La competitividad de Colombia: agujero negro
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Un reciente informe sobre competitividad en Colombia demuestra que hay muchos problemas en esta área debido a la debilidad del Estado y la mala calidad de las gerencias nacionales. ¿Cómo salir de este agujero negro?
Jaime Acosta Puertas*
Sin proyecto de país
Una cosa dice el gobierno sobre el “milagro” económico de Colombia y otra cosa distinta dicen los estudios basados en mediciones objetivas.
El último informe del Consejo Privado de Competitividad (CPC) muestra que ni los empresarios, ni el gobierno, ni las universidades ni las regiones están haciendo bien sus tareas ni están logrando la transformación productiva del país. Por supuesto hay excepciones, pero estas no alcanzan para ver la luz al otro lado del túnel.
Colombia va como el cangrejo: un paso adelante según el optimismo del gobierno y dos pasos atrás en la comparación internacional.
Es un hecho sistemático: en los treinta indicadores del Índice Global de Competitividad del Foro Económico Mundial, en los del Institute for Management Development (IMD), en los del Doing Business del Banco Mundial, en los del Índice Global de Innovación (IGI) y en los escalafones educativos (como las pruebas PISA) Colombia va como el cangrejo: un paso adelante según el optimismo del gobierno y dos pasos atrás en la comparación internacional.
De los resultados positivos, el más importante es el comportamiento macroeconómico. Pero esto no basta para avanzar en la productividad. Una buena gestión macroeconómica -incluida la política tributaria- debe estimular la inversión elevada y sostenida en los sectores productivos más dinámicos; pero Colombia no tiene una estrategia de inversión de largo plazo, ni de ciencia y tecnología, ni de educación, salud, desarrollo regional, infraestructura, medio ambiente o desarrollo rural.
Y al no haber proyecto de nación, no hay proyecto de desarrollo productivo, del conocimiento, de la innovación, de ciudades y regiones, o de recursos naturales. La falta de proyecto nacional se refleja y se reafirma en la falta de convicción sobre el valor y el papel decisivos del conocimiento, la creatividad y la innovación para el desarrollo económico, así como en la falta de identidad y de conciencia sobre nuestro lugar y nuestras perspectivas en el proceso de globalización. ¿A qué se debe este “agujero negro” de la productividad?
Estado débil
El crecimiento y el desarrollo de Colombia se han dejado en manos de los agentes del mercado, cuando en la literatura especializada, en la historia y en la evidencia contemporánea está muy claro que el Estado deben intervenir e invertir en aquellos desarrollos productivos, científicos y tecnológicos que los agentes privados no asumen porque no son de su interés o por sus riesgos elevados. Basta mirar los ejemplos de Israel, de Corea o de cualquier otro país exitoso durante las últimas décadas.
Un Estado fuerte encabeza y concierta con el sector privado los procesos necesarios para el desarrollo productivo duradero y estratégico, pero un Estado débil por falta de herramientas económicas o legales no puede conducir procesos de largo aliento ni convocar a los grandes capitales privados. Basta mirar cómo en Colombia los grandes capitales se dedican a comprar hoteles, a negocios inmobiliarios o a instalar cervecerías, pero invierten poco o nada en los nuevos sectores de servicios o en las industrias de alta tecnología. Consecuencia de un Estado débil y de una dirigencia que en su mayoría es rentista, inmediatista y poco innovadora.
![]() Túnel falso de El Cune, en Villeta. Foto: Agencia Nacional de Infraestructura |
Malos gerentes
El informe del CPC muestra que las gerencias en Colombia no son, en general, de buena calidad. Y sin embargo, según el mismo estudio, nuestros gerentes crean ser “los mejores”.
Este contraste preocupa porque sugiere que los “éxitos” de gerencia se dan en negocios poco sofisticados, de franquicia o especulativos, pero no en emprendimientos realmente innovadores, de inventos que signifiquen alzas reales en la productividad. Los medios del jet set son también responsables de esta situación porque inflan el ego de los gerentes al mostrarlos como ganadores “de talla mundial, lo que cual implica una distorsión cultural.
Los gerentes son las cabezas del mercado, y si estas tienen poca capacidad para dirigir sus propias organizaciones, difícilmente podrían impulsar la diversificación o la transformación de la economía hacia bienes y servicios sofisticados, o para aprovechar las oportunidades fascinantes de la investigación, de la innovación, de la creatividad y del trabajo en equipo. Los gerentes rentistas o mediocres se convierten en verdugos de la innovación, en lugar de ayudar a que empresas, universidades y Estado conviertan a Colombia en una sociedad innovadora.
La mala calidad de las gerencias explica en mucho por qué, según el CPC, la inversión en innovaciones es baja y es cada vez menor en innovación sofisticada. En el sector industrial, esta inversión cayó de un 11,8 por ciento a un 0,2 por ciento en nueve años. La situación es peor en los servicios, pues de 2,6 se pasó a 0,3 por ciento, y el panorama es más desolador si se recuerda que el porcentaje de empresas que no innovan pasó del 57 al 73 por ciento.
Colombia no ha superado la idea de la “innovación espuma” es decir, la innovación incremental, la de lo ya inventado, la de mantenerse en la zona de confort, de manera que aun no comprendemos la innovación como un asunto serio, creativo, inteligente, estimulante y sostenido. La política de competitividad podrá haber avanzado, pero las políticas de educación, ciencia y tecnología han hecho poco para cambiar las mentalidades y la calidad de los recursos humanos.
![]() En Colombia hay gerencias de poca calidad, vanagloriadas por las revistas de farándula. Foto: Fabio Aro |
¿Qué hacer?
Pese a todo lo anterior, por fin parece que están convergiendo voluntades en torno a una política de desarrollo productivo que se asiente sobre cuatro pilares:
1. Actividades nuevas de alta tecnología a partir de los recursos intelectuales y los recursos naturales de Colombia;
2. Mejoría y diversificación de la competitividad;
3. Exportaciones más sