
Entre la mirada inmediatista y el debate económico que necesita Colombia
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Mientras en Colombia la conversación económica gira alrededor del incremento del salario mínimo —si afecta o no la inflación, si golpea o no la productividad— o sobre los efectos de decisiones recientes del Ministerio de Hacienda tomadas en clave de urgencia, el mundo atraviesa una reflexión mucho más profunda y delicada: las tensiones y la reconfiguración bajo presión del orden económico internacional construido durante las últimas tres décadas. No se trata de un ejercicio abstracto ni lejano. De su desenlace dependen las reglas del comercio, la cooperación climática, la tributación internacional y, en buena medida, las condiciones de desarrollo de países como Colombia.
Durante años, la apuesta global fue el multilateralismo. Un entramado institucional global imperfecto, en el que algunas potencias marcaron con mayor fuerza la agenda económica, financiera y comercial —no siempre de manera acertada—, pero que también permitió construir acuerdos colectivos en torno a asuntos transversales como el cambio climático, el desarrollo sostenible, la salud global, la cooperación tributaria y la reducción de la pobreza, en buena medida articulados desde el sistema de Naciones Unidas. Colombia ha sido parte de esa agenda, tanto como receptora de políticas como participante activa en foros internacionales, con posturas claras en algunos de estos temas, que ha buscado traducir en acciones internas.
Sin embargo, el contraste es evidente. Mientras el escenario internacional se tensiona y los consensos se erosionan, la conversación económica interna parece atrapada en una inmediatez de corto plazo. Se discute el incremento del salario mínimo, el costo de la deuda tras las últimas emisiones y la dinámica cambiaria. Todo ello importa, sin duda, pero resulta insuficiente.
La economía colombiana es pequeña, abierta y altamente dependiente del entorno internacional. Con un incremento del salario mínimo o una moneda apreciada, sigue siendo una economía poco profunda, con limitadas capacidades estructurales para generar, por sí sola, los cambios que cada cuatro años prometen los candidatos: inversión social, infraestructura y empleo. Pretender que estas transformaciones se promuevan desde intercambios puramente coyunturales es, cuando menos, ingenuo. Es hora de abrir un debate estructural en el que la coyuntura importe, pero donde la apuesta se sitúe en un horizonte temporal más amplio.
El problema no es conversar sobre el salario mínimo, sino exigirle a esa conversación respuestas que solo pueden venir de una estrategia productiva, fiscal y comercial de largo plazo. Sin una definición clara de hacia dónde quiere ir el país en los próximos diez o quince años, los intercambios coyunturales terminan siendo ruidosos pero estériles. Hay asuntos que incomodan —como la trayectoria de la transición energética o el futuro de la extracción de hidrocarburos— y que deben ser parte de esa discusión estructural. En campaña presidencial, el eco de las decisiones del gobierno suele dominar la escena pública: señalar errores o aciertos puede dar réditos políticos. Pero ¿por qué quedarse ahí y no avanzar hacia una reflexión colectiva sobre lo que el país puede y quiere ser?
Todo esto ocurre en un momento particularmente delicado del sistema multilateral internacional, articulado en buena medida alrededor de las Naciones Unidas. Las tensiones actuales de ese arreglo ponen en riesgo avances que parecían consolidarse: los acuerdos climáticos, los objetivos de desarrollo sostenible, la cooperación tributaria internacional e incluso la gobernanza de tecnologías emergentes como la inteligencia artificial.
¿Qué puede hacer Colombia frente a un escenario global tan complejo? Si bien su aporte individual puede parecer marginal, esto no exime al país de definir una postura clara frente a lo que está ocurriendo. ¿Aceptaremos sin más los cambios que erosionan los acuerdos construidos en torno al desarrollo o asumiremos una posición en defensa del ambiente, la lucha contra la pobreza y la desigualdad, y los demás temas que la agenda internacional había priorizado?
Por eso la pregunta relevante no es solo si el dólar subió o bajó estas semanas, sino cuál será la política económica del país en la próxima década: si Colombia optará por una postura interna orientada a la sostenibilidad y una posición externa de respaldo a los acuerdos internacionales, o si cederá ante las presiones de países hegemónicos que promueven inversiones rentables en el corto plazo, aun cuando ello vulnere compromisos de largo aliento. Esa es la discusión estructural que deberían estar dando los múltiples candidatos presidenciales, más allá de la crítica —necesaria— a las decisiones del gobierno actual.
Las y los economistas no fuimos formados para reaccionar con indignación frente a la última decisión ministerial, sino para comprender causas, evaluar consecuencias y pensar trayectorias de largo plazo. Persistir en una visión estrecha de la conversación económica no solo empobrece el intercambio público; limita la capacidad del país de enfrentar un mundo que, desde finales de 2025, parece reconfigurar las reglas y acuerdos bajo los cuales se esperaba avanzar hacia metas compartidas.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
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