
Viejos racionamientos y un mismo problema
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Aunque la historia de los racionamientos de agua es tan vieja como el pasado mismo de Bogotá, hablaremos de las contingencias vividas hasta los años 90’s relacionadas con racionamientos, veranos y crecimiento demográfico. Y es que, aunque el problema actual de agua en la ciudad tiene que ver con la gran sequía resultado del cambio climático, mostraremos que también se relaciona con cuatro factores históricos que parecen incontrolables: 1) el crecimiento desordenado de la ciudad, 2) el aumento demográfico; 3) el crecimiento de municipios cercanos que comparten algunos ramales del acueducto; 4) el olvido del río Bogotá como fuente histórica de suministro.
Desde que se inauguró la primera planta moderna de tratamiento en el barrio Vitelma (localidad de San Cristóbal) cada período de escasez fue solucionado con una nueva planta de tratamiento y un nuevo embalse. En medio del impactante crecimiento demográfico derivado del desplazamiento de La Violencia, se generó una primera crisis en los reservorios de los viejos embalses de Chisacá y La Regadera (subsidiarios de Vitelma), ubicados al sur de Bogotá, en Sumapaz. Hablamos de una época en la que el crecimiento de los llamados barrios obreros generaba una necesidad ampliada que incluso se solucionó con la construcción de pozos de aguas subterráneas. Esta crisis fue solucionada parcialmente con la entrada en funcionamiento del embalse del Neusa, la construcción de un nuevo Chisacá (al sur) y la activación de la planta de Tibitoc, al norte de la ciudad.
Bogotá entró de nuevo en racionamiento en 1962, cuando el recientemente construido embalse del Sisga se vio prácticamente seco, quedando la ciudad a merced del agua recibida en el embalse del Neusa. En aquel año el abastecimiento de energía tuvo picos dramáticos en razón del bajo caudal del río Bogotá e incluso se habló del riesgo de una parálisis de la ciudad y de sus fábricas. En medio de esa crisis, las esperanzas terminaron puestas en el embalse del río Tominé, situado en el valle del río Guatavita y que se esperaba entraría en funcionamiento hacia 1965. Al año siguiente el fantasma del racionamiento continuaba, y si bien había llovido torrencialmente, los expertos de la época asumían que el asunto tenía que ver con la insuficiencia de una planta de rebombeo en Usaquén. Se decía, en esa época, que la ciudad no carecía de fuentes de agua sino de sistemas modernos de rebombeo.
El verano de 1977 se tuvo como uno de los más fuertes en los últimos 30 años, y si bien hubo un racionamiento de energía eléctrica mientras entraba el funcionamiento la central Chivor, el agua potable logró mantener el abastecimiento.
Podía decirse que en los años 80’s entramos en una nueva etapa de las crisis de agua. Específicamente, en el verano de 1979 comenzó un nuevo período que castigó fundamentalmente a los sectores más pobres de los cerros orientales (hacia el sur), que dependían estructuralmente de los embalses más viejos de la ciudad (Chisacá y la Regadera). Ese año, los barrios entre la carrera primera y séptima, y desde la Hortua hasta Usme tuvieron que vivir mes y medio sin agua o, en el mejor de los casos, con un abastecimiento del 50%. Las mujeres de barrios como Egipto o San Cristóbal, sobre todo, fueron las más afectadas, teniendo que madrugar desde las 4 de la mañana a lavar la ropa y recoger el agua para su familia.
Las nuevas esperanzas entonces fueron puestas en el sistema Chingaza (embalse de Chuza y planta Weisner) buscando superar un problema de abastecimiento del suroriente que, por estar en la parte alta, lograba obtener más bien poco de aquellos ramales ubicados más debajo de la montaña. Con la puesta en marcha del sistema Chingaza, se esperaba adicionalmente cubrir la demanda de creciente sur bogotano y redirigir el agua de Tibitoc hacia los barrios de Kennedy y Bosa. Pero, no había entrado en el nuevo sistema cuando, en 1982, tuvimos un nuevo verano y con ello una nueva crisis.
Al año siguiente, otra vez, el fantasma del racionamiento se hizo presente. Ya en 1983, cuando Chingaza estaba funcionando, de manera extraña, el acueducto de Tibitoc terminó marginado. Hasta entonces la escasez se daba particularmente en verano, y si bien Chingaza se planeó como una alternativa a la expansión de la ciudad, los problemas estructurales de esa gigantesca obra comenzaron rápidamente a aflorar. En efecto, desde ese mismo año de 1983, comenzaron a detectarse fallas profundas en la conducción del agua que llegaba a la Planta el Sapo (hoy Wiesner). Fue un problema protuberante, como señaló el alcalde Durán Dussán (próximo candidato presidencial), y la ciudad se vio en adelante afectada por racionamientos pequeños para solucionar problemas técnicos y de conducción.
A partir del año 85, vivir en las localidades del sur oriente (Usme y San Cristóbal) significaba aguantar constantes rupturas o reparaciones de tubos; como ya dijimos. La gente allí se bañaba constantemente con “chorritos” y, tratándose de barrios populares, las autoridades no eran capaces de determinar fechas de restablecimiento. La planta de Vitelma, destinada a ese sector, se tornó la nueva pesadilla de los bogotanos. Era una tragedia de no acabar, y en 1985, desde marzo hasta junio, la localidad de Usme estuvo sin agua a pesar de estar ubicada abajo de Sumapaz. Las dificultades, argüía el periódico El Tiempo, se debían al crecimiento de la ciudad en estas zonas, y no a un direccionamiento desigual del sistema.
Desde esa época era claro que el problema sería insostenible para un -entonces- lejano 2010, evidenciándose fallas muy complejas en una infraestructura que desde esa época -se avizoraba- insostenible para el futuro. Estas eran las palabras de Jaime Arias Restrepo, conocedor del tema en 1985:
“Qué le espera a Bogotá en su abastecimiento de agua si se presentan secuencias de tres años secos, como ha ocurrido en el pasado? ¿Creen todavía que en la EAAAB que el sistema Tunjuelo-Tibitó-Chingaza puede abastecer agua hasta 2010? ¿De donde va a salir el caudal adicional requerido por la ampliación del Distrito de Riego La Ramada?”.
Como puede verse, no solamente tenemos la falta de datos confiables, sino la una ausencia total de planeamiento urbano principalmente hacia el sur. Un reportero de El Tiempo deja constancia en una breve nota publicada el 25 de abril del 88.
“A las 7:00 h de la mañana el tiempo comenzó un recorrido por la ciudad y pudo captar con el reportero gráfico Enrique Benavides las dos caras del agua de la gente que no tiene una sola gota y de quienes la desperdician en el norte una señora alegremente riega durante una hora su jardín Mientras tanto a esa misma hora más de 200 personas esperan un carro tanque en el barrio villa de los Alpes al sudoriente de la ciudad desde las 6:00 h de la mañana hacen fila con la esperanza que aparezca para poder preparar el desayuno”.
Solo hasta 1989 el problema del sur oriente pareció comenzar a solucionarse, en parte porque las urbanizaciones piratas y los ductos ilegales se habrían trasladado hacia Ciudad Bolívar, pero también por la construcción de un ramal que desde Rosales conducía a Vitelma. Por fin Chingaza llegaba al suroriente y, al mismo tiempo, a Suba, a través de la línea Wiesner-Suba-Rincón. Aún con ello, en 1990, la ciudad nuevamente se encontraba a la deriva por derrumbes en la línea proveniente desde el embalse de Chuza. Se hizo entonces perentoria la construcción del Embalse de San Rafael, en La Calera, para integrarlo a la red Chingaza.
Como podemos ver la solución habitual al crecimiento de la demanda de agua ha sido la construcción de embalses que generan, en silencio, fuertes problemas ambientales de los cuales no hemos hablado. Todos sabemos que esto es insostenible y que la ciudad no puede seguir viviendo gracias a obras faraónicas que son tragadas en un santiamén por una ciudad en crecimiento desmedido.
Bogotá debe frenar su crecimiento, lo que no se logra ampliando el tamaño de los municipios dormitorios (Chía, Mosquera, Cajicá, Funza, Madrid, Cota), y que finalmente consumen en buena medida el agua de los acueductos bogotanos. Otros municipios cercanos como Guatavita, Sesquilé, Tocancipá, Suesca, cada vez sufren más el colapso de sus viejos acueductos municipales y veredales en medio de gentrificantes urbanizaciones campestres que chupan el agua como esponjas, afectando el nivel de vida de las comunidades originalmente asentadas.
Mientras vemos los necesarios efectos de una reducción demográfica que -al parecer- ya está en marcha, se requiere fomentar acueductos comunitarios en los municipios próximos, una mayor descentralización y con ello un incentivo a la emigración hacia ciudades intermedias.
Adenda. La desviación del río Guatiquía (que surte a Chingaza), y que se evidencia en Villavicencio en esas piedras peladas a lo largo de su antiguo cauce, quizás deba ser corregida reestableciendo el flujo de agua a su vieja cuenca.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
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Hablando de nuevas obras faraónicas y con sobrecostos, en que van Sumapaz I y Chingaza II ? Bogotá seguirá gentrificándose y atrayendo migrantes sin cesar.