Arqueología subacuática de lagos y lagunas | Vladimir Montaña

Arqueología subacuática de lagos y lagunas.

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Recientemente hemos comenzado a hablar de la posibilidad de una arqueología subacuática en contextos no marinos; es decir, en lagos, lagunas, ríos y ciénagas. Esta iniciativa, que en todo caso hasta ahora es germinal, buscaría abordar la investigación en los contextos más obvios de la ocupación humana. No sobra aclarar que la sociedades humanas, nómadas y sedentarias, han estado vinculadas de manera cíclica y/o permanente a cuerpos y corrientes de agua. Experiencias como la cultura Malagana, la cultura Zenú, la cultura Muisca, la cultura Tumaco, y muchas otras, desarrollaron importantes construcciones que les permitieron domesticar espacios inundables y producir excedentes de alimentos que, a su vez, llevaron a una mayor especialización del trabajo y obras materiales que hoy nos gritan desde el pasado. Soslayar, entonces, la importancia de abordar investigaciones sistemáticas, interdisciplinarias y participativas frente a este tema, sería negar de plano la urgencia de dar respuesta a ciertas comunidades indígenas y campesinas que, interesadas en su pasado, buscan recordar lo que la situación colonial arrebatara a sus antecesores. Mencionaba justamente hace días un gobernador indígena, que la investigación -bajo controles intersocietales- es un ejercicio que ayudará sin duda a recordar y a fortalecer los procesos culturales en medio de un colonialismo aún vigente.

En contradicción, hay argumentos tanto “pandos” como “profundos”. ¡Estos cuerpos son sagrados! -advierten- algunos con razón ponderable. A ellos, específicamente, valdría recordarles que tanto la cultura, como la lengua o los lugares de ocupación se transforman, aparecen y desaparecen; y también ocurre lo mismo con los cuerpos y cursos del agua. Muchos de los hallazgos en contextos acuáticos se deben a la transformación del paisaje lacustre, al cambio del curso de los ríos, a la emergencia de nuevos meandros, al desecamiento o aparición de nuevos pantanos o a la desaparición de lagos y lagunas. Esto ocurre debido a contingencias y periodicidades de la naturaleza de un lado, o del otro, a la acción humana en su intento muchas veces ingenuo de dominarlas antes que comprenderla. El agua y la cultura -afortunadamente -siempre mueven su curso. Y así, gracias al ir y venir de las mareas, a la acción de los huracanes, a la periódica o inusitada presencia de las inundaciones, han sabido emerger “yacimientos” arqueológicos que otrora permanecían enterrados y luego sumergidos (o quizás sumergidos y luego enterrados). Posiblemente, muchos de hallazgos terrestres de hoy fueron originados en rituales o prácticas relacionadas con el agua o se desarrollaron en sitios sagrados hoy desecados y hasta urbanizados… ¡vaya uno a saber!

La investigación, en sus tendencias vanguardistas, entiende el papel de la consulta, la investigación y la colaboración como piedras angulares de su desarrollo. Es por ello que los nuevos referentes de la arqueología decolonial, de la arqueología pública o de las nuevas corrientes museológicas han dejado de ser meros discursos académicos para influir en las políticas públicas culturales. La necesidad de descolonizar los museos, pero así mismo la implicación de las comunidades en la defensa y reivindicación de su patrimonio in situ, hacen cada vez más impresentable a la sociedad dinámicas simples de exacción colonial y puesta en escena museológica centralista. Y así, ya se comienzan a generar estudios arqueológicos no extractivos que están fundados en la documentación y estudio sin necesidad de alterar los lugares de interés. Las dificultades inherentes que enfrenta día a día la arqueología subacuática, y los avances y encrucijadas que ella misma ha enfrentado han permitido justamente comenzar a vislumbrar de manera creíble esta posibilidad.

Las comunidades, por demás, han dejado de ser la mano de obra de la exploración y explotación arqueológica de antaño. Después de años de “talleres de socialización”, ellas se han dado cuenta de la importancia de obtener procesos más sólidos formulando cuestionamientos muy profundos frente a la apropiación. ¿Cómo olvidar la defensa que hiciera la comunidad de campesinos de la vereda La Cristalina en Corinto (Cauca) frente al allanamiento que hiciera la Fiscalía de su museo arqueológico por tratarse -supuestamente- de un museo guerrillero? La recuperación de artefactos Malagana llevada a cabo por viejos guaqueros de la vereda el Bolo (en Palmira), y que hoy en día ponen a disposición de hijos y nietos algo de aquel tesoro otrora sacado en camiones mientras el país veía a la selección Colombia, muestra que las comunidades tienen un poder de guarda patrimonial incluso en medio de las mayores adversidades políticas, simbólicas o económicas. La dinámica del parque arqueológico Hacienda El Carmen, en Usme, donde se ha generado un muy interesante proceso de apropiación sobre una gigantesca necrópolis que no ha sido intervenida, evidencia de otro lado cómo las políticas públicas y la acción comunitaria han rendido sus frutos y permiten pensar una arqueología menos acomplejada por el síndrome de Indiana Jones. La acción concertada entre comunidades y académicos no es, pues, una opción sino un imperativo.

El problema que tenemos en medio de estas convergencias y divergencias no es pues la imposible idea de un “bulldozer” entrando en las lagunas, o de un helicóptero sacando las riquezas por los aires, sino la necesidad de entender y construir (con las comunidades) procesos que puedan dar función a la información obtenida a través de una investigación fuertemente comprometida con los contextos locales; la apropiación y circulación de saberes, entienden los actores comunitarios, no es un asunto de mera divulgación. Es urgente entonces dar significado y función simbólica de manera colaborativa a esos “hallazgos” a la luz de las necesidades locales de hoy, y hacer que este conocimiento pueda concatenarse con los desafíos políticos, simbólico y ambientales que las identidades comunitarias enfrentan su territorio. Dar prioridad a las cosmovisiones del presente. En este sentido es común ver a los liderazgos sociales poner sobre la mesa la necesidad de establecer relaciones entre el medio ambiente, la investigación arqueológica y el cambio climático. Este parece ser, pues: el nuevo desafío.

Bajo estas circunstancias, y más allá de lo subacuático, no se trataría solamente de una simple construcción “participativa” de relatos concertados gracias a los datos generados por tecnologías y nuevas técnicas de registro y documentación, sino de encausar los resultados de investigación hacia políticas públicas de alcance interseccional con enfoque ambiental.

Como puede verse, hablamos de oportunidades para hacer del país un epicentro que, desde diferentes apuestas, entienda la importancia del agua. Para algunos quizás sea un trampolín, para otros tal vez un tobogán; lo cierto es que la construcción de una sociedad que atienda la urgencia del cambio climático implica conocer el agua en toda su profundidad.

Acerca del autor

Vladimir Montana
vladimirm@razonpublica.org | + posts

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia.

Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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Vladimir Montana

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Vladimir Montana

Antropólogo de la Universidad Nacional de Colombia, máster en Historia en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París y candidato a PhD en Historia en la Universidad Nacional de La Plata. Creador de contenidos académicos en radio, prensa, televisión y plataformas multimedia. Twitter: @pathegallina Instagram: @vlamontana

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