Guerra sucia, violencia simbólica y fractura social
Foto: Unsplash: camilo jimenez

Guerra sucia, violencia simbólica y fractura social

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La campaña presidencial convirtió al adversario en enemigo. La guerra sucia ya no opera solo mediante la violencia física: hoy se alimenta de imágenes, relatos, redes sociales e inteligencia artificial que profundizan la fractura nacional.

Cuando el contradictor se convierte en enemigo 

El tono de la campaña presidencial lo empezó a marcar el ahora favorito para ser elegido presidente cuando en una entrevista radial de hace ya varios meses dijo: «Sepan ustedes, señores de la izquierda, que en mí tendrán siempre un enemigo acérrimo, que hará todo lo que esté a su alcance para destriparlos». 

Esas palabras de Abelardo de la Espriella, por supuesto, indignaron a sectores sociales y de opinión que tienen muy viva la memoria de la guerra sucia que ha sufrido históricamente la izquierda en Colombia. Sin ir muy lejos, el año pasado el Estado hizo un acto público de reconocimiento por su responsabilidad en el exterminio, en las décadas de 1980 y 1990, del partido político Unión Patriótica, que había surgido de las negociaciones de paz entre el gobierno Betancur (1982-1986) y las FARC. 

Abelardo de la Espriella moderó después sus propias palabras e, incluso, en un stream con el influencer Westcol un día antes de la primera vuelta del 31 de mayo, dijo que podría entender las razones de por qué la gente votaba por su contrincante Iván Cepeda, y prometió un gobierno para todos. 

Duró poco su magnanimidad. Al día siguiente, desde un planchón en el Malecón del Río, en Barranquilla, y en una transmisión atronadora y espectacular, volvió el tono incendiario y virulento. Después de que el presidente Petro y el candidato Cepeda sembraron dudas sobre la validez del preconteo de la Registraduría, prometió defender el resultado y la democracia a sangre y fuego, de ser necesario, como un soldado de la patria. 

En este domingo electoral traumático, el candidato ganador, arropado por la fuerza de más de diez millones de votos, no tuvo ningún reparo en calificar al presidente Petro de drogadicto, miserable y delincuente, y a Cepeda, su contrincante, de bandido y heredero de las Farc. 

Cepeda, a su vez, llamó a De la Espriella «estafador de estafadores» en su discurso de esa misma noche. Las dos campañas ganadoras de la primera vuelta, y que se enfrentarán en la segunda, el próximo 21 de junio, se tratan la una a la otra como bandas criminales. 

La pugnacidad no es, por supuesto, algo nuevo en la política colombiana. Tampoco la guerra sucia como camino para atacar o eliminar a contradictores. La pregunta es cuáles son las nuevas formas y el nuevo régimen de visibilidad de esta guerra sucia.

La guerra sucia como violencia simbólica

El martes pasado, dos días después de la primera vuelta de las elecciones, Iván Cepeda publicó en X su reacción a una valla, seguramente creada con IA y que apareció en un lugar cerca a Armenia, en la que se ve tirado en el piso, con Abelardo de la Espriella encima de él. Una de las manos de De la Espriella está sobre el cuello de Cepeda, y su pie derecho aparece listo para aplastarlo. 

El senador, en un post titulado Violencia política, escribió: «En democracia podemos tener diferencias intensas con nuestros contradictores. Podemos debatir con firmeza, confrontar ideas y defender con convicción nuestras posiciones. Pero nunca debemos apelar a la violencia. Ni la violencia simbólica que siembra miedo y resentimiento, ni la violencia física que pretende destruir a otros». 

Sería tentador afirmar que en la democracia colombiana la violencia simbólica ha desplazado a la violencia física, y que en ello hay un avance. Es innegable que no estamos en los tiempos de la violencia bipartidista de las décadas de 1940 y 1950. Pero lo cierto es que en el país se sigue ejerciendo la violencia física por ideas políticas, como es evidente en el asesinato de líderes sociales y de tierras, que el gobierno de Petro no logró parar, y que un precandidato presidencial, Miguel Uribe Turbay, fue asesinado en un acto de campaña en las calles de Bogotá, hace apenas unos meses. 

La violencia simbólica, por su parte, ha sido práctica común de la contienda política, y desde todos los bandos. La valla que provocó la reacción de Iván Cepeda sin duda traspasa un límite ético y tensiona lo que entendemos por libertad de expresión. Pero también exige una interpretación. ¿Cuál es la genealogía cultural y el significado político de esa valla en la que la imagen de un orgulloso candidato de la ultraderecha aparece sobrepuesta a la de un candidato de izquierda humillado y violentado? 

La nueva vieja guerra fría

«Colombia corre el riesgo de terminar la elección presidencial convencida de que el vecino no es un contradictor, sino un enemigo», escribió la periodista Camila Osorio en una nota publicada el miércoles 3 de junio en El País. 

Más que el riesgo de algo por venir, es lo que ya está pasando. En Guerra fría 2.0. Claves para entender la nueva política internacional, Mariano Aguirre repasa las consecuencias profundas que la primera guerra fría tuvo para América Latina. La región, dice Aguirre, quedó atrapada en la pugna entre capitalismo y comunismo, y esto opacó a movimientos políticos de corte más nacionalista, o que en principio no se reconocían totalmente en ninguno de los dos grandes bloques que se repartieron el poder geopolítico tras la Segunda Guerra Mundial.

En entrevista con la BBC, Aguirre lo resume así: «Diversos desarrollos políticos en la región fueron producto de las tensiones: golpes de estado como el de Chile en 1973 o el de Argentina en 1976, también hubo acciones para detener revoluciones y gobiernos de corte más nacionalista que marxista. Todos estos sucesos ocurrieron porque Estados Unidos y las élites locales intuían que cualquier tipo de reivindicación o movimiento social que criticaba el sistema establecido podía ser un movimiento comunista».

Aunque líderes de la derecha colombiana contemporánea como Iván Duque y el propio Abelardo de la Espriella hablan insistentemente de dejar atrás el pasado, y han llegado incluso a considerar vacías de contenido real las etiquetas de derecha e izquierda, lo cierto es que, y tal como lo dijo la periodista mexicana Sasi Alejandre en el podcast Conversaciones pendientes, del exministro y editor Juan David Correa, los nuevos líderes de la ultraderecha latinoamericana apelan permanente y obsesivamente al pasado, ya sea para minimizar o negar historias de represión o de violencia hacia contradictores políticos, o para mantener vivo un fantasma que organizó la imaginación y la acción política en las décadas de la guerra fría en Latinoamérica: el del enemigo interno.

Por su vida y trayectoria política Iván Cepeda es fácil blanco para ser convertido en ese enemigo. «La amenaza es Cepeda» se repitió incesantemente en las campañas de la derecha, que ahora confluyen en una sola fuerza para el balotaje del 21 de junio. Por ser hijo de un padre comunista, por su formación académica en Bulgaria, un país de la ex cortina de hierro, y por su trayectoria como defensor de derechos humanos y negociador de paz, Cepeda ha sido reducido por el relato de la derecha a calificativos como narcoterrorista, estalinista o el ya mencionado mote de «heredero de las FARC».

Poco importan las pruebas en sentido contrario. Poco importa que el candidato afirme una y otra vez que es un demócrata o que le interesa un capitalismo justo y que desarrolle las fuerzas productivas. Importa que un relato se repita el suficiente número de veces y lo crea el suficiente número de personas para que ese relato opere en la realidad y la cambie. El propósito de la campaña de guerra sucia de la ultraderecha consiste en cristalizar al contrincante en una categoría política que convoca miedos irracionales y heredados, es decir atávicos. Volverlo un enemigo. Esa categoría es la del disidente político (guerrillero o comunista). Detrás de esa categoría hay una tradición visual y unos marcos narrativos. Lo uno y lo otro confluye en la imagen de la valla.

¿Qué hay detrás de una valla?

En un artículo reciente que escribí para la revista Gaceta (El agente secreto: de cuerpos yacentes a cuerpos alzados – Gaceta ) reviso brevemente la tradición de imágenes de cuerpos yacentes, especialmente cadáveres, en la plástica y la reportería gráfica colombiana. «Quizá el cadáver más visibilizado en los medios y las artes en Colombia es el del disidente político: el guerrillero, el militante de izquierda, el bandolero. Luego aparece el disidente sexual o de género. En ambos casos, la muerte, o en todo caso alguna forma de violencia, es el precio que hay que pagar por el intento de impugnar o dinamitar un orden. ¿Estamos hablando de un régimen visual-político del pasado? Me temo que no».

Es una tradición visual que una y otra vez retorna y se actualiza. Hay ejemplos recientes como los mal llamados «falsos positivos», muertes de jóvenes acusados de guerrilleros para justificar su eliminación. Con sus cadáveres se construía una falsa escena de combate. El año pasado se volvió viral un video en el que se grabó la agonía de Sara Millerey, una mujer trans asesinada en Bello (Antioquia). El mensaje es claro: si un cuerpo se alza para desafiar un régimen, es imperativo devolver ese cuerpo, a través de la violencia, a su condición de cuerpo humillado.

Foto: Unsplash: Pawel Czerwinski

El enemigo interno y la fabricación del miedo

Hay también unas matrices narrativas que dotan de sentido a la imagen de la valla, y que le dan espesor cultural y simbólico. La derecha, y más aún su actual versión ultra, ha tenido un tremendo éxito en fabricar relatos, o nuevos sentidos comunes. 

Según estos relatos, buscar equidad equivale a expropiar, reclamar justicia es actuar movido por el deseo de venganza, promover programas sociales es asaltar al Estado. De la Espriella repite una y otra vez su animadversión contra quienes han vivido y quieren seguir viviendo de la teta del Estado. En esta actualización de la tradición, el guerrillero o comunista ya no desafía al Estado, sino que se ha apoderado de él, y debe ser desalojado del lugar que ha usurpado. 

¿Quién vota por De la Espriella?

La imagen de la valla es la proyección de un deseo. El triunfo de la fuerza individual, que con su éxito económico y social De la Espriella enarbola, sobre un Cepeda presentado como un comunitarista débil o exangüe. 

En el artículo «Claves de la victoria del candidato de extrema derecha en Colombia y qué puede pasar en la segunda vuelta», publicado en elDiario.es, Camilo Sánchez busca ponerle rostro al difuso votante abelardista, y cita al politólogo Camilo Cruz para señalar la fractura que se vive en el país entre quienes dependen del Estado y quienes aprendieron a prescindir de él. «En Colombia, esa brecha tiene un rostro concreto: la mitad de la fuerza laboral trabaja en la economía informal, entre ellos miles de abogados, médicos o ingenieros (…) Es decir, un segmento de profesionales independientes, ajeno a las estructuras estatales y desconfiado de su burocracia. Y, sobre todo, de sus promesas. El cuatrienio del gobierno de Petro los alejó aún más y De la Espriella supo leerlos cuando nadie más lo hacía». 

«Abelardo se ganó la clase media: datos de la votación puesto a puesto», un análisis de La Silla Vacía, lo confirma: «Ese es el cambio más importante que deja la primera vuelta: Abelardo no solo ganó por crecer en los bastiones tradicionales de la derecha. También ganó porque empezó a meterse en zonas de clase media y media baja que en 2022 habían sido claves para la izquierda». En esos sectores medios, un sentimiento contra un Estado que los ignora o que solo aparece para cobrar —un Estado tomado por guerrilleros y comunistas— podría explicar el triunfo de De la Espriella.

El candidato de la ultraderecha también ganó en departamentos con presencia del ELN, el Clan del Golfo o las disidencias de las Farc. Allí podría haber ocurrido el fenómeno contrario: el deseo de una mayor presencia estatal que garantice un orden cotidiano y el cumplimiento de un anhelo de protección y seguridad. A esos votantes, los capturó el performance militarista y autoritario de De la Espriella. 

Estos dos deseos —más Estado o menos Estado— pueden no ser excluyentes entre sí, sino complementarios. Se invoca un Estado que deje hacer, pero que, al mismo tiempo, disponga de una oferta securitaria. La reducción del Estado a una versión punitiva y militarista. 

La emoción detrás de la imagen

Volvamos a la foto de la valla. Es muy claro quién representa allí la fuerza o la voluntad de dominio. La campaña de De la Espriella ha buscado ser una proyección del colombiano exitoso y de masculinidad vigorosa, que aplaste o destripe al contradictor. Ese contradictor, convertido en enemigo, puede ser un individuo concreto llamado Iván Cepeda. Puede ser también algo más abstracto llamado Estado. 

Un Estado que, según la línea argumental del relato que se quiere imponer, ha sido capturado por guerrilleros y comunistas como Cepeda. Es la guerra religiosa que la campaña de De la Espriella invita a afrontar. El brío autoritario del Estado debe recuperarse. Pero ese mismo Estado debe achicarse. No importa la cantidad de contradicciones o paradojas detrás de los discursos o las performances. Tampoco importa quién tenga la razón. Hay que transmitir una emoción. Aunque mucho de lo que hay detrás de esa emoción sea mentira o verdad a medias, los efectos serán reales. 

Según la JEP, un organismo que De la Espriella quiere desmontar y que fue creado por la justicia transicional posterior a los acuerdos de paz con las FARC, 7.837 jóvenes fueron víctimas de homicidios presentados ilegítimamente como bajas en combate. Se fabricaron escenas e identidades falsas, pero la muerte de esos jóvenes fue verdadera. La valla cerca a Armenia fue emplazada a partir de una imagen creada con IA. Podríamos llamarla falsa, pero el sentimiento que la inspira existe. No podemos hacer nada distinto de reconocer esa fractura, y tratar de superarla.

Le recomendamos: Primera vuelta: las ocho cosas que no se dijeron

Acerca del autor

Pedro Adrián Zuluaga
pedroazuluaga@razonpublica.org.co | + posts

*Periodista y escritor

2 comentarios

Pedro Adrián Zuluaga

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Pedro Adrián Zuluaga

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2 comentarios de “Guerra sucia, violencia simbólica y fractura social”

  1. La consideración de «…que agrupaciones políticas de izquierda podrían ser, o derivar, en guerrillas…» no era una «intuición». Era para ellos una certeza artificial y estratégicamente construída para acusar divergencias políticas y culturales, asignándoles posición como enemigo peligroso. Las palabras tienen ciertos significados precisos.

  2. Adrián su escrito me dió la clave para responderme la pregunta de por qué el triunfo de la ultra derecha el 31 de may0..claro y preciso su artículo..

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