
Economía pa´un VIP con Bad Bunny
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En trece minutos, Bad Bunny dio algo que no suele ocurrir en el espectáculo más visto del mundo: una lección de economía política latinoamericana. Sin tecnicismos, pero con una claridad difícil de ignorar. Su puesta en escena mostró matices que hicieron vibrar a muchos y permitió contar, cantar y gozar una historia de territorio, identidad, tensiones geopolíticas, cultura y socioeconomía.
Quiero resaltar tres gestos de esos trece minutos: la identidad que recorre el continente, la reivindicación de la autonomía y la resignificación del nombre América.
Para comenzar, la identidad que se vio en la escenografía. No solo se trató del ritmo y el baile que hace vibrar, sino detalles sutiles pero no despreciables: el manicure, la venta ambulante de comida, la compraventa de oro y plata, las ceremonias como el matrimonio, la casa familiar como centro de reunión. Sí, podemos quedarnos en la letra y los movimientos del baile —que quizá incomoden a algunos—, pero lo demás son referentes que nos vinculan como región y que muestran una cara concreta de nuestra estructura económica: la informalidad.
No solo la academia, sino organismos como el PNUD y la CEPAL han diagnosticado la informalidad como una condición estructural persistente, no marginal, que sobrevive a distintos procesos de modernización y desarrollo económico. Esa informalidad que Bad Bunny puso en el centro del espectáculo no es una caricatura: es parte constitutiva de nuestras economías. Y no solo permanece en América Latina; también ha migrado.
Es reflejo de condiciones históricas e institucionales que producen consecuencias claras: baja productividad agregada, fragilidad en redes de cuidado, trayectorias laborales sin protección, vejez insegura y limitada capacidad fiscal del Estado. Lo que el escenario mostró en forma de barrio es lo que los informes muestran en forma de estadísticas y diagnósticos sobre la heterogeneidad estructural del sistema económico.
Y aquí me surge un interrogante: si el institucionalismo contemporáneo ha explicado cómo las instituciones moldean trayectorias de desarrollo y divergencias persistentes, ¿qué ocurre cuando una economía con instituciones más fuertes y formalizadas absorbe también estas formas de organización productiva informal? ¿Qué nos dice eso sobre la movilidad, la adaptación y la capacidad de las estructuras económicas para coexistir?
El segundo gesto fue la reivindicación de la autonomía. Con un acto simbólico y generoso, Bad Bunny invitó a Ricky Martin —ídolo intergeneracional en América Latina— a cantar un fragmento de “Lo que le pasó a Hawaii”. Esa canción no es solo memoria histórica: es una advertencia frente a las ínfulas expansionistas y frente a la idea de que ciertos territorios pueden ser tratados como anexos productivos o como patios traseros.
Cuando la letra sugiere que “quieren quitarme el río y también la playa”, evoca algo más profundo que una metáfora territorial. En la historia económica latinoamericana eso tuvo nombre: economías de enclave. Desde las llamadas Banana Republics en Centroamérica hasta otras experiencias extractivas en el Caribe y en Colombia, los enclaves han significado integración sin desarrollo, explotación sin articulación productiva y riqueza que se concentra sin generar encadenamientos internos. Son estructuras que fracturan economías locales, concentran rentas y debilitan soberanías.
No se trata de demonizar la economía global, sino de recordar que la integración no puede convertirse en absorción ni en desposesión. La historia de América Latina está atravesada por tensiones entre apertura y autonomía, entre inserción internacional y control territorial.
El tercer gesto fue la resignificación del nombre. Después de decir God Bless America, Bad Bunny comenzó a nombrar uno a uno los países del continente. No fue un capricho retórico. Fue una corrección simbólica. Para quienes reducen América a un país de cincuenta estados, el mensaje fue contundente: América es desde Chile hasta Canadá, incluyendo las islas del Caribe. América es un continente diverso que comparte trayectorias históricas de posesión e imposición desde 1492, así como procesos continuos de reivindicación soberana desde Haití hasta hoy.
Confieso que mi mirada a Bad Bunny solía reducirse a su tono y a letras que me parecían burdas. En el show, él no abandonó su estilo. Pero su puesta en escena, en un momento de señalamiento a los latinoamericanos en Estados Unidos, fue simbólicamente potente. Logró algo que no es menor: llevar a uno de los escenarios más vistos del mundo una conversación sobre estructura productiva, territorio, soberanía e identidad.
El show de medio tiempo fue, en efecto, una clase VIP. Sin necesidad de citar autores, pero con la fuerza de la intuición suficiente para abordar asuntos estructurales con claridad.
Así que, Bad Bunny es también economía pa’ un VIP, un VIP: una invitación a pensar, con rigor y también con ritmo y color, las preguntas aún abiertas sobre nuestro continente.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
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