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Ganancias privadas, males públicos

Escrito por Freddy Cante
fredy cante

fredy canteAmplios sectores consideran todavía que Álvaro Uribe es un "salvador" que debería ser reelegido. Pero, como la reelección no es posible, se piensa en reelegirlo a través de su hijo legítimo.

Freddy Cante* y José Alejandro Velásquez**

El triunfo del continuismo

Los resultados de los comicios del 30 de mayo podrían interpretarse como una gran encuesta que muestra dos tipos de indiferencia: la abstención y el continuismo:

  • La abstención. El gran ganador fue el abstencionismo que ligeramente supera el 50 por ciento. Este constituye una recurrente evidencia del registro histórico, pues pone en duda el significado de nuestra "democracia": mientras en los concursos para ocupaciones privadas o públicas las competencias se pueden declarar desiertas, en nuestro régimen un presidente es elegido cuando la mitad o más del 50 por ciento del electorado no acudió a las urnas. Si el candidato del partido verde llamase a sus más de 3 millones de electores a la abstención, seguramente ocasionaría una hecatombe en las próximas elecciones del 20 de junio… la abstención podría ascender a más del 70 por ciento.
  • El continuismo. El segundón ha sido el candidato del continuismo que a su vez supera por más de un 50 por ciento al candidato de la ola verde, que canaliza gran parte de la inconformidad actual.

¿Por qué gana el continuismo si para mucha gente parecen claras las evidencias de corrupción en el gobierno del presidente Uribe? ¿Acaso no se ve la ilegalidad de prácticas nefandas de control político y social, de crímenes de Estado, como los falsos positivos, de crecimiento económico sin equidad social? ¿No se ve el récord en materia de desempleo? ¿Pasa desapercibida la fachada de "la casa de Nari", que puede ocultar un fondo aún más corrupto y oscuro?

¿Se debe el triunfo del continuismo solamente al clientelismo de la maquinaria tradicional de la política colombiana, a la compra de votos, a la coerción armada? ¿O existen otros motivos de fondo que hayan generado dichos resultados más allá de lo venal? ¿Lo observado en la realidad de los comicios se aleja de los resultados esperados de las encuestas, solamente por el andamiaje político del clientelismo en las regiones y sectores rurales o no educados? ¿U obedece a serias equivocaciones del candidato verde, que olvida los mecanismos qué actúan en la toma de decisiones del electorado?

En este artículo, que se basa en los trabajos sobre racionalidad limitada y teoría subjetiva del valor de Kahneman y Tversky[1], se mostrará que algunas importantes limitaciones cognitivas del electorado explican los resultados. En la sección final se ofrecerán algunas sugerencias para el trabajo de la oposición en el mediano plazo.

Un efecto contraste

Hace ocho años el candidato Uribe encontró el terreno abonado por el desprestigio de una tentativa pacifista. Cuatro años antes, el candidato Pastrana había ganado las elecciones gracias al llamado "mandato ciudadano por la paz", y al coqueteo con la plana mayor de las FARC.

En 2002 Uribe se benefició, pues la presidencia de Andrés Pastrana no alcanzó los resultados económicos, políticos y sociales que le había prometido al país. Para el hoy saliente mandatario fue sencillo lograr la ventaja de venir después del "peor gobierno de la historia". Por lógica, sus resultados serían mejores. Después de un mal desempeño, la tendencia es ir a uno mejor.

Como buen negociante, Uribe timó a la incauta opinión pública con el cuento de que el enemigo público número uno eran las FARC. En adelante mostró algunos resultados "convincentes": una temida guerrilla en expansión pasaría a replegarse después de perder la ventaja geográfica de la zona de distención. Ser mejor después de lo peor no era difícil.

Hay "efecto contraste" cuando los electores perciben una nítida diferencia entre dos opciones electorales. Una persona fea puede ser desagradable, pero si le ponen a otra persona medianamente bella al lado, entonces se torna horrible. En su momento Pastrana y Uribe se beneficiaron de evidentes efectos contraste en relación con sus antecesores.

Con el fenómeno Mockus y la ola verde aún no se ha creado suficiente efecto contraste. El problema no es sólo para Mockus (y la ola verde) sino también para cualquier tentativa de oposición, porque gran parte de la ciudadanía piensa que el modelo de seguridad democrática no sólo es válido e incuestionable sino, además, indudablemente exitoso. Para fortuna de Uribe (y los uribistas), y para infortunio del país, la historia no le ha cobrado cuentas al presidente saliente por los males colectivos que generó su modelo represivo, autoritario y conservador.

