¿Por qué quitar los retratos? - Razón Pública

¿Por qué quitar los retratos?

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“Lambonería”, “vanidad”, “culto a la personalidad”, “despilfarro”. Las redes sociales se han llenado de críticas a los retratos y fotografías que exministros, la exvicepresidenta y el expresidente dejaron en los despachos y salas de juntas que ocuparon, como memoria de su paso por esos cargos. El llamado ha sido a quitarlos y a cuestionar tanto ese “mal” hábito como el uso de recursos públicos para estos fines.

Ambas discusiones son legítimas. Sin embargo, mientras leía tantos comentarios me surgió otro interrogante: ¿qué hay detrás de esos retratos y de la necesidad de dejarse visible en el despacho o la sala del cargo que se ocupó? 

En mi adolescencia decidí “acabar” con algunos símbolos de la sociedad de consumo. Convencida de que podía hacerlo, un año le dije a mi papá que no celebraría el Día del Padre porque me parecía una invención comercial. Él no dijo nada. Yo, honestamente, pasé un día fatal mientras mis hermanos celebraban con él y yo sostenía mi supuesta rebelión. Semanas después, mi padre me regaló El hombre y sus símbolos, de Carl Gustav Jung, libro que ha sido un referente y al que vuelvo hoy.  Vivimos rodeados de rituales, imágenes y objetos capaces de condensar aquello que el lenguaje racional no siempre logra expresar, incluso en las instituciones que se pretenden objetivas y racionales.  

Solemos imaginar que la modernidad sustituyó los símbolos por la razón. Sin embargo, la democracia, la república y el liberalismo también se llenaron de ellos. Basta pensar en Jeremy Bentham, padre del utilitarismo: no dejó solamente un retrato en University College London, se dejó a sí mismo. Su cuerpo embalsamado permanece sentado en una vitrina de la universidad. No es una imagen, es él convertido en símbolo y memoria.

Tampoco hace falta ir tan lejos: universidades públicas y privadas están llenas de fotografías de quienes han ocupado sus rectorías, como también ocurre en numerosas instituciones públicas con quienes las han dirigido. 

¿Galerías de vanidades? Quizá. Como tantas otras que hemos construido durante siglos. Algunas pueden ser además de pésimo gusto. Pero eso no elimina su dimensión simbólica ni su valor como registro de una época.

Cuando entré por primera vez a la antigua sala Junguito del Ministerio de Hacienda -ojalá recupere su nombre- me detuve frente a las fotografías de los ministros de Hacienda de las últimas décadas. ¿Me causaron incomodidad? Sí. Pero no por la existencia de la galería, sino por lo que revelaba: solo hombres, ninguna mujer en las decisiones económicas del país.  Tampoco rostros diversos. 

Los retratos son símbolos, pero también son documentos.  Los historiadores los analizan. Gracias a ellos sabemos cómo se representó el poder en distintas épocas. Un retrato cuenta, por lo menos, dos historias: la de quien quiso dejar constancia de haber ocupado un lugar y la de la sociedad que hizo posible o excepcional que esa persona llegara hasta allí.

Y es ahí donde la discusión actual me resulta particularmente incómoda. Si creemos que las instituciones públicas no deberían pagar retratos de sus funcionarios, discutámoslo. Pero que sea un criterio para todos, ya sea para retirarlos, definir un formato o decidir su lugar de exhibición.

¿Por qué pedirle a Francia Márquez, primera mujer afrodescendiente en ocupar la Vicepresidencia de Colombia, que retire su retrato? Esa petición también tiene una carga simbólica: pedir que su rostro no esté junto a los de quienes antes ocuparon ese cargo es invisibilizarla e impedir que esa galería dé cuenta de lo que significó su llegada. No porque su gestión deba quedar exenta de crítica, ni porque el retrato la convierta en una buena vicepresidenta. Precisamente porque la memoria no es un homenaje. Dentro de unas décadas, quien observe esos rostros podrá preguntarse quién fue esa mujer, por qué su llegada constituyó un hito y si abrió el camino para que más mujeres y más rostros diversos hicieran parte de quienes gobernaron este país.

El problema no son los retratos en sí, sino lo que hacemos con ellos. Más que esconderlos en despachos a los que casi nadie ingresa, se podrían dejar en espacios abiertos: una galería, un museo de la administración pública o recorridos abiertos donde los ciudadanos pudieran mirar los rostros de quienes han gobernado y hacerse preguntas sobre el poder.

Colombia está llena de símbolos y rituales. Algunos merecen desaparecer. Otros necesitan ser reinterpretados. Tal vez los retratos pertenezcan a estos últimos: no como altares de quienes ejercieron el poder, o egolatrías, sino como rastros de una historia que vale la pena conservar.  

Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
MJvillaveces@razonpublica.com.co |  + posts

Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.

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Marta Juanita Villaveces Nino

Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.

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