner bajo el solio, una cabeza que no debía esperar ya sino el amparo cariñoso de la Muerte? Aquella cabeza que parecía haber pensado tanto ¿no le dijo nada sobre la miseria efímera del Poder, y sobre la vileza infinita dé los hombres?…

Durante mi primer año de gobierno estalló una guerra que han llamado “de los mil días”, aunque creo más de un siglo después que aún no ha terminado.  Allí fue donde los años comenzaron a pesarme. Entiendo, señor Biden, que entre muchos otros problemas usted también enfrenta varias guerras en su vasto imperio, y aunque finja no saberlo, ello le supondrá enfrentar los mismos enemigos que yo tuve. Como primera medida debo decirle que, en medio de los disparos, tuve que cambiar la sede de gobierno lejos de la fría Bogotá y llevarla a mi finca de Villeta, cuyo benigno clima me calentaba las tibias y facilitaba los pensamientos.

Debo confesar que el frío de la capital me era insoportable, razón por la que, incluso, decidí no asistir a la posesión presidencial y permití que los primeros meses de gobierno los ejerciera el doctor y literato José Manuel Marroquín. Yo, mientras tanto, persuadí al ministro Rafael Palacios apodado “el pájaro carpintero” gracias a sus maniobras – a que cogobernara desde mi quinta mientras disfrutaba del olor de los mangos y la vista florida de los gualandayes de mayo. Palacios, como ustedes podrán suponer, se sirvió a discreción del sello de mi firma y me evitó la fatiga de estampar mi nombre con mi puño y letra en asuntos de especial trascendencia.

Por vivir en medio de una comarca tropical me tacharon de incompetente, de anciano senil, de hombre desvirolado. En medio de mi terquedad nunca puse en duda que se trataba de perjurios cuyo único fin era hacer a un lado al último representante del verdadero conservatismo e imponer el pensamiento de mi insidioso vicepresidente; ese mismo personaje, amigo Biden, que le entregó a su país ese departamento llamado Panamá. El destino quiso que Colombia pagara por mi infortunio.

En medio de la guerra, la noche del 31 de julio hace 124 años, mis antiguos copartidarios, llegaron a esta finca tropical adornada de platanales, y que yo convertí en palacio presidencial, para sacarme a empellones y reducir mi humanidad a una miserable celda. Imagine usted que, hasta mi antiguo copartidario antioqueño, Juan Pablo Gómez se atrevió a decir que yo era incapaz de conducir un país en guerra desde una finca:

A Villeta vino el señor Sanclemente en busca del mismo benéfico clima que buscó en Anapoima y en Tena, y allí fue también necesaria guarnición, y allí más que en sus anteriores moradas se dificultó la administración y escasearon órdenes y medidas que reclamaba la guerra. De repente guerrilleros audaces aíslan a Villeta con la capital de la república. Rotas las líneas telegráficas e interrumpidas las comunicaciones postales, quedó el gobierno en Villeta interceptado, secuestrado del resto del mundo. Era Villeta como una gran cárcel en que la revolución tenía encerrado al presidente de la República, custodiándolo desde la cumbre de sus montañas que la rodean. No le llegaban ni daban noticias de su situación, y era natural suponer el peligro inmediato en que estaba el señor presidente.

Aunque otros miembros del partido como Marco Fidel Suarez y Pedro Nel Ospina, futuros presidentes de la república, han demostrado en sendos escritos la gravedad del golpe de Estado que derrocó a quién gobernara desde un gallinero y un establo, lo cierto es que fui traicionado por el otrora inofensivo escritor y correligionario Marroquín. Mi decrépita presencia en el gobierno sumada a la corrupción servida en bandeja de plata por un gobierno acéfalo en manos de funcionarios oportunistas y corruptos, hicieron que dentro del partido conservador moderado yo resultara un peligro. Aún así, en medio de un comité de aduladores, me quise sostener en un poder que realmente no tuve. Con ellos resistimos en un ritual de honra que fue llevado a nivel de pedestal por el propio autor de los Césares de la Decadencia. Mi propio médico personal, Marco A. Gutiérrez, escribió con justeza: “hacéis cargo de improbidad al hombre más probo de la república”, y entre todos impedimos que una comisión médica del gobierno central pudiera examinar mi verdadero estado de salud.

El doctor Carlos Martínez Silva, líder de esos conservadores que afines a la Regeneración se percataron del peligroso carlismo de Miguel Antonio Caro, me ha dejado entender que mi terquedad bien pudo evitar la Guerra de los Mil Días. Mi presencia como supuesto jefe de gobierno debilitó la posibilidad de un acuerdo entre conservadores históricos y liberales moderados y atrofió las esperanzas de un país que en mil días rompió en fragmentos la vida de cien mil almas.

Puede que esta carta nunca será por usted leída, seguramente porque dada mi peligrosidad y porque bien supongo que debe estar como yo, rodeado por una multitud de “pájaros carpinteros” que revolotean a su alrededor; sin embargo, le pido que acepte mi generosa oferta: venga a mi finca en Villeta para que muera tranquilo, extasiado con el  olor dulce de los mangos y el rosado paisaje de los gualandayes.

Su servidor,

 

Manuel Antonio Sanclemente

Villeta (Cundinamarca), es decir: Colombia.

Acerca del autor

Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

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Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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