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Las becas de excelencia docente: una gota en un océano

Escrito por Ángel Pérez

La ministra Gina Parody y el presidente Juan Manuel Santos presentando el programa

Ángel Pérez MartínezDe qué depende realmente la calidad de la educación básica, qué tanto aporta una buena formación de los docentes

Ángel Pérez Martínez*

 

Maestrías para docentes

El Programa Becas para la Excelencia Docente que hace poco anunciaron el presidente  y su ministra de Educación consiste en otorgar alrededor de 3.000 créditos beca, condonables en su totalidad, a docentes oficiales de la educación básica y media  para que realicen maestrías en ciencias, lenguaje o matemáticas.

El Ministerio de Educación Nacional (MEN) destinó 53.000 millones de pesos al programa durante este año, es decir 17,7 millones de pesos por docente a un costo promedio de 4,4 millones por semestre; en el caso de un mayor número de docentes – por ejemplo, 3.300- el costo unitario rondaría los 4 millones por semestre.

El programa es altamente centralista, pues el MEN ya seleccionó colegios, docentes, universidades y tipos de maestrías para este año. No hubo participación de las secretarías de educación, de los colegios ni de los propios docentes.

El proceso de asignación de créditos-beca comenzó con la escogencia de 290 colegios oficiales (entre los 12.845 que existen en Colombia) que lograron avances significativos en las pruebas SABER 2012 a 2014 y están comprometidos con el proyecto de la jornada única. Mensaje: la administración premia la buena calidad pero también ayuda el apoyar las políticas gubernamentales de turno.  

La calidad de un sistema educativo no puede sobrepasar la calidad de sus docentes.

En cada una de las 290 instituciones, el MEN escoge entre 4 y 25 profesores, siempre que cumplan las siguientes condiciones: 1) Estar inscritos en la carrera docente; 2) Tener  menos de 45 años de edad, 3) Estar trabajando en las aulas escolares (no son tenidos en cuenta quienes estén en comisión); 4) Ser admitidos por una de las 25 universidades seleccionadas por el MEN, (inicialmente los docentes pueden acceder solo a 9 de ellas), y 5) Cumplir los requisitos del ICETEX para otorgarles el crédito-beca.  

La condonación del 100 por ciento del crédito por su parte supone estas obligaciones: “Realizar los estudios y graduarse en el número de semestres establecidos para cada una de las maestrías por las universidades; 2. Implementar (sic) un proceso en el colegio de fortalecimiento institucional para el desarrollo de las competencias básicas de sus estudiantes, y 3) Que permanezca en el establecimiento educativo durante el transcurso de la maestría y mínimo por dos años más”.

Por último, el MEN espera que los docentes con maestrías ayuden a elevar la calidad de la educación y de los colegios públicos mediante mejores prácticas pedagógicas y de trabajo con los estudiantes. También espera que los docentes colaboren para transformar currículos y adoptar innovaciones pedagógicas en los colegios de donde provienen.

¿Qué tanto importa la formación del docente?

En muchas partes del  mundo está demostrado que las acciones para mejorar la formación, prestigio o remuneración de los docentes hacen que ellos enseñen mejor y que los estudiantes aprendan más.

Pero cuidado: la calidad de la educación es un problema de la sociedad y del sistema escolar en su conjunto – no apenas de los docentes-. Baste decir que los mejores sistemas educativos del mundo existen en sociedades más igualitarias, con amplia y responsable participación de los padres en la educación de sus hijos, donde además el gasto por estudiantes es a la vez elevado y eficiente.

Sin embargo, un estudio de Michael Barber y Mona Mourshed en 2007, traducido por PREAL, sobre una muestra de 25 países, concluyó que los sistemas educativos mejores corresponden a países donde los docentes son o figuran dentro de los profesionales más calificados y reconocidos. En otras palabras: la calidad de un sistema educativo no puede sobrepasar la calidad de sus docentes.

Eso explica porque la mayoría de países con mejores resultados basaron sus políticas en atraer a los mejores estudiantes de la secundaria hacia la profesión docente, utilizando becas y subsidios durante sus estudios de pregrado y buenos salarios especialmente  al comenzar la carrera docente. También reformaron y fortalecieron las facultades de educación, los centros de formación y entrenamiento de los docentes, e incentivaron la investigación en pedagogía y en la práctica educativa.