A lo anterior se suma que Mockus, cual boxeador que, acosado por la golpiza, se abraza a su rival, posó en varias declaraciones de ser más uribista que Uribe. Eso confundió al electorado, que a veces no pudo diferenciarlo de su adversario. ¡Cómo no recordar cuando anunció que durante su gobierno las FARC encontrarían un terreno imposible para negociar, peor aún que en la era Uribe! Cómo olvidar que en una de las semanas en que Uribe hostigó más duramente a la Justicia, el que se denominaba "abanderado de la legalidad democrática" le prometía al hostigador que cuidaría muy bien los huevitos de la seguridad democrática, la confianza inversionista y la cohesión social… sin preguntarse, siquiera en tono irreverente, por los engendros que esos huevitos han generado.

Un candidato representativo

En los últimos años, gran parte de la sociedad que se vio afectada por pescas milagrosas, boleteo y extorsión continua, inmovilidad y falta de accesibilidad a las regiones de origen o de intercambio comercial, vieron que su situación era "mucho mejor". Todo se debía a la política de seguridad democrática y en especial al responsable de haberla puesto en marcha, el presidente Uribe Vélez. Mucha gente cree que gracias a tan corajudo y bravo presidente se aplacaron las malévolas FARC, y los paramilitares se desmovilizaron. El olvido de las acciones del pasado y la promoción de una historia simplista, pretenden mostrar que nos encontramos en un mundo donde la raíz de todo bien se denomina uribismo. La desigualdad social es asumida como el resultado del narcoterrorismo.

No obstante, un solo período de gobierno no fue suficiente para lograr el cambio que esperaba el país. Sin que importaran el costo ni los medios, se tramitó una primera reelección. El cuento es que "estamos mejor que antes y sólo queda derrotar a nuestro enemigo, para ser el país que tanto añoramos".

Pero dos gobiernos no han sido suficientes. Por eso la Corte Constitucional impidió al uribismo reelegir una vez más, y posiblemente otra más, al supuesto autor de esa nueva Colombia posible. Entonces la apuesta ha sido la de una nueva reelección, aunque sea en cuerpo ajeno.

El mandato del hijo legítimo

¿Pero quién es el candidato que representa de mejor manera al "héroe" que nos ha dado esta nueva Colombia?

Considerar que los resultados de los comicios del 30 de mayo fueron solamente los de la aceitada maquinaria de la clase política colombiana, es sólo una parte de la explicación. No hay que olvidar que mucha gente deifica al mesiánico presidente Uribe, y que muchos de los votantes, más allá del pago o la gratuidad del voto, o de la coerción por parte de grupos armados en muchos municipios del país, creen que su legado se debe mantener.

Son posiblemente personas honestas, íntegras, con valores, que creen en la educación, que nunca venderían su voto, que tienen una ideología, que han percibido un cambio positivo en estos ocho años de gobierno, que se sienten más seguros y perdonan los pecados de sus dirigentes en pro de seguir dicho camino, el de la paz a toda costa. En consecuencia, ellos buscan un candidato que mantenga a aquel por quien no pudieron votar.

Las personas no eligen con base en un cúmulo de información objetiva que les permita definir de manera precisa cuál es el candidato que se ajusta más al modelo ideal de presidente. Eligen a partir de lo que Kahneman y Tversky llaman "representatividad".

Ser representativo entre un conjunto de opciones significa para los electores ver ciertas características que les permitan creer que el candidato pertenece a la misma línea de pensamiento y acción que su ideal, o que tenga cierto carácter que lo ubique dentro del perfil deseado. No se realizan cuestionarios de personalidad, ni se revisa concienzudamente su hoja de vida, ni la forma como toma decisiones políticas, ni su forma de negociar, ni las actitudes promedio ante ciertas situaciones. No. Muy pocos se someten a realizar este análisis. Tan sólo se fijan en su intuición y en lo que ellos creen que representa lo deseado.

Mockus no parece ser aquel que representa al mesiánico presidente Uribe, aunque manifieste querer construir sobre lo construido, exprese su admiración por el mandatario y sus logros, y proclame que defenderá los huevitos de la metáfora presidencial. Sólo un hijo legítimo de las políticas que han hecho, supuestamente, de este gobierno el "mejor de la historia" y a su presidente un cuasi proclamado dignatario vitalicio en diferentes espacios, se percibe como el candidato representativo. Alguien como ‘Juan Manuel', que le ofrezca a Uribe el cargo que le plazca, se percibe como el líder bendecido

 *Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia. Asesor de diferentes instancias del gobierno Distrital. Recientemente ha sido consultor del International Center on Non Violent Conflict. Actualmente es profesor principal de la Facultad de Ciencia Política de la Universidad del Rosario, e investigador en temas de acción colectiva y movimientos sociales. Correo: documentosong@gmail.com

** Economista universidad Nacional de Colombia. Docente Corporación Internacional para el Desarrollo Educativo CIDE. Especialista en temas de elección racional, teorías psicológicas de la escogencia y su relación con el desarrollo económico.

Notas de pie de página

[1] Kahneman, D. y A. Tversky (2000), Choices, Values and Frames. Cambridge University Press. 

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