
De la revolución al milagro: 35 años de desarrollo
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Cada época tiene su propio lenguaje. Hablar de apertura económica remite a los años noventa; de seguridad democrática, a los dos mil; de paz, a la década pasada. Algo similar ocurre con los Planes Nacionales de Desarrollo. Desde la Constitución de 1991, el Plan Nacional de Desarrollo se convirtió en un mandato constitucional. Cada cuatro años, el Gobierno presenta el documento que orientará las prioridades, las inversiones y las metas del Estado. Sin embargo, el título no es un detalle menor y logra concentrar en breve la narrativa del gobierno: su forma de entender y abordar el desarrollo y el país que aspira construir.
El recorrido por los últimos treinta y cinco años permite leer no solo la evolución de los gobiernos, sino también los cambios en la manera de entender el desarrollo y la relación entre el Estado, la sociedad y la economía. Los nombres de los planes nacionales son, en ese sentido, pequeñas piezas de historia: condensan los problemas que cada época considera prioritarios y la forma en que imagina su solución.
Los años noventa estuvieron marcados por el entusiasmo de la nueva Constitución, la apertura económica y la expectativa de que Colombia pudiera integrarse plenamente a un mundo cada vez más globalizado. La Revolución Pacífica, El Salto Social y Cambio para Construir la Paz reflejan esa confianza en la capacidad transformadora de la política. Detrás de esos nombres aparece una idea relativamente compartida del desarrollo: crecer económicamente, ampliar la inversión social para reducir la pobreza y construir condiciones de seguridad que hicieran posible la confianza, el crecimiento y la inversión. El desarrollo se concebía como una tarea de modernización institucional y económica que permitiría cerrar las brechas (principalmente sociales) acumuladas durante buena parte del siglo XX.
El cambio de milenio modificó ese horizonte. La crisis económica de finales de los noventa, el deterioro de la seguridad, el fracaso del proceso de paz del Caguán y la creciente preocupación por la capacidad del Estado para ejercer control sobre el territorio desplazaron las prioridades. En ese contexto, el crecimiento económico y la seguridad dejaron de entenderse únicamente como objetivos del desarrollo para convertirse en condiciones de consolidación del propio Estado. Los dos planes de desarrollo de Álvaro Uribe Vélez, Hacia un Estado Comunitario y Estado Comunitario: Desarrollo para Todos, lo revelan. Se pasa de buscar mecanismos para cerrar brechas frente a los países más desarrollados a pensar qué tipo de Estado se necesita para recuperar el control territorial y generar las condiciones para el crecimiento económico y la iniciativa privada.
El siguiente giro también resulta revelador. A medida que el país recuperó capacidades institucionales y la seguridad dejó de ocupar el centro del debate, el lenguaje de los planes nacionales volvió a desplazarse. La preocupación pasó del Estado hacia la sociedad. Prosperidad para Todos y Todos por un Nuevo País hablan menos de la arquitectura institucional y más de las personas y la sociedad. La prosperidad deja de ser un objetivo exclusivamente económico para convertirse en una aspiración compartida, mientras que la idea de un «nuevo país» señala las posibilidades de la paz y la reducción de desigualdades. En Pacto por Colombia, Pacto por la Equidad se mantiene un objetivo en la sociedad, aunque los mecanismos sean otros: crecimiento e iniciativa privada en un pacto entre Estado y ciudadanía.
Hasta ese momento, puede decirse que cada gobierno, con matices distintos, compartía una concepción clásica de desarrollo: un catch-up económico, social e institucional que favorece las condiciones para la acción colectiva, claro por distintas vías. El gobierno se encargaba de encarrilar esos supuestos para objetivos públicos: seguridad, crecimiento, calidad de vida, principalmente. Sin duda, esto no desconoce la filigrana y matices de cada plan y sus sectores estratégicos pero cada título contiene la idea motor para alcanzarlo.
El giro de 2022 fue distinto. El lenguaje de Colombia, Potencia Mundial de la Vida muestra un cambio de enfoque: el desarrollo deja de definirse únicamente por objetivos nacionales y empieza a expresarse mediante una aspiración de alcance universal y propone ya no sólo una discusión sobre condiciones materiales sino sobre condiciones éticas: la vida o las vidas en dimensión global. Esa misma idea trascendental estará presente, intuyo, en el título del próximo Plan Nacional de Desarrollo: el lema de Patria Milagro. Detrás de ese concepto del milagro hay un elemento trascendental que remite a lo místico y lo simbólico y que evoca un orden pasado y perdido: parodiando a Marx: recuperar lo sólido que se desvaneció en el aire.
Recorrer los lenguajes del desarrollo es recorrer las aspiraciones de cada época: de las certezas desarrollistas de los noventa a un lenguaje que ubica los logros en lo trascendental. De la Revolución al Milagro, pasando por Saltos, Pactos, Estado Comunitario, Potencia Mundial de la Vida, son lenguajes que pasaron del énfasis en la planeación, las instituciones y la acción pública hacia un lenguaje que moviliza emociones e identidades, quizá reflejando también un giro simbólico en la sociedad.
Acerca del autor

Marta Juanita Villaveces Nino
Economista, MSc en Política Comparada y PhD en Estudios Políticos. Profesora Asociada, Facultad de Ciencias Económicas, Universidad Nacional de Colombia. Ex Decana de la FCE, Ex viceministra técnica de Hacienda.
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