
La normalización de la sospecha
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Lo que suele ser el inicio del año -apacible, al ritmo de vacaciones- cambió de tajo. La geopolítica pareció marcar desde temprano el pulso de 2026, no solo a través de intromisiones y amenazas a la soberanía de distintos países, sino también mediante acciones autoritarias y violentas que, en nombre del orden o la seguridad, terminan erosionando derechos básicos. Las reacciones ciudadanas en Estados Unidos y en otros lugares muestran un malestar creciente: el temor de que el autoritarismo, la intransigencia y la xenofobia se normalicen como herramientas políticas.
En ese mismo clima, una anécdota. En el metro de Nueva York alguien gritó Speak English mientras yo conversaba en español. No fue una discusión: fue un gesto unilateral para marcar un límite. Me dejó callada y sorprendida. En esta ciudad se hablan alrededor de 250 idiomas y no todos son “corregidos” por expresarse. No incomodan el francés ni el japonés: incomoda el español, porque delata una pertenencia, la de los latinos —hoy la minoría mayoritaria en Estados Unidos—. Por eso, Speak English no significa “no hables otro idioma”, sino algo más preciso: no hables español. Es, en el fondo, no confiamos en ustedes; no los queremos aquí. El idioma se vuelve marca y sospecha.
Esa escena cotidiana se enlaza con un año que inició convulso. No solo por la “extracción” de un dictador, en clara intromisión a la soberanía, sino también por la violencia asociada a la política migratoria en Estados Unidos, con una expresión trágica en Minnesota: la muerte de Renée Nicole Good en un operativo temerario. Ambos hechos envían la misma señal: el autoritarismo muestra los dientes, no solo por la concentración de poder, sino la posibilidad de que tenga seguidores convencidos de que esas lógicas son legítimas. Que un gobernante se crea omnipotente no es nuevo; que sectores de la ciudadanía adopten esa postura es profundamente preocupante.
Vamos por partes. La primera: el hombre que gritó en el metro. Mi sorpresa inicial partía de una idea —equivocada—: que las personas actúan siempre en coherencia con la historia de su grupo, como si la identidad colectiva determinara sus posiciones. No es así. Como señaló Norbert Elias, actuamos desde identidades múltiples, situadas y cambiantes. Quien gritó quizá se ubicaba, ante todo, desde un nacionalismo y, desde ahí, trazó una barrera frente a lo que percibía como ajeno o amenazante: mi español.
Lo segundo: ¿por qué el español se vuelve “amenaza”? Los discursos autoritarios y de supremacía necesitan fabricar enemigos visibles. Si el enemigo es abstracto —el déficit fiscal, los GEI— no moviliza pasiones. En cambio, cuando es identificable —un vecino, un colega, alguien que habla distinto— resulta más sencillo activar identidades y miedos. En ese marco, el discurso MAGA ha encontrado en los inmigrantes, muchos de ellos latinos, un enemigo funcional, y creer en ese discurso termina por volver sospechoso incluso al idioma.
Lo tercero es el vínculo. Ante esto, no sorprende que algunos hablen del regreso de viejos fantasmas: xenofobia, supremacismo, discursos de odio. Hannah Arendt advirtió que los quiebres más peligrosos no comienzan con la violencia abierta, sino con la erosión del espacio común que permite convivir en la diferencia. El riesgo surge cuando la política deja de ser deliberación y se vuelve una lógica cotidiana de señalamiento, donde el adversario pasa de contradictor legítimo a sospecha.
Decir Speak English es una forma mínima de ese quiebre. Lo mismo ocurre cuando la política migratoria sale de la frontera y entra en la vida cotidiana. En ambos casos, la sospecha se vuelve hábito: decide quién puede hablar, transitar o ser, y quién puede corregir. Esa es la advertencia de Arendt: el peligro no está solo en el régimen, sino cuando su lógica se filtra en lo cotidiano y convierte a los ciudadanos en agentes del señalamiento.
Este año comenzó mostrando dientes autoritarios. Ocurre allá y también se insinúa en nuestro vecindario. Pero también empezó recordando que la movilización y la resistencia social existe: que la ciudadanía puede decir no, incluso en condiciones extremas. Es la voz que busca contener la barbarie.
Si normalizamos la sospecha, nos volvemos cómplices de su expansión. Sostener la voz —en lo público y en lo cotidiano— es defender un principio básico: nadie tiene derecho a apagar la voz de nadie ni a excluirlo en nombre de un discurso, por persuasivo que parezca. Que la libertad, la tolerancia y los derechos sean nuestro horizonte en 2026, no solo por quienes ya han sido señalados, sino por todos.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
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El autoritarismo, no es lo mismo practicarlo que sufrirlo.