
La necesidad de incomodarse
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Llegar a espacios ya ocupados tiene esa sensación que describo como cambiar de colegio en décimo grado cuando todo el salón se conoce desde transición. Es entrar a un lugar donde todos ya comparten códigos desde la infancia, chistes y referentes sin necesidad de explicar, y solo quien entró tarde se siente desubicado. Preguntando, indagando y escuchando se empieza a entender lo que para la mayoría son procesos que se dan por hecho. Para mí, en esos espacios, el proceso rutinario ya memorizado por la mayoría me resulta insuficiente para comprender el lugar nuevo donde estoy. Ver la máquina andando es divertido, pero corro el riesgo de ser tragada intentando apretar las tuercas del proceso sin entender la razón de hacerlo, como Chaplin en Tiempos modernos.
De ahí que me cuestione los procesos. Son necesarios. Sí. Yo misma los hago a diario sin pensarlo mucho. Pero cuando el proceso define el quehacer o la motivación profesional, me produce aburrimiento. Entiendo el aburrimiento como una repetición sin pregunta, como la falta de curiosidad, como la conversación repetitiva o la misma imagen para cualquier respuesta. Por eso, entiendo los procesos, pero me motivan más las preguntas. Si todos se conocen, también hay lugar para preguntas, aunque suele ocurrir con más frecuencia cuando el escenario cotidiano cambia. Ahí surgen con más fuerza los interrogantes. Preguntar es una forma de abrir puertitas, levantar tapetes, mover muebles y reorganizar la casa mayor, que es la mente haciendo espacio para la tremenda imaginación que podemos incentivar.
¿Por qué escribo de esto? Siento que hay un gran riesgo de quedarse en los procesos en la vida, incluyendo la académica, esa que por definición hace preguntas, pero que también puede quedarse en los procesos sin interrogantes cuando la comodidad de lo conocido desvanece la curiosidad. Aun en la academia se puede preferir la facilidad de estar entre conocidos o parecidos frente a la incomodidad del extraño.
La comodidad de la vida familiar también tiene sus riesgos: lleva a creer que entre parecidos hay más posibilidades y reduce las oportunidades que la diversidad ofrece para resolver preguntas. Ese refugio en lo propio puede convertirse también en sospecha frente al otro, frente a quien llega con códigos, preguntas o maneras distintas de mirar. Dicho de otro modo, es la incomodidad que produce quien pregunta y no se limita a acatar el proceso. Tal vez por eso necesitamos exponernos de vez en cuando al desconocido: otra persona, otra disciplina, otro lugar, incluso una pregunta que nos obligue a explicar nuevamente aquello que ya no explicábamos.
Pero ¿para qué incomodarse? Incomodarse ha sido el motor que nos ha movido como sociedad y como humanidad. Incomodarse para pensar las cosas de otra manera y no dar las cosas por hecho. Hoy, PISA 2025 muestra una caída en comprensión lectora y advierte además sobre el aumento de una lectura apresurada sin quizá entender lo que se lee. Al mismo tiempo abundan las afirmaciones sobre la capacidad de la inteligencia artificial generativa para controlar nuestras vidas. Incomodarse adquiere un valor mayor.
De un lado, leer exige tiempo. Comprender exige todavía más: hilar palabra tras palabra y construir en la mente una idea, que compite con la inmediatez de redes o de información instantánea. Pero el control no lo hemos cedido aún. La autonomía sigue en quienes queramos hacer preguntas, indagar, incomodar y no aceptar como dado el entorno que tenemos al frente.
Del lado del temor por lo que pueda hacer la IA, necesitamos pensar la máquina, la tecnología y comprender que la autonomía sobre las preguntas todavía es nuestra. No sé si esta tecnología sea curiosa, se incomode e indague. Lo que sí sé es que, al menos hasta ahora, esa capacidad ha sido nuestro motor de cambio como humanos. Imagínense ceder ante la respuesta de la IA hasta perder la curiosidad por seguir preguntando. Sería aceptar que la máquina nos tragara sin darnos cuenta.
Ir disminuyendo la capacidad lectora y quizá ceder ante la capacidad abrumadora de una tecnología es, en últimas, aceptar ser receptores de los procesos de la “máquina”. Es casi aceptar entrar al salón en décimo grado y dar por hecho que todo es así. Frente a los temores que despierta el alcance de la IA, incomodar también es una forma de no rendirnos.
Quizá incomodarse sea precisamente conservar esa autonomía: frente al proceso, frente a lo conocido, frente a un texto y frente a una máquina. Entrar de vez en cuando al salón como quien llega en décimo y no como quien está allí desde transición. Mirar alrededor, no entender del todo y preguntar por qué. A veces, el refugio en lo propio es precisamente el lugar del que conviene salir.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
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