
La ilusión de la transparencia
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Vivimos en una época obsesionada con la visibilidad. Nunca antes habíamos producido, compartido y consumido tanta información. Fotografías, videos, documentos, transmisiones en vivo, opiniones y datos se superponen sin descanso en una corriente inagotable de contenidos. La idea en los años noventa era seductora: si todo podía verse, la democracia sería más transparente y los ciudadanos estaríamos mejor informados, con la promesa de producir verdad y de confianza, como lo dejó expresado John Perry Barlow en su declaración de independencia del ciberespacio. Una promesa que, en el fondo, no era nueva: recogía una vieja convicción de que verlo todo es sinónimo de virtud.
Tres décadas después de la expansión de Internet, la promesa parece menos optimista. La abundancia de información no eliminó la manipulación ni fortaleció necesariamente la deliberación pública. También produjo saturación, desinformación y nichos que consumen aquello que les confirma sus creencias y verdades. Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno como la infocracia: una sociedad donde el exceso de información, en lugar de fortalecer la democracia, se convierte en un instrumento de manipulación y control.
Entonces, ¿qué hacer para una mejor democracia? ¿Debemos responder a ese exceso publicando cada vez más información o, por el contrario, restringiendo su circulación? Como sociedad, hemos confundido más información con transparencia y esta, con verdad y confianza. Pensar que todo es visible en una gran red puede conducir fácilmente a la idea de que los gobiernos que exponen mucha información han actuado de manera transparente, brindan verdad y generan confianza. Esa es precisamente la distorsión. Así, ni más información ni restringir es la respuesta.
Si miramos la historia de las sociedades, la fascinación por la visibilidad completa y su idea de transparencia no es solo una expresión de la sociedad digital. La construcción moral de las sociedades ha puesto en la transparencia un principio mayor de verdad o de “no tener nada que esconder” como si permitir que todo sea observado desde afuera garantizara la verdad, en línea con la ética protestante y la tradición calvinista de mantener ventanas visibles al interior de la casa, como expresión de la virtud moral del hogar.
Verlo todo, tener acceso a información, ser transparente, no garantiza la producción de verdad y confianza. La confianza no nace automáticamente de verlo todo o de acceder a todo. Surge cuando existen reglas de juego, pesos y contrapesos y una sociedad civil robusta capaces de vigilar ese proceso, hacerlo responder, verificarlo o contradecirlo con argumentos ante el público.
La democracia necesita datos, pero sobre todo criterio. La transparencia no consiste en exponer permanentemente el proceso de decisión, sino en hacer posible que las decisiones puedan ser conocidas, explicadas y sometidas al escrutinio público. La sobreexposición vende la idea de que todo se sabe porque todo se muestra. No es así.
La democracia requiere algo más que información disponible: necesita una institucionalidad que haya definido normas, reglas, derechos y deberes sobre esta. La libertad de expresión y de prensa no son sinónimos de gritar a los cuatro vientos las decisiones en todas las entidades. Hay límites también, reservas que deben cuidarse y formas para que la información pública deba publicarse: ¿constituyen la verdad?. Diría que no, que solo exponen el estado de las cosas en un momento.
La verdad es una construcción que exige análisis, corroboración, metodología y verificación. Entre la evidencia y la verdad siempre hay una interpretación. Y esa interpretación, en democracia, no puede depender de una sola voz. La confianza no se construye en sí misma por la posiblidad de acceder a toda la información disponible o porque un gobernante abra la puerta de su casa y cuente todo lo que hizo en la última semana. Esa imagen de los gobernantes abriendo las ventanas nos devuelve a la pregunta inicial: es una transparencia que pretende virtud, pero que, sin el andamiaje institucional no produce confianza. La democracia necesita confianza; no la que nace de la exposición permanente, sino la que construyen procedimientos compartidos capaces de producir evidencia, interpretarla, discutirla y someterla al escrutinio público.
La misma ventana sin cortinas que consagró el calvinismo permitía creer que quien no ocultaba nada merecía confianza. Hitchcock mostró el reverso de esa imagen. En La ventana indiscreta, mirar no conduce necesariamente a comprender; también puede conducir a la obsesión, al prejuicio o a interpretaciones equivocadas. Algo parecido ocurre hoy con la democracia. Hemos abierto las ventanas del Estado y de los gobiernos, además de multiplicado la información disponible. La ventana abierta puede hacernos creer que hay transparencia, verdad y confianza, pero ni las ventanas sin cortinas garantizan virtud ni observar desde afuera, precisión. Una democracia no se fortalece porque todos miremos más. Se fortalece cuando existen instituciones capaces de convertir esa información visible en confianza democrática.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
1 comentarios





Y a las instituciones, quien las ronda? El poder judicial es lento y politizado, la constitución es manoseada por unos y mal entendida por sus promotores. Que nos queda de la constitución después de todo eso?