20 años de despenalización: romper el silencio | Marta Juanita Villaveces

20 años de despenalización: romper el silencio

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Durante mucho tiempo, las mujeres fuimos educadas para callar. Callar la rabia, el deseo, la violencia, el cansancio, el placer y también las decisiones difíciles. Nuestras voces, experiencias e ideas incomodaban demasiado o simplemente eran consideradas impropias. Y pocas cosas han sido tan obligadas al ocultamiento como el aborto. 

En esa falsa tranquilidad construida sobre el silencio, millones de mujeres a lo largo de la historia han tomado decisiones en miedo, soledad y clandestinidad. Mujeres demasiado jóvenes. Mujeres agotadas de criar. Mujeres violadas. Mujeres aterradas frente a un diagnóstico médico sensible. Mujeres sometidas a relaciones violentas. Mujeres que simplemente no querían ser madres en determinado momento de su vida.  

Y aun así, el silencio persistió porque era más cómodo para la sociedad no enterarse. Hacer de cuenta que “todo está bien”. Detrás de ese silencio han habitado distintas formas de control social y moral sobre nuestros cuerpos y nuestras decisiones. Pero eso comenzó a cambiar. Las mujeres que han hablado del tema no buscan promocionarlo ni incentivarlo. Buscan hacer visible una realidad histórica y evitar que siga ocurriendo en la clandestinidad y bajo amenaza penal.

En 1971, 343 mujeres francesas firmaron un manifiesto declarando públicamente haber abortado cuando hacerlo seguía siendo ilegal en Francia. Un acto rebelde y transgresor. No era solo una declaración política. Era la ruptura histórica del silencio. El aborto existía desde siempre, pero fue insoportable que las mujeres hablaran de él. Entre ellas estaba Simone de Beauvoir, cuya voz permitió que muchas otras se sumaran. Fueron señaladas como inmorales, como si hablar del aborto creara el acto mismo. Pero la sociedad toleraba mejor la clandestinidad que la palabra. Mejor el secreto que la conversación abierta. Poco a poco, las mujeres comenzaron a romper el silencio.

Con la misma fuerza pero bajo el lenguaje de la novela, Annie Ernaux, Premio Nobel de Literatura de 2022, relató en El Acontecimiento, la duda, el dolor físico y la soledad. Esta novela deja registro de una experiencia, dándole voz a muchas que hemos vivido ese acontecimiento no como una ocurrencia banal ni una decisión arbitraria, sino como una experiencia que toca fibras profundas. No romantiza el aborto. Lo relata desde aquello que durante siglos las mujeres fueron obligadas a callar.

Para las mujeres colombianas, también es reveladora la voz de Florence Thomas quien con sus ensayos y libros como Había que decirlo, abordó precisamente la incomodidad del tema y la necesidad de romper el silencio alrededor de una experiencia históricamente escondida. Thomas insiste en algo profundamente incómodo para muchos: las mujeres no “planean” abortar ni llegan allí con frivolidad. Llegan atravesadas por miedo, soledad, angustia y, casi siempre, sin la solidaridad ni la compañía de los hombres, revelando así una estructura profundamente machista que no solo ha silenciado las voces de las mujeres sino que históricamente ha narrado el aborto desde la mirada masculina.  

En Colombia, ese tránsito entre el silencio y la posibilidad de hablar comenzó a transformarse jurídicamente hace apenas veinte años cuando en 2006 la Corte Constitucional emitió la sentencia C-355, ampliada posteriormente en 2022. Detrás de esa decisión estuvo el trabajo de organizaciones y colectivas feministas como La Mesa por la Vida y la Salud de las Mujeres y Causa Justa, entre otras, que impulsaron un cambio histórico: que ninguna mujer tuviera que enfrentar sola una decisión tan compleja ni ser perseguidas penalmente por ello.

Hace veinte años la conversación comenzó a abrirse. Y con ella apareció también una realidad incómoda: no todo puede reducirse a la idea de sexualidad “responsable” o “irresponsable”. El aborto también obliga a hablar de desigualdad. En un país profundamente inequitativo, las diferencias en acceso a educación, salud, anticoncepción e incluso relaciones libres de dominación y violencia siguen marcando profundamente la vida de las mujeres. Hablar de esto todavía incomoda.

Llegar a esta decisión, que hoy cumple veinte años, fue un camino iniciado por mujeres que dejaron de callar. Mujeres que exigieron derechos cuando no los tenían. Que defendieron la educación, el voto, el trabajo y las libertades en sociedades que aún se incomodan cuando opinamos, trabajamos o decidimos. Son 20 años que comenzaron hace más de doscientos.  

Pero no olvidemos que los derechos también son frágiles. Nada garantiza que permanezcan intactos. Basta mirar el mundo para entenderlo. Los derechos no avanzan en línea recta ni quedan asegurados para siempre. Siempre existirán voces incómodas con la autonomía femenina, con los derechos sexuales y reproductivos y con cualquier transformación que cuestione órdenes sociales construidos históricamente sobre la exclusión y el silencio.

Hoy son veinte años. Y ojalá sean muchos más. Porque callar nunca fue avanzar. Romper el silencio sigue siendo, todavía hoy, un acto profundamente transgresor y necesario.

Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
MJvillaveces@razonpublica.com.co | + posts

Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.

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Marta Juanita Villaveces Nino

Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.

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