Al mismo tiempo, el estudio de la Fundación compartir, Tras La Excelencia Docente, demostró que en Colombia los mejores bachilleres no quieren ser docentes, que los estudiantes de las facultades de educación obtienen los peores resultados en las pruebas Saber Pro, y que los salarios promedio de los docentes están por debajo de los de aquellas profesiones que son más apetecidas por los jóvenes.

Profesor en colegio de Cartagena.
Profesor en colegio de Cartagena.
Foto: Kymberly Janisch

Buenas intenciones, pocos resultados

Nada más importante que mejorar la calidad y el prestigio de los docentes, y por eso el MEN acierta en su Programa de Excelencia Docente que permite acceder al posgrado a los educadores, porque la mayoría de ellos no tuvo una adecuada formación de pregrado.

El mencionado estudio de la Fundación Compatir encontró que de las 272 universidades existentes en 2011, 80 ofrecían programas de formación docente y sólo 15 tenían acreditación de alta calidad. De 376 programas de formación docente sólo 154 eran ofrecidas por universidades acreditadas.

Hay además muy grandes diferencias en el costo – o sea, al menos en principio, en la calidad- de aquella formación: por ejemplo, mientras en 2014 la Universidad Pedagógica invirtió cerca de 8 millones de pesos-año por estudiante, otras universidades públicas invirtieron más de 20 millones.

Por eso mismo resulta insuficiente que el programa de Excelencia aspire apenas a formar 3.000 docentes (el 1 por ciento del total). Es, en efecto, irrisorio para un país que según su será “el más educado de América Latina en 2025”, y donde la educación es uno de los tres pilares del Plan de Desarrollo. Sobre la base de que un profesor no debe tener más de unos 25 alumnos a su cargo, los 3.000 docentes atenderían cerca  de 75.000  estudiantes: y en 2013 la matrícula oficial fue de 8,8  millones de estudiantes.  

En ese mismo año había 318.296 docentes vinculados a la educación básica y media oficial, repartidos así: 17.778 en preescolar, 144.032 en primaria, 139.490 en secundaria y media, y 3.117 en el ciclo complementario (profesores de las normales). Respecto del nivel de formación hay que decir que 29 por ciento del total (318.296) contaba con estudios de postgrado, 78.416 (25 por ciento) tenían estudios de postgrados en educación y 12.142 (4 por ciento) en otras áreas.  

Resulta insuficiente que el programa de Excelencia aspire apenas a formar 3.000 docentes (el 1 por ciento del total). 

Bogotá ofrece una referencia interesante. Si algo hay que rescatar en la gestión de Petro  es el Programa de Formación de Excelencia de la Secretaría de Educación, que financia el 70 por ciento del valor de la matrícula para los docentes que realicen doctorado, maestrías y especializaciones. 4.926 profesores del Distrito han accedido al programa, y se tienen previstos alcanzar 6.000 cupos bajo esta administración, con una inversión superior a 75.000 millones de pesos. De este modo el 50 por ciento de los maestros de la capital tendrán formación de posgrado.

Por otra parte el MEN debe tener en cuenta que el efecto de una mejor formación de los docentes sobre el aprendizaje de sus alumnos pasa por su seguimiento y por la participación de las secretarias de educación y los rectores de colegios (pues sin ellos nada se mueve en los planteles oficiales).

También sería preciso promover acuerdos y asignar más recursos para las universidades y facultades de educación, que a su vez necesitan de reformas y mejorías sustanciales, en especial para que los posgraduados ayuden a educar a las poblaciones más necesitadas.  

Otra dificultad para el Ministerio es que  las maestrías en educación suelen ser de jornada nocturna o de fines de semana, con poca investigación o práctica en el aula, el MEN tendría que pensar en un año o un semestre sabático para que los docentes puedan dedicarse al posgrado.

Por último haría falta un plan integral de educación para los próximos cuatro años (El Plan Nacional no dice nada), por ejemplo, sobre la continuidad del programas de excelencia docente o el de las 10.000 becas, sobre cuyo futuro no sabemos nada.

Los golpes de opinión pueden ser necesarios para recordar la importancia de la educación y divulgar las acciones de gobierno, pero se desgatan por ser repetitivos. Si habrá o no habrá de veras “revolución educativa” depende de que las acciones del Estado lleguen a cobijar los  casi 9 millones de estudiantes y los más de 300 mil docentes que existen Colombia.  

 

* Profesor universitario y consultor en temas educativos.

 

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