La modernidad de Carlos Pizarro | Razón Pública 2024
Foto: Wikimedia Commons

La modernidad de Carlos Pizarro

Compartir:

Recientemente se publicó ‘Historia a muchas voces, una biografía de Carlos Pizarro’ escrita por Vera Grabe. Este texto invita a pensar sobre la modernidad del líder guerrillero y sobre la historia de la izquierda y las guerrillas en Colombia.

Carlos Ramírez*

 Pensar biográficamente

 El escritor mexicano Carlos Fuentes, en una novela inconclusa, buscó concebir la vida de Carlos Pizarro a partir de la de un guerrero mítico: el Aquiles de la Ilíada. La vida del último comandante del M-19 resulta, en efecto, compatible con la del guerrero griego. Ahí están el coraje, la batalla, la lealtad, la vulnerabilidad y el sacrificio final. Vera Grabe, compañera de militancia de Pizarro, señala así que la forma más adecuada de escribir sobre él sería un poema épico. 

Tal vez Pizarro mismo, quien leyó con pasión la literatura griega, las tragedias de Sófocles sobre todo, hubiera aprobado la idea. De hecho su lenguaje, cuidado pero a veces pomposo y excesivamente solemne – “hablaba como Napoleón” dice el economista Samuel Jaramillo -, parece calcar el tono de los héroes. 

La biografía escrita por Vera Grabe, “Carlos Pizarro. Una historia a muchas voces”, no muestra, sin embargo, un héroe de la antigüedad. Es otro el espíritu de época que aparece en sus 600 páginas. Una biografía, cuando cumple su propósito, no es solo la historia de un individuo, sino la de una generación, la de una sociedad y la de una época.

El individuo no es un solo una ilustración de un período histórico, pues siempre hay algo singular en cada ser humano, pero su vida se hace y rehace en su interacción con otros individuos, con las instituciones y con las mentalidades vigentes. La interdependencia, no la fusión, de lo particular y lo general, es lo que permite construir un relato biográfico. En el caso de Carlos Pizarro podría decirse que su vida es un símbolo, trágico quizás, de qué significa la modernidad en el contexto de un período específico de la historia colombiana.

 La identidad propia y las decisiones

Cuando algunos escuchan la palabra ‘modernidad’ piensan en el último IPhone o en una canción de moda. Otros pensarán en procesos de industrialización y en transformaciones administrativas para hacer más eficiente el funcionamiento de las organizaciones, incluyendo el Estado. Algunos la asociarán con el espíritu crítico y la libertad del pensamiento. La izquierda antimoderna – el ‘abyayalismo’ como dice Santiago Castro – la interpretará como una forma de etnocentrismo, colonialismo y violencia contra la naturaleza. En el terreno del arte, unos más pensarán en las vanguardias estéticas.

Tomando distancia de estas posturas como bloques independientes, pero retomando elementos de ellas, podría decirse que el núcleo de la modernidad es un tipo de experiencia de la realidad marcado, ante todo, por la aceleración del tiempo y, en segunda instancia, por la contingencia, es decir, por la conciencia de que todo lo que existe – ideas, técnicas, personas, instituciones – podría ser distinto o no ser. No todas las épocas de la historia humana tuvieron este tipo de experiencia.

Proveniente de una familia acomodada, hijo de un almirante que llegó a ser comandante de la Armada, Carlos Pizarro no estaba predestinado para ser un líder guerrillero.

Pizarro, tal como lo describe Vera Grabe, es una figura emblemática de un hombre moderno. La biografía arranca, tal como ya lo había hecho la autora en su propia autobiografía (‘Razones de vida o el silencio de mi cello’), hablando del contexto familiar. No se puede contar una vida sin hablar de la relación de los individuos con las instituciones.

Proveniente de una familia acomodada, hijo de un almirante que llegó a ser comandante de la Armada, Carlos Pizarro no estaba predestinado para ser un líder guerrillero. Su paso por instituciones educativas de los jesuitas, como el Colegio Berchmans, en Cali, o la Universidad Javeriana, en Bogotá, donde fue compañero y amigo de miembros del establecimiento, tampoco inclinaban la balanza en esa dirección.

