Ladrillo y cemento | Razón Pública 2024 | Columna Especial del Día
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Ladrillo y cemento

Escrito por Ana Maria Cadena Silva

A través de la persiana de la sala comedor, alcanzo a ver como pega el sol tempranero de Enero sobre la pared de ladrillo del edificio de enfrente. Muchos letreros de se vende en las ventanas de los edificios de la cuadra. La calle está limpia, el andén también. 

A comienzo de año, los gimnasios están llenos. La lista de metas para el nuevo año tiene vigencia a duras penas durante las cabañuelas. Luego del día 12 del mes de Enero, en el que supuestamente se vive lo que ocurrirá en Diciembre, todo vuelve a como lo dejamos el año pasado con algo de olor a rancio. Es necesario abrir ventanas, voltear colchones, lavar tapetes, ordenar armarios, botar cosas y regalar otras. El comienzo de año ya no titila, se siente caliente como la mayoría de eneros en Bogotá. Cielo color azul hortensia, en la sombra hace frio el viento es helado. 

Yo regreso a mis palabras. Algo fuera de práctica después de un mes de otras cosas y palabras dichas no escritas. 

En estos días miraba un cartucho blanco y pensaba en la obra de Georgia O´Keeffe (1887-1986) y la influencia importante de Arthur Wesley Dow sobre su obra. Wesley tenía una manera revolucionaria de comprender, hacer y enseñar Arte: sostenía que no era un asunto ornamental sino uno vital, donde utilizando el punto, la línea, el volumen y el color en el espacio pictórico, las personas podían hablar de su vida y crear artísticamente.  Así que esto inspiró a O´Keeffe a dejar a un lado la representación realista de la naturaleza e imprimirle su sello, creando así un lenguaje propio cuyo legado ha inspirado sin duda alguna, a las siguientes generaciones de artistas. Su obra es tan poderosa como sutil y orgánica, se siente como el paso de una seda sobre nuestra piel recién hecha, rosadamente expuesta.  Cuando pienso en su colección de piedras, huesos y maderas imagino un gran museo con restos de la humanidad y lo que cada ser colecciona, como una evidencia de lo que considera esencial cargar por el camino. Un camino a veces desolado, desértico, frio y árido. Otras veces florido, exuberante, rebosante de verde y húmedo colorido. La obra de O´Keeffe es una muestra de lo fina que es la línea que separa la vida del arte. Los paisajes contemplados, terminan siendo una abstracción de nuestra geografía corpórea. El afuera como un reflejo del adentro, espejos a veces casi imperceptibles, pero contundentes. 

El mismo cartucho, ahora seco y sus hojas no verdes sino cafés por la sequía, me recuerda la aridez, quietud y el misterio de la obra de Giorgio de Chirico. Plazas urbanas, maniquíes y objetos encontrados, descontextualizados.  Inteligencia artificial dueña de espacios una vez habitados por humanos. Autómatas hechos de ruinas, columnas, trozos de metal y madera yuxtapuestos, escenarios de Pandemia, ciudades desiertas habitadas por seres sin intestinos. 

El arte como una forma de escapar a la realidad, al ruido a la violencia al hambre, o una forma de mirarlas. Una manera de ser en la realidad colgándose de la belleza y la esperanza, pues siempre hay algo que merece la pena ser contemplado, oído, tocado. Vale la pena vivir y también mirar a los otros mientras viven. Ser actor y espectador para oír las conversaciones de la mesa vecina en el café de la esquina. Vivir y vibrar con otros, en la piel de otros. Imaginar las historias de ellos y pensar porque dicen o hacen lo que hacen y dejan de hacer lo que pueden y quieren. Decidir y entregarse a la marea de la vida. Y si hay turbulencia fluir con ella. No resistirse para no quebrarse. Soltarse para no perderse de sí. Levar anclas para encontrar cada vez más su centro, su esencia, su sabor sin seguir al pie de la letra la receta. Ser consientes para disfrutar aún más la subconsciencia soñada.    

El escenario onírico al que se es sometido bajo el calor de las cobijas, nos revuelca y hace dudar al abrir los ojos: ¿Es esta maleta roja la misma del sueño o la realidad la transformó en magia y posibilidad infinita de ser, cosida en cuero y teñida de rojo? ¿Si fuéramos nómadas que llevaríamos en el morral que cargaríamos a nuestras espaldas? 

Los gallos cantan a toda hora. ¿No se suponía que solo cantaban al amanecer? Ellos también se confunden con la luz artificial y han perdido la noción del alba. 

De regreso a la Bogotá, gris, nublada lluviosa. Comienza febrero, el geranio floreció y se robaron las bicicletas del garaje. Nos mandaron el video del robo por chat ¿De qué sirve verlo?  No de mucho la verdad. Supuestamente tener cámaras es una medida de seguridad. ¿Aun si estuviera viendo el robo en vivo, cómo lo detendría? En realidad, nadie sabe su reacción ante un suceso imprevisto. Somos y actuamos de formas inesperadas. Si la vida fuera un guion, lo aprenderíamos en el colegio y nos lo leerían nuestros papas noche a noche. Sería fácil y aburrido vivir. Predecible y obvio nuestro actuar. La vida con incendios e inundaciones, fuera y dentro de nosotros. El camino con sus subidas y bajadas, y sus huecos sorpresivos también. Lo imprevisto, el robo, el engaño el premio, la recompensa y la verdad. La paz y la guerra, el amor y la tusa. El dulce y la sal. Adentro y afuera. Vivir y morirse un poco cada día que pasa. Renacer por la mañana y cantar con el gallo a destiempo. Hablar y callar. Dudar y conocer. Escribir y leer. Ser y dejar de serlo. Dudar y continuar sin remedio, sin atajos sin certezas. A un clic del desatino como al escribir. 

Dejó de llover, no oigo los gallos sino alarmas y pitos, el paso de las llantas sobre el pavimento humedecido. Vuelvo a la ciudad, la misma que me llama y me expulsa cada rato. Como el teclado y mis ideas, mis preguntas mis dudas y mis miedos. Vuelvo a mí y me dejo.     

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1 Comentario

Lillyam Mejia febrero 7, 2024 - 12:02 pm

Excelente reflexion la de Mauricio

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