La controversia entre historiadores vs divulgadores - Razón Pública

La controversia entre historiadores vs divulgadores

Compartir:

Las recientes discusiones que han tenido lugar en redes sociales y algunos círculos académicos a propósito del vínculo y las distancias entre la investigación y la divulgación, han transitado los habituales corredores disciplinares, tocado algunas puertas falsas y abierto nuevos cerrojos. El conejillo de indias de este importante ejercicio ha sido sin embargo Diana Uribe, cuya obra es a tal punto representativa, que terminó convirtiéndose en objeto tanto de interesantes interpelaciones como de los más arteros ataques. El debate y el interés que ha suscitado, más allá de un nombre y apellido, demuestra la trascendencia pública que genera una discusión ineludible en el campo de la historia y de la memoria en Colombia.

Frente a la obra de Diana Uribe, resaltan tres tipos de críticas que sugiero expandir a todos los que hacen una divulgación científica dirigida a públicos amplios, de diferente formación académica y rangos etarios y sociales diversos. Algunos exigen un reconocimiento al trabajo investigativo previo, señalando fallas éticas y sugiriendo (aunque de manera vergonzante) la necesidad de citar la información y las investigaciones de donde provienen los datos. Otros piden mayor rigurosidad, encuentran gruesas o delgadas falencias, y en general demandan al divulgador una argumentación semejante a la que se impone en las instancias de valoración académica (debates, sustentaciones, revistas indizadas). Hay incluso quienes, y este es el sector más problemático, sugieren que los divulgadores invaden el terreno de los historiadores formados como tal -desde chiquitos-, tal y como si el estudio del pasado fuera monopolio de los que mencionan a Braudel.

Los divulgadores, los hay de todos los pelambres, y por supuesto, hay a quienes el asunto les resbala. Como primera medida están los divulgadores/fuentes, que corresponden a actores que vivieron los hechos históricos mismos: aquí se incluye material biográfico u autobiográfico de políticos, militares, guerrilleros, mafiosos retirados, esposas de los mafiosos retirados, sicarios aparentemente retirados y, en general, diferentes personas que conocen de primera mano los acontecimientos relatados. Este género de divulgación que circula en canales y redes sociales, libros de amplio tiraje y series de televisión, se concentra en una “historia inmediata” que generalmente es cuestionada por su incapacidad de contrastación documental, nula contrargumentación y escasa posibilidad de establecer comparaciones fundadas. Las historias personales de estos divulgadores, en muchos casos son tan sombrías, que algunos dudarían en considerarles divulgadores históricos. Sus audiencias son sin embargo multitudinarias, y tienen un impacto social y económico innegable que no puede pasar desapercibido.

También tenemos los divulgadores que, como Diana Uribe, retoman y presentan la historia oficial, incluso en sus versiones más críticas y actualizadas. A estos divulgadores es a quienes les caen las principales piedras del sector académico, lo cual es comprensible en el sentido que presentan al público historias generales y unilineales, donde es muy fácil caer en errores o imprecisiones. Son divulgadores históricos de escalas amplias y temporalidades largas, que transitan por temáticas diversas y logran ser prolíficos en ciertos campos. La amplitud de sus escalas y la incursión en temas inusitados (que por cierto no son feudo de nadie) causa grima entre aquellos especialistas que han gastado años escribiendo, publicando en medio de sufrimiento y siendo leídos por unos pocos.

Como tercera medida tenemos a quienes abordan asuntos más especializados (historia regional o local, gastronomía, arquitectura, urbanismo, etc.) que terminan dirigiéndose a nichos más específicos. Estos divulgadores que tratan microhistorias o elementos particulares de historia cultural, por la especificidad de sus temas tienen menos posibilidades de enganchar las mismas audiencias que logran los dos anteriores tipos , y es por ello que, en general, deben valerse de estrategias más creativas e innovadoras para capturar públicos.

Analizando este ramillete resulta curioso que todo concuerdan con los debates más agudos e interesantes de la epistemología histórica en el siglo XX. La generalización y simplificación presente tanto en los estudios que abordan escalas amplias o largas, las barreras temáticas o disciplinares, o la dificultad para construir conocimientos relacionales en medio de una especificidad saturada, son problemas que aún tienen gran vigencia teórica en la disciplina histórica y también -vemos ahora- en el campo de la divulgación. Las ronchas son las mismas, o al menos muy semejantes.

Y es que la separación de la historia y su divulgación tiene su historia propia. Aunque tradicionalmente era por medio de la tradición oral que se transmitía el conocimiento y las experiencias del pasado, fue con la construcción del mito nacional, el desarrollo de la escuela y la necesidad de materiales pedagógicos, que se comenzó a construir un campo específico de la divulgación. Hoy en día se hace perentorio el reagrupamiento de estas dos dimensiones de la memoria, no dejarlas al garete, sobre todo en tiempos de tanta desinformación y cuando el saber ha dejado de ser monopolio exclusivo de la academia.

 

La clave de la crisis y de la solución está en las universidades, y en su capacidad de virar hacia nuevas narrativas. En las facultades son cada vez más abundantes los trabajos en formatos alternativos (lo que a la postre podría ser antídoto a la Inteligencia Artificial), pero el sectarismo de profesores y la ritualidad del mundo académico, lleva a que simplemente no se construyan categorías de calidad y rigor más allá del texto escrito. Los docentes más complacientes y abiertos, en el mejor de los casos, aquellos que proponen por ejemplo la elaboración de memes como evaluación, en general carecen de criterio para calificar el meme bueno y el meme malo y en tal sentido, ante su incapacidad y el temor al estudiante (que entiende esta debilidad), termina confundiendo innovación pedagógica con mediocridad innovadora.

Como podemos ver, la divulgación y la investigación histórica tienen por delante unos problemas epistemológicos semejantes que han sido parte de grandes discusiones a lo largo de dos siglos. En tanto su separación es contingente a la revolución pedagógica del siglo XIX, y en nuestro caso colombiano del siglo XX, hoy  más que nunca es necesario hacerles confluir.  La divulgación debe formar parte de la formación de los historiadores y la academia debe construir nuevas formas de medir el rigor académico en otros formatos. La historia es para contarla, o si no pa’ qué.

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

0 comentarios

Vladimir Montana

Escrito por:

Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

COLUMNA DE OPINIÓN

El extremo centro – Segunda parte

COLUMNA DE OPINIÓN

Construir resiliencia social empieza por desescalar el lenguaje

COLUMNA DE OPINIÓN

Paros armados y guerra interna en Colombia

COLUMNA DE OPINIÓN

La insoportable dificultad de aceptar los hechos

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.

Click to listen highlighted text!