
Tomarse por asalto la campaña
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La estupefacción que genera la idea de que un sujeto como ADLE llegue a ser presidente, y el aparente inmovilismo del equipo de campaña de Cepeda, supuestamente anquilosado en un falso pragmatismo, ha generado una descomposición anímica en sus votantes. Se escucha decir que “a Cepeda lo tienen aislado”, que “Petro tendría que cerrar el pico”, que “dejen de joder con esa berraca Constituyente”, que “no hay gente profesional en el equipo de marketing”, que “esa austeridad del candidato será la causa del desastre”, que, que, que… Y seguramente todo eso es cierto.
Pero todas esas decisiones (¿cuáles decisiones?, dirían algunos), más que a la pasividad, convocan a que los inconformes nos tomemos por asalto la campaña. En efecto, el régimen y estilo —para algunos, monacal— del candidato nos pone frente a una encrucijada fácil de discernir: una, acometer una estrategia mediática y digital que compita con la de ADLE, y que de hecho está perdida tanto por el régimen de austeridad de Cepeda como por el copioso presupuesto del contradictor; un presupuesto, además, de dudosa procedencia. Otra: tomarnos por asalto la campaña.
Se celebra lacónicamente la llegada de los K-popers y se les exige a los youtubers progresistas mensajes más contundentes, menos vulgares, más centrados; en fin, todo lo que la campaña de ADLE aprendió del triunfo de hace cuatro años, cuando la estrategia digital y la creatividad estaban del lado de la izquierda. Pero 2026 es muy diferente a 2022. La estela del Estallido Social se ha difuminado ya, los creadores digitales se han vuelto defensores del establecimiento por el solo hecho de que la izquierda es gobierno, y por eso mismo han tenido que pasar del ataque a la defensiva. Al “viejito” lo reemplazó un “tigre”, y por más que se diga que es de papel, no lo es, ciertamente. Por si fuera poco, en la Casa Blanca no tenemos a un senil Biden, sino a un Donald Trump que se frota las manos en cada elección latinoamericana.
La creación de grupos de WhatsApp de gente convencida desmoraliza aún más. Los chats entre afines se parecen más al Muro de los Lamentos que a lugares de conspiración. Y en todos los casos la estrategia parece ser la misma: evangelizar al convencido, tal como lo hicieron los misioneros con esos indígenas a los que consideraban bárbaros, caníbales y sin alma.
Sin duda, redimir votos perdidos es absolutamente necesario, pero hay que abandonar el cuento de que las “tías” pueden redimirse, aun si les aplicamos las máximas del chantaje moral: “tía: me voy a quedar sin trabajo”, “tía: van a privatizar la universidad”, “tía: ese tipo mata gaticos”, “tía: ese cafre sí que va a acabar con los hipopótamos”, tía, tía, tía. Y sí, hay que seguir intentándolo con las tías. A la tía, al amigo votante por ADLE, no le importa que el 40 % de los trabajadores estatales pierdan su trabajo, ni siquiera viendo las monumentales manifestaciones en Argentina, las cárceles inhumanas de Bukele o las selvas arrasadas por Bolsonaro. Todos esos son daños colaterales necesarios para desterrar a Petro y a su gente.
Ante la tozudez de la tía y del amigo de centroderecha, viene la estrategia de convencer al abstencionista: “venga, usted no ha visto las noticias, mire que Petro sí les pagó a los soldaditos… lo que no hizo Uribe”, “¿se da cuenta de que no nos volvimos Venezuela?”, “fíjese, subieron a dos millones el salario mínimo, y no se acabó el mundo”. Y mientras tanto, el inamovible abstencionista, casto en su virginidad electoral, no va a dejar de ser inmaculado por cuenta de unos políticos que, a fin de cuentas, le parecen —todos— la misma vaina: “Yo tengo es que seguir trabajando; a mí ningún político me va a comprar el mercado”.
La esperanza se dirige entonces al centrista, e incluso al amigo que, habiendo votado por Paloma, tiene resquemor frente al dudoso ADLE. “¿Sí leyó la última columna de Daniel Coronell, no?”, “parece que Fajardo se viene con Cepeda, mmmm, le tocaba”. En el peor de los casos, soltar frases sueltas que en últimas invitan al voto en blanco: “aunque no es mi caso, yo sí no votaría por ningún bandido, ni de derecha ni de izquierda”, “ante todo, estar convencido, o si no, pues votar en blanco, aunque sabemos que eso no sirve de nada”. Cualquier cosa, para que ese voto no termine inclinándose por ADLE. En esos casos se dice: “¿será que este man es capaz de votar por ese engendro?”. La fe en los amigos, entonces, se pone en duda.
Y aunque es necesario seguir trabajando a la tía, al colega abstencionista o al amigo de infancia de centroderecha (y que, si son del colegio o del barrio, son la mayoría), pareciera que se nos olvida que la esperanza está en las zonas rurales más apartadas. Zonas definitivamente progresistas, campesinos y campesinas que sienten el peso de la violencia y que observan —de otra manera— las esperanzadoras y ficticias bengalas de la “tal paz total”. Hablamos de los beneficiarios silenciosos de la mejor obra de este gobierno: escuchar al mundo rural, y en especial los clamores de esas zonas de frontera agrícola donde se cocina la coca y se envenenan los ríos.
Pero este potencial sufragante es generalmente visto con desdén. Resulta caro, difícil en cuanto a la logística y hasta riesgoso políticamente. Viajando a bordo de un peque-peque (lancha lenta), antes de elecciones, allá en la “patica” del Vaupés, en el río Tiquié, encontré, sorprendido, que esta chiva fluvial estaba abarrotada de “petristas”. Indígenas Bará, Tuyuca y Tukano que han abandonado a los clanes políticos de Mitú y hoy retornan a sus verdaderos clanes, asumiendo el largo recorrido de convertirse en Entidades Territoriales Indígenas. Pero estos indígenas, al igual que la gente de La Chorrera, del Mirití y del bajo Apaporis, son ciudadanos que quieren y desean votar, gente a la que no hay que convencer de nada; gente que, más allá de los inocultables errores y desastres, ha visto los beneficios de la política de este gobierno. Hablamos de ciudadanos y ciudadanas que, logísticamente, no tiene manera de ejercer el derecho al voto.
Los territorios amazónicos, pero también la costa Pacífica y el Catatumbo (todas, regiones donde los narcos desvanecen la vida), tienen también el derecho a decidir. Sin embargo, el costo de su movilidad electoral, precisamente por ser tan costosa, es desdeñado por la campaña; esa misma que nos debemos tomar por asalto. Los costos, en efecto, son enormes, y en algunos casos hasta es necesario fletar avionetas con timbos de gasolina para luego repartirla río arriba y río abajo en pequeños galones. Se trata de operaciones que pueden durar varios días y hasta semanas… mucho menos, en todo caso, que los almuerzos interminables con la tía o los inofensivos zarpazos en chats inamovibles.
Conviene abandonar el muro de los lamentos, dejar de criticar una campaña que, a mi juicio, está evitando caer en los pactos y prácticas espurias de hace cuatro años, y que se niega a traer a J. J. Rendón y sus aprendices. La revolución ética que propone Cepeda no es retórica, y requiere que los ciudadanos y ciudadanas tomemos por asalto la campaña, y que ese supuesto inmovilismo del “soviet del parway” (me encanta esa expresión, a pesar del autor) que rodea al candidato se convierta en cadenas de solidaridad con esos colombianos y colombianas a los que no hay que convencer de nada.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
3 comentarios





«las cárceles inhumanas de Bukele «. Jajajaja… Payaso ignorante…
Se metieron a jugar el juego burgués y son malos perdedores… 6 o 7 millones de colombianos.. No serán suficiente. .. Tuvieron el poder… Y no supieron usarlo… O… Solo tuvieron el poder, Para legitimar ese sistema… Fueron cómplices de su propio fracaso… Solo tu y Montana como muchos… Siguen pecando de ilusos… Románticos… Dogmaticos… Fanáticos de un discurso defazado…
Y todo lo digan hoy… Lamentablemente… Querido José.. Ya es muy tarde….
y solo te queda tomar ánimos leyendo y escuchando discursos que endulcen tu oído y tus ojos… Pero ya es muy tarde. Demasiado tarde…
Hermoso y necesario llamado. Nos tomamos la campaña, en todos lados!
Muy profundo análisis… directo al grano
Ricardo Arquez