
De elecciones, reelecciones y posesiones en América Latina
Compartir:
Hace algunas semanas tuvimos la cuestionada posesión presidencial de Nayid Bukele para un segundo mandato en El Salvador. Así mismo hubo elecciones presidenciales en México las cuales dieron como ganadora a Claudia Sheinbaum heredera del proyecto político de Andrés Manuel Lopez Obrador (AMLO). Pero qué nos dicen estos dos hechos de la democracia en la región.
Lo primero que hay que hacer es definir que entendemos por democracia. Pese a todos los amplios y ricos debates que hay en torno al concepto, optaremos por lo que autores como Sartori, Bobbio, Levitsky y Przeworsky denominan una definición mínima procedimental. Las definiciones mínimas procedimentales no son necesariamente perfectas, ni existe un conceso universal sobre ellas, pero son definiciones construidas a partir de los atributos mínimos o básicos que debe tener un fenómeno para llamarse así. Son el tipo de definiciones recomendadas metodológicamente para hacer comparaciones a gran escala.
Una definición mínima procedimental de democracia la describiría como un sistema político con cuatro atributos básicos: (1) competencia multipartidista, (2) un paquete básico de derechos políticos y libertades civiles, (3) la posibilidad de alternancia en el poder y (4) que los gobernantes electos puedan ejercer sus facultades, sin interferencia de poderes facticos que se los impidan por la fuerza o ilegalmente.
La democracia es mucho más que esto, obviamente sí. La democracia no son solo elecciones, obviamente sí. Pero también es cierto que la identificación de estos atributos básicos se ha construido a través de un amplio consenso intersubjetivo de una parte considerable de politólogos, internacionalistas, analistas y demás. Un consenso amplio no quiere decir un consenso universal, ni tampoco quiere decir que esté exento de debates, además, claramente la definición está influenciada por un enfoque ideológico liberal. Pese a esto, estamos de acuerdo con dicha definición mínima de la democracia moderna.
Siendo así, en América Latina en la actualidad Cuba, Venezuela y Nicaragua serían tres países que violan de manera grave algunos de estos atributos. Cuba es un régimen autoritario con un sistema de partido único, por ende, no habría competencia multipartidista, de igual forma, el mismo partido político lleva gobernando más de medio siglo, lo que implica que no habría alternancia. Sumado a lo anterior algunas libertades políticas y civiles están fuertemente restringidas por el régimen. Por su parte, Venezuela y Nicaragua son un tipo de régimen no democrático que autores como Schedler y Levitsky han llamado autoritarismos electorales. Ambos países desarrollaron un sistema de partido hegemónico, pues existen partidos de oposición y se permite su competencia electoral, pero estos son fuertemente perseguidos por el régimen y las reglas del juego favorecen al partido hegemónico, lo que impide una competencia plena y la alternancia en el poder.
¿Pero México y el Salvador qué son? México desde la década de los 30s del siglo pasado hasta 1999 fue un sistema de partido hegemónico controlado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), pero en 1999 pierde las elecciones presidenciales con el Partido Acción Nacional (PAN) e inicia una transición democrática. En la actualidad el partido Movimiento de Regeneración Nacional (MORENA) de AMLO nuevamente repite la presidencia con Claudia Sheinbaum. Pese a todos sus defectos, México se mantiene como una democracia. Más allá de los problemas recurrentes de las democracias latinoamericanas, como el fraude electoral y el clientelismo, un reto particular que enfrenta la democracia mexicana es la violencia política causada por grupos de crimen organizado, que en sus territorios ejercen gobernanzas criminales que a nivel subnacional sí pueden afectar de manera considerable la democracia.
Por otro lado, el Salvador inició su transición a la democracia a finales de los 80s e inicios de los 90s, impulsado en parte también por el Acuerdo de Paz de 1992 con el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). Hasta la llegada de Nayib Bukele al poder en 2019 el Salvador podría ser denominado -como buena parte de las democracias latinoamericanas- una democracia de baja calidad. Pero con Bukele el país entró en una erosión democrática, en la que el presidente a través de sus mayorías electorales influyó en el nombramiento de jueces simpatizantes, que con una polémica interpretación jurídica abalaron su postulación para un segundo mandato, cuando la Constitución expresamente lo prohíbe.
¿Qué es entonces el Salvador? Si vemos nuestra definición mínima, aunque con defectos los atributos básicos se mantienen. Pero, la cuestionada reelección, la concentración de poder, la cooptación de los otros poderes públicos y el hecho que el mismo Bukele ya hable del suyo como una “democracia de partido único” -lo cual sería un oxímoron- son señales de alerta, que nos pueden estar advirtiendo sobre el tránsito de una democracia de baja calidad, que se erosiona cada vez más con las acciones de su mandatario, que en algún momento se convertiría en un autoritarismo electoral.
Andreas Schedler nos advirtió sobre la falacia del perfeccionismo: ningún régimen es democrático, ya que ninguno cumple los ideales democráticos sin fallas. Pero también nos advirtió de la falacia del relativismo: ningún régimen es autoritario, ya que todos violan los ideales democráticos en cierta medida. Podemos y debemos ser capaces de llegar a un consenso básico -pero amplio- sobre los atributos mínimos de la democracia, para promover una verdadera defensa de esta en la región independiente de nuestras ideologías.
Acerca del autor

Armando José Mercado
*Politólogo, magister en Conflicto Social y Construcción de Paz, profesor de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Tecnológica de Bolívar (UTB) e investigador en el Grupo Regional de Memoria Histórica (GRMH-UTB) de la misma universidad.
0 comentarios