De ahí le quedó a Pizarro una sensibilidad, genuinamente cristiana, hacia los humildes y oprimidos, pero no, como era predecible, el interés en ser parte de la élite social. Con eso ya aparece un primer rasgo de la modernidad de Pizarro: una vida en la cual lo fundamental no son las condiciones sociales de partida, sino sus elecciones, que hubieran podido ser distintas. En contravía de la mentalidad premoderna que ve a los individuos atados necesariamente a sus desiguales orígenes sociales, y justamente por eso puede hablar de quienes son ‘traidores de clase’, aquí aparece una vida en la cual la identidad social depende, en parte, de las propias elecciones.

Una actitud que incluye, también, acoger la incertidumbre y ver la construcción de la propia identidad como una exploración. Ante la pregunta de Beccassino, en las entrevistas tituladas como ‘El heavy Metal latinoamericano’, por su ‘sueño síntesis’, Pizarro dice: “La libertad de sentir que uno puede ser como uno mismo…la posibilidad de enfrentarte como vos mismo a la sociedad”. Una búsqueda de autenticidad, pero una dialógica.

En sus cartas, sobre todo, aparece un individuo que se está buscando continuamente a sí mismo y que, como Pizarro mismo lo dice, lo hace a través de las relaciones dinámicas con los otros. Con sus parejas, por ejemplo. “Yo no puedo vivir sin mujer”, dice. El Pizarro de Vera Grabe es un personaje apasionado e impulsivo de compromisos sentimentales muy intensos, pero, a la vez, de giros súbitos.

Si bien Pizarro mismo pareció haber coqueteado, en algunos momentos de su vida, con la posibilidad de llevar una vida familiar y laboral más convencional–como lo muestra su interés, ya creado el M-19, en estudiar en el SENA o en reintegrarse a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional como estudiante–, su vida sentimental nos recuerda experiencias sentimentales generalizadas: los cambios de pareja, la construcción de espacios de vida movidos y preservados exclusivamente por la búsqueda de intimidad y por el pacto, siempre frágil y en construcción, entre las partes. La modernidad en el terreno de los afectos.  

Lucha armada y modernidad

En la guerra y en la paz, Pizarro fue un hombre moderno. Eso incluye, tal como lo formulan varios testimonios en el libro, el de Navarro Wolff por ejemplo, el ‘genio militar’ de Pizarro. El genio, un término con raíces en el mundo de la estética, es el que no solo aplica sino crea las reglas de su propia acción. La genialidad militar de acciones como las de la batalla de Yarumales, descrita ricamente por Grabe, lo muestran desarrollando innovaciones en la forma en que el M-19 conducía la guerra.

De ahí sale un Pizarro que, confiado en sus capacidades militares, termina generando la sospecha de una amenaza de secesión en el M-19, entonces conducido por Iván Marino Ospina.  Si uno de los motivos que lo había llevado a desertar de las FARC había sido su inmovilismo y su vocación de actuar como una autodefensa de colonos resguardada en las zonas periféricas, ahora Pizarro se siente acreditado, con los hechos, para replantear los métodos de la guerra de guerrillas.

No se trataba solo de hacer la revolución sino de revolucionar la forma de hacerla. La forma de lucha podía ser distinta a como era. De ahí saldrá también la idea de una fuerza guerrillera transnacional, latinoamericana, el Batallón América.

La modernidad, dicho de paso, no es nada adverso a la violencia política. No se puede nunca olvidar que el evento emblemático de la modernidad política es una revolución considerablemente sangrienta, la francesa, y que la idea de revolución es una con el reconocimiento de que no solo el Antiguo Régimen sino ningún orden sociopolítico es imprescindible.

Todo orden es contingente. La violencia revolucionaria es incomprensible si no se entiende cómo su trasfondo es un impulso de refundación, esto es, de reemplazar el conjunto del orden existente por algo nuevo y de hacerlo pronto. La modernidad va de la mano con una experiencia de aceleración del tiempo, esto es, de una reducción de los intervalos entre los proyectos y su consumación, y con el propósito de los individuos de lograr el cambio aquí y ahora, en su tiempo de vida. 

En contraposición a los tiempos lentos del mundo campesino de Manuel Marulanda, decía por eso Jaime Bateman que si la revolución no se hacía en 5 años, los militantes del M-19 debían dedicarse “a vender empanadas”. Se trata de una experiencia de apremio y de ahí, por tanto, el ímpetu de Pizarro de acelerar los tiempos de la guerra. En la biografía de Grabe aparece, por eso, de manera constante, su impaciencia.

El paso a la paz y la izquierda colombiana

El giro hacia la paz es una continuación del mismo conjunto de actitudes vitales. Por un lado, del afán continuo de reinvención y el simultáneo reconocimiento de que las experiencias acumuladas se quedaban cortas frente a un futuro abierto. Por otro lado, del deseo de ver la materialización de las transformaciones propulsadas por la propia acción y no solo de tomarlas como sueños destinados a las generaciones venideras.

La modernidad, en el terreno de las ideas, no es un asunto de luchar contra el ‘feudalismo’ y de confrontar la tradición, especialmente la religiosa. Más bien es la actitud crítica generalizada, contraria a todo dogmatismo, de disponerse también a revisar las armas de la crítica y, sobre esa base, como en este caso, convertirla en una crítica de las armas

La forma en que la izquierda armada había conducido sus objetivos ya había llegado a un punto ciego. De eso se convenció Pizarro, tal como lo muestra Vera Grabe, debido a varios factores:

  • Por su percepción de la degradación continua de la guerra (incluyendo allí, por supuesto, el uso de la tortura y las desapariciones por parte de la fuerza pública. Pizarro mismo había sido torturado).
  • Por la influencia creciente del narcotráfico en el conflicto armado. 
  • Por el declive de la popularidad del M-19 tras el desastre derivado de la toma y retoma del Palacio de Justicia (impulsado, en calidad de comandante, por Álvaro Fayad).
  • Por la imposibilidad, para la Coordinadora Guerrillera, de coordinar realmente las acciones de los distintos grupos guerrilleros y sumar así capacidad militar frente al Estado.
  • Por la percepción de los efectos nefastos de la guerra en las propias fuerzas revolucionarias – tal como lo refleja la Masacre de Tacueyó, vivida muy intensa- y dolorosamente por Pizarro, pues uno de sus hermanos, Hernando, era parte, junto al sanguinario Javier Delgado, de los comandantes del Frente Ricardo Franco.

La paz era una forma de reinventar el sentido de la izquierda colombiana y, por tanto, de asumir que no solo había que cambiar el establecimiento sino, también, la forma de enfrentarlo. La modernidad, en el terreno de las ideas, no es un asunto de luchar contra el ‘feudalismo’ y de confrontar la tradición, especialmente la religiosa. Más bien es la actitud crítica generalizada, contraria a todo dogmatismo, de disponerse también a revisar las armas de la crítica y, sobre esa base, como en este caso, convertirla en una crítica de las armas. También los recursos del pensamiento crítico son contingentes. 

La distancia del M-19, Pizarro incluido, contra el ‘catecismo marxista’, es parte de esa sensibilidad. Así le dice Pizarro a Beccassino: “creo que tenemos que ser hombres de indagación permanente. Yo le temo al hombre de verdades terminadas, de conclusiones definitivas”.  Antes de la caída del Muro de Berlín, Pizarro, en esa misma línea, criticaba el carácter gris, aplanador de la creatividad individual y burocratizado del modelo socialista soviético. Ni ese era el modelo a seguir, ni el camino de una guerra popular prolongada era ya revolucionario. La izquierda colombiana debía reinventarse. 

La vida humana, insiste Pizarro, es un asunto de ‘audacia’, de ‘aventura’ y de apertura al ‘azar’ – como lo muestra su interés, y el de otros miembros del M-19, por el I Ching, el libro de las mutaciones. La aventura, en los últimos años de los ochenta, era la paz.

De manera valiente, oponiéndose a la hostilidad de otros grupos guerrilleros contrarios a la negociación, a la de los simpatizantes de esa vieja izquierda que, en la Universidad Nacional, le gritaban ‘cobarde’ al Pizarro reinsertado, al desconcierto o, incluso, a la hostilidad a su decisión por la paz dentro de sectores del mismo M-19 y soportando tanto el peso de una inmensa inseguridad jurídica como la hostilidad de una parte del establecimiento—que incluía miembros de los partidos políticos tradicionales y sectores militares—y sus aliados ilegales en el mundo del paramilitarismo – que terminaron matándolo -, Pizarro se la jugó por la paz.

Un tercio de la biografía de Vera Grabe se dedica a este tema y le hace justicia al evento. Entre otras porque ayuda a desmontar las simplificaciones y juicios ligeros que se han hecho de este evento a partir de la discusión reciente, desencadenada por el presidente Petro, sobre el significado histórico del sombrero de Pizarro.

Mundos alternativos

Pizarro, en suma, con sus aciertos y sus desaciertos, es una figura de nuestra modernidad. Juzgarlo es también juzgar el espíritu de una época o, al menos, una de sus variantes.

La suya es una de las ‘modernidades múltiples’, como diría Eisenstadt, pues, rechazando el eurocentrismo camuflado de universalismo y reivindicando la novedad y singularidad de nuestra propia historia, Pizarro, como el conjunto del M-19, buscó hacer una revolución “a la colombiana” y poner en primer plano la identidad latinoamericana.

Por eso Marx era una influencia intelectual más, frente a Bolívar, Quintín Lame o la historia del movimiento comunero. Parte de esa modernidad de Pizarro pasa, de hecho, por su gusto por la literatura latinoamericana (Aureliano y Mauricio, dos de sus alias, provenían de Cien años de soledad) y por la literatura, en general – la ciencia ficción, por ejemplo, como laboratorio imaginario de mundos posibles.

Prometeo, la figura mítica con la que también se identificó Marx, o Aureliano Buendía, eran, para Pizarro, arquetipos de la rebelión contra un mundo que, gracias a la acción humana y sin tener garantía alguna de la correspondencia entre las intenciones y los resultados, podía ser distinto a como era. El núcleo de la tragedia griega, dice en una de sus cartas personales, refiriéndose a la vez a la lucha armada, es la rebelión contra el destino. En otra de ellas hace una afirmación muy reveladora de su carácter: “lo cierto es que me aburre terriblemente el mundo tal y como es”. La revolución armada y la paz como revolución fueron formas de rebelarse contra él.

Más allá de los resultados, debido a su deseo de transformar la práctica política y de reinventarse continuamente a sí mismo, a lo largo de sus intensos 39 años de vida, Carlos Pizarro es un muy emblemático hombre moderno.

Acerca del autor

Carlos Andrés Ramírez
carlosaramirez@razonpublica.org.co | + posts

Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y Doctor en Filosofía por la Universidad de Heidelberg.

3 comentarios

Carlos Andrés Ramírez

Escrito por:

Carlos Andrés Ramírez

Profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad de los Andes y Doctor en Filosofía por la Universidad de Heidelberg.

3 comentarios de “La modernidad de Carlos Pizarro”

  1. Comparto el análisis que hace de Pizarro como hombre moderno en Colombia. Es decir, como alguien que percibe que el país se debe transformar políticamente en algo nuevo o diferente, en el sentido de mejorarlo para los excluidos, desde una visión romántica y humanista. De héroe épico. De ahí que su rebeldía sea compartida por quienes lo siguieron y de que lograra convencerlos de que ese era el camino. La biografía de Vera Grabe también permite contar la historia del país desde un ángulo distinto del oficial, del estrictamente académico y del mediático. Es una crónica que parte del conocimiento de la vida del personaje, en lo personal y en lo colectivo, como hombre y como guerrillero, y que también asume un lugar desde el lenguaje y lo estético, es decir, desde lo literario. En ese sentido, Vera logra construir una especie de novela de no ficción de un rebelde.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

Arte y Cultura

Representaciones estéticas para pensar políticamente la cultura negra

Arte y Cultura

Cuando la IA reescribe la cultura: guía para navegar la era de la inteligencia artificial

Exfutbolista y activista político brasileño, Pelé.
Arte y Cultura

Deportistas políticos y politizados

Nicolas Pernett
Arte y Cultura

Para que el cuervo vuele

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!