
Un coctel simbólico en la Copa América con algo de Virgen del Carmen, fiestas nacionales y Juegos Olímpicos
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Este mes de julio nos regaló un jugoso repertorio de rituales que muestran cómo, en los tiempos actuales, ha cambiado la idea de lo nacional y de las celebraciones y símbolos patrios. Hablaré pues, de nacionalismos, de la decadencia de la idea convencional de lo nacional y de la emergencia de nuevos fundamentalismos y dogmas ligados a la idea de patria.
Quisiera comenzar la discusión trayendo a colación la celebración de una fiesta religiosa que se tuvo lugar –también- este mismo mes de julio, más precisamente: el día 16. Me refiero al culto a la Virgen del Carmen, cuya importancia se vive con una fuerza impresionante en varias regiones del país, tanto así que los no devotos la padecemos por sus estridentes cornetas, la pólvora y la relentización vehicular. Y traemos a colación esta fiesta porque permite –de entrada- ponderar los argumentos de quienes explican llanamente el fin de los rituales tradicionales por cuenta de la multivalente idea de una globalización construida a través de diversos dispositivos y el incuestionable poder de las redes sociales.
En Colombia, de manera particular, la Virgen del Carmen se convirtió en patrona de conductores, bomberos y policías, y se dice que es su protectora. Esto parece convincente en un país que solo ofrece riesgos a quién se mueve a través de carreteras intransitables, y a quienes ponen en riesgo sus vidas en una cotidianidad insegura y cruel. La Fiesta de la Virgen del Carmen, aunque se trata de una práctica de origen medieval, hoy en día no para de crecer y de verse manifiesta en el espacio público. Impresiona por sus largas caravanas de carros, camiones y buses adornados con bombas celeste y blanco. Como antaño, hay misas en todos los pueblos, y en muchas comunidades veredales se organizan eventos de culto siendo notables las celebraciones en la región Caribe. Muchas canciones de Diomedes la mencionan.
Incluso para los ateos, evangélicos y no cristianos, esta fiesta es una cita ineludible, toda vez que se nos presenta cada año en medio de una algarabía que saca a la calle esa nación católica decimonónica que se niega a desaparecer.
Puesta de presente la pervivencia y vigor de la fiesta de la virgen del Carmen pasamos a otros rituales del pasado mes de julio que, contrariamente, nos mostraron un decaimiento o una completa refuncionalización.
La Patria, ese conjunto de emblemas y representaciones que nos hacen pensar en una comunidad imaginada a partir de hechos históricos comunes, a decir verdad resulta muy poco atractiva para el colombiano de hoy. De los símbolos patrios sólo tenemos quizás funcionando un himno y una bandera que emergen en el farragoso nacionalismo de los eventos deportivos. En los estadios, multitudes contagiadas de amarillo cantan de manera fogosa un texto ininteligible, anacrónico y estrafalario. Se trata de un canto gritón y que, de la misma manera que ocurre con los “mensajes virales” de las redes sociales, se posiciona gracias a un contenido episódico, fragmentario y anestesiante. Este himno, lo mismo que las banderas y camisas que invaden las calles en medio de la hinchada futbolera, no hablan sin embargo de una identidad dotada de significado y función sino de una verdadera acción colectiva que puede adquirir la forma de broncas en la tribuna o de ingresos inauditos al estadio a través de los ductos de ventilación. Este nacionalismo no parte de la comunidad imaginaria, en efecto, sino de una industria hábilmente construida por la FIFA haciendo caer a todo tipo de incautos; el mismo Presidente de la República se sumó a la chichonera llamando a celebrar un día cívico antes de la predecible derrota. En este mismo mes de julio, pues, vimos con no poca sorpresa a una Selección Colombia que jugaba como local en Estados Unidos con unos estadios abarrotados de inmigrantes que mostraron esa colombianidad que se lleva sin orgullo a flor de piel.
Julio (y no me refiero a los asfixiantes memes del cantante) nos mostró la crisis de los símbolos nacionales –también- en la celebración de los Juegos Olímpicos. Todos vimos por televisión una ceremonia que fungía como paquete turístico exponiendo los máximos chichés y fetiches del nacionalismo francés; sólo les faltó poner a bailar a una baguette en medio de un intento vanguardista por traer a la memoria los viejos símbolos de esa patria. Se trató de un bello evento, sin duda, pero desató una ola de críticas venidas desde los sectores más conservadores, quienes esta vez se vieron menos interesados en los símbolos nacionales al anteponer sus propios sesgos fundamentalistas. Los símbolos en este caso cambiaron de rutina y de proponentes; no olvidemos que, justamente, la derecha de otrora fue quien tuvo el papel garante en la construcción del mito nacional y de los nacionalismos.
Ahora sí, cómo no hablar de nuestras fiestas patrias; unas rancias y aburridas “celebraciones” que se limitan a la piedad de algún patriota y su precaución de colgar una polvorienta bandera en la ventana. Normalmente estas “fiestas” pasan desapercibidas a no ser por el puente festivo, la elección de las directivas del congreso o la bisiesta posesión presidencial. Aquí ni siquiera se presenta una programación de Tv que aluda al hecho festivo, tal como ocurre con aquella parrilla de enlatados religiosos que se reencauchan en cada Semana Santa. Este año fue tan intrascendente la fiesta del 20 de julio que (y no se le puede juzgar) hasta mereció el retardo del Presidente; cómo no entenderlo, cuando es un desfile de clarines destemplados que sólo miran a un palco de dignatarios tan aburridos como abochornados. Por supuesto, no hay buenos augurios para la celebración del próximo 7 de agosto.
Cómo podemos ver, este julio nos entregó un suculento coctel de símbolos patrios en constante movimiento. La fiesta patria tradicional pareciera muerta (o al menos lisiada) y no da prueba de aquella inusitada resignificación y refuncionalización que han logrado tener tanto el himno nacional en contexto futbolero como la Virgen del Carmen.
Frente a lo de París, bien vale un apuntalamiento extra. La inauguración de los juegos Olímpicos fue una puesta en escena, entre irreverente y clichesuda, ideada por una vanguardia que retomó de facto aquellas representaciones que en otros tiempos parecían cursis y antiestéticas a los artistas. Fue un cúmulo de performances que confrontaron a esa nueva derecha europea. La inauguración de los juegos resultó ser un lugar interesantísimo para observar las contradicciones, temores y efectos de gran calado político que tienen los símbolos en un continente que se devanea hacia el fascismo. El evento mostró, sin embargo, el papel de una vanguardia artística que se pintó como una subversión estética y luego se amilanó claudicando ante su propio moralismo. En el foyer, terminó claudicando y arrepintiéndose de la subversión ética y estética, sucumbiendo al neomoralismo de la izquierda contemporánea. Patética resultó la solicitud de disculpas del artista en jefe de la propuesta de Paris “a quienes se hubiesen podido sentir ofendidos” por algunas escenas de la obra. Ello resulta incomprensible y timorato y muestra el riesgo que implica tanto moralismo en el arte. Ya hubiera querido ver a Boudelaire, o cualquiera de los “poetas malditos” pidiendo disculpas a los detractores de sus obras.
Con todo y sus enormes problemas, el nacionalismo del siglo pasado era una propuesta política y estética que implicaba representaciones que podrían incluso recibir resignificaciones éticas u ontológicas diferentes al mito nacional. Por supuesto, esto no es un llamado a la recuperación de los héroes de la patria ni a la construcción de nuevos monumentos que, en el mejor de los casos, tendrán necesariamente que ser derribados por nuevas multitudes enardecidas; tampoco es una invitación a cambiar el himno nacional, quizás por algún porro (en dado caso musical). Del nacionalismo ramplón y bolivariano, ya vimos en qué terminó Venezuela y hasta la misma guerrilla colombiano.
Pero este el miedo de las vanguardias a la corrección no queda más remedio que prepararnos al advenimiento de más y más caravanas de fundamentalismos y marchas moralistas entonando himnos gloriosos donde prevalece el miedo, el ruido altisonante y el silenciamiento del otro por encima de la razón, la escucha y el dejar vivir el otro en su inmensa ignorancia.
Tres cosas comparten las timoratas vanguardias, los frenéticos cantos del himno nacional en los estadios, las caravanas en celebración del día de la Virgen del Carmen y los maldicientes de la inauguración de los Juegos olímpicos: el bochinche, el zafarrancho y la chichonera.
Acerca del autor

Vladimir Montana
Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.
Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana
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