El tesoro del galeón: El dorado y la identidad ambiental de Colombia
Foto: National Maritime Museum.

El tesoro del galeón: Eldorado y la identidad ambiental de Colombia

Compartir:

Celebramos el comienzo del proyecto nacional con el galeón San José, donde el Eldorado simboliza una brújula para la biodiversidad y la identidad colombiana.

Elías Sevilla Casas*

El galeón como tesoro

Cada siete de agosto celebramos el comienzo de nuestro proyecto nacional. Esta vez la fecha me induce a escribir sobre Eldorado como un ideario que favorece la biodiversidad.

Tomo como punto de partida la versión que salió a relucir como “tesoro” en la reciente declaración sobre el galeón San José como parte del patrimonio nacional. Diré que el Eldorado es una brújula “dorada” que, como símbolo vivo, cambia de colores y de formas, y lo podemos convertir en un fértil ideario. Es así porque, como emblema, este Eldorado nos retorna al origen metafórico del lenguaje en el que, según Borges, se confunden las palabras y los procesos-cosas.

Con motivo de los eventos previos a la declaración en mayo de 2024 sobre la zona en donde se encontró el galeón San José como área arqueológica protegida, escribí en privado a una funcionaria de alta responsabilidad en el Gobierno lo siguiente:

En tu exposición sobre los valores patrimoniales de este bien cultural arqueológico mencionaste el valor comercial; y el valor funcional de información sobre las formas de vida humana y artefactos marinos, etc. A mi entender, omitiste el principal, el valor simbólico emblemático que “el dorado” [sic] sumergido tiene para Colombia como comunidad-nación. Ya tenemos un “Eldorado” aéreo en la capital, y ahora otro en un buque con oro sumergido en el océano. Falta, pero para allá vamos, “un dorado” en la Amazonia y en nuestros bosques y mares como entornos vivos.

Sigo en la clasificación de los valores a Jean Baudrillard, con sus valores de cambio, de uso y simbólicos (en el sentido antropológico). Como sabes, la antropología habla de dos concepciones de los bienes con potencial económico: una concepción formalista que facilitó el entramado de la economía neoclásica y, hoy, del neoliberalismo económico y político que tratamos de superar. Frente a esta concepción está, siguiendo a Karl Polanyi, la concepción integral sustantivista de los bienes con potencial económico (en este caso el galeón y su “tesoro”). Estos bienes tienen valores de cambio, de uso y también —sobre todo— los simbólico-emblemáticos a los que me refiero.

Valor económico, científico y valor simbólico

Están en discusión unos 20.000 millones de dólares que, al parecer, valen los metales y la enorme posibilidad de conocer con detalle datos arqueológicos e históricos que el galeón y su carga de objetos procuran a los investigadores.

Pero también y, sobre todo, están en juego los valores simbólicos que ese “dorado”, convertido en Eldorado, tiene y tendrá para la nación colombiana y sus comunidades. A estos valores de ideario, nunca calculables en precio o funcionalidades informativas, dedico los siguientes párrafos.

Los emblemas de Colombia y la jerarquía de valores

La Cancillería enumera en su página oficial los siguientes emblemas de la nación colombiana: la bandera tricolor, el escudo con sus varios componentes, el himno compuesto por Núñez y Síndici, el ave cóndor Vultur gryphus, la flor Catleya trianae, la palma de cera Ceroxylon quindiense y la cumbia (uno de sus autores musicales acaba de dejarnos). Agrego aquí el oro vivo del Eldorado, amarillo como el oro, pero también verde y azul como los bosques y las aguas puras.

Son símbolos vivos y poderosos. La Cancillería nos dice, por ejemplo, que la cumbia no muere porque se encarna en “los aires vallenatos y el pop nacional”, que emergen de “un crisol de tendencias y ritmos que no cesa de reinventarse”. Son poderosos porque nos mueven a reinventar cada vez nuestra nación.

La alegoría de la brújula: guía para los etos individuales y colectivos

Para reafirmar al lenguaje como forma viva y poderosa, escribo, con permiso de las academias de la lengua, etos y no ethos; es más coherente con la palabra “ética”. En acuerdo con la tradición aristotélica, la Academia así define el etos: ‘Conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad’. En este caso, como ideario, es guía para consolidar la identidad colombiana con modos concretos de actuar.

Leí en un libro de Charles Taylor que los seres humanos necesitan un espacio moral y en él una brújula para moverse —para construir sus identidades individuales y colectivas—, así como para sobrevivir la necesitan los seres vivos en el espacio físico.

Propongo aquí que las variantes mencionadas de Eldorado constituyan emblemas de Colombia, pero también polos morales para nuestras identidades individuales y colectivas en Colombia y para las acciones que llenan nuestros días.

Leí, además, la aclaración de Maxime Rovere —editor del Magazine littéraire— que un aspecto es la brújula y otra los polos que ella necesita para orientar la marcha de la vida en el espacio moral (o ético, como algunos prefieren decir).

Propongo aquí que las variantes mencionadas de Eldorado constituyan emblemas de Colombia, pero también polos morales para nuestras identidades individuales y colectivas en Colombia y para las acciones que llenan nuestros días.

El sentido ético de “Eldorado” de Colombia

Es un lugar común en Colombia, en Iberoamérica y en el mundo entero, hablar de la leyenda de El Dorado o Eldorado. Su mejor representación en oro puro y de material concreto la exhibe el Museo del Oro en Bogotá.

Eldorado se ha tematizado con diversos sentidos; apelo al profundo sentido metafórico y de brújula-polo que ha adquirido, para bien y para mal, por nuestras acciones.

La sombra del peregrino, descrito por Edgar Allan Poe en su poema, contestó a quien preguntaba exhausto de buscar dónde se encuentra ese Eldorado: “Sobre las montañas de la luna / abajo en el valle de las sombras / cabalga, valiente, cabalga, valiente”.

En el relato de Gabo, Florentino Ariza combina el valor material de joyas y metales en el galeón San José con la ensoñación delirante. Contrata a un niño para que baje al fondo del mar a sacarlos y así conquistar a Fermina Daza. Para bien o para mal, porque la ética apunta a los dos lados. La ensoñación termina con la voz de la madre que comprueba, mordiendo las falsas joyas ofrecidas por el niño como prueba, que se trata de un engaño.

Dorados azules y dorados verdes: la destrucción de la vida o su recuperación

Apelo al concepto de los Lebensformen de Wittgenstein. En esta “lógica de la vida”, el lenguaje que se entrelaza con los procesos materiales implica una noción unitaria que va desde las bacterias hasta los humanos y supera de tajo la dicotomía cartesiana entre la mente y la res extensa —es decir, entre las ideas-palabras y la materialidad del mundo y sus procesos—.

De allí que Borges pueda decirnos que, con la metáfora, retornamos al origen del lenguaje, cuando cosas-procesos se confunden con las palabras que decimos. Somos parte de la materialidad unitaria interactuante; con nuestras palabras y acciones, somos solidarios con todas las formas de la vida o Lebensformen del planeta.

En efecto, los humanos nos distinguimos en el espectro unitario de las formas de vida porque nuestras Formen entrelazan las materialidades físicas y biológicas con los lenguajes simbólicos. Los usamos tanto en la ciencia y las artes como en la vida cotidiana, y en las afirmaciones de nuestras convicciones éticas (guías de actuar), sean ellas para bien o para mal.

Para bien de la vida o para mal, porque los etos humanos orientan y motivan las acciones, individuales o colectivas, hacia el favorecimiento de la vida o hacia su destrucción. Estos etos constituyen las brújulas-polos arriba mencionados a partir de Taylor y Rovere.

Los dorados materiales como el oro o cobre se unen a los dorados azules o a los dorados verdes. Trascienden, sin negarlos, los valores prácticos del oro material que da origen a tal nombre, así como el amarillo de la camiseta del fútbol nacional trasciende el partido en que se usa.

He hablado aquí de las brújulas éticas que apuntan a los bosques y aguas biodiversos, hoy tan socorridos en los discursos programáticos. Pensemos no más en la oportunidad de la COP16 que se celebra en Cali.

Que sea para bien, no para mal. El etos de la codicia dorada y material ha destruido con maquinaria amarilla o envenenado con mercurio los paisajes fluviales de las zonas mineras. Y el uso sin control y reciclaje de los plásticos ha inundado los mares de partículas tóxicas.

Lo más triste, porque no se detecta el engaño (recordemos a Florentino Ariza), no nos damos cuenta del efecto negativo a largo plazo. Pienso, como caso-ejemplo, en el discurso turístico que nos vende un potrero con palmas moribundas como emblema de la Colombia biodiversa.

El “efecto Cocora” y la revisión de nuestro etos dorado, azul y verde

Puede que no guste, pero debo enunciarlo: nos han vendido, incluso en el billete de cien pesos emitido por el Banco de la República, la bonita falacia del potrero del Valle del Cocora como muestra del ecosistema original del árbol emblema nacional: la palma de cera.

Pero no es así si nos ubicamos en el tiempo y lugar de las palmas vivas. Hacia 1890, el hacha de Valeriano Marulanda y sus peones taló el bosque andino en que vivían para hacer potreros. El ideario potrerista de la ganadería extensiva llegó hasta el punto de que en Armenia se levantara un monumento al hacha destructora de los bosques. Qué ironía, según una queja de la Academia de Historia del Quindío, el monumento llegó a usarse como mingitorio público, que, para colmo de males, tenía al lado una empresa callejera de venta de cerveza.

Para mal o para bien, el turismo aprovecha ahora al máximo la belleza, que es efímera y falaz según el tiempo de las palmas. La codicia enceguece y a la larga mata. Pero podemos revertir sus efectos para el bienestar y la vida.

Quedaron, entonces, en la parte baja de la Quebrada Cárdenas, unas pocas palmas bellísimas —dicen que las más altas del mundo—; pero desnudas de su entorno, solas y moribundas. Dispersas en el monocultivo del potrero, esas palmas mueren poco a poco sin que lo notemos, pues su vida se estima entre 139 y 169 años y en el potrero no pueden tener hijos. Allí únicamente prosperaban vacas y hoy se pasean turistas para tomarse fotos.

Para mal o para bien, el turismo aprovecha ahora al máximo la belleza, que es efímera y falaz según el tiempo de las palmas. La codicia enceguece y a la larga mata. Pero podemos revertir sus efectos para el bienestar y la vida. Lo estamos viendo en las reacciones que frente al turismo sin control comienzan a tener Mallorca y Barcelona.

Estas reacciones de prudencia deben mirar el más allá, en el tiempo y la “lógica” de las Lebensformen de las palmas. Así habrá esperanza de que el etos de los varios Eldorados sea para bien de la vida y, en ella, de los colombianos. Que los relatos sobre el galeón San José refuercen la tendencia.

Lea en Razón Pública: La modernidad de Carlos Pizarro

Acerca del autor

Elías Sevilla
eliassevilla@razonpublica.org.co | + posts

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

0 comentarios

Elías Sevilla

Escrito por:

Elías Sevilla

Antropólogo PhD, profesor titular jubilado de la Universidad del Valle, Cali. eliasevilla@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Arte y Cultura

Luis Ospina: un outsider comprometido

El Nuevo Periodismo en Colombia
Arte y Cultura

Última hora: necesitamos nuevos periodismos

ManuelOlivella
Arte y Cultura

La voz negra de la literatura colombiana

Arte y Cultura

Threads: ¿el nuevo rival de Twitter o más de lo mismo?

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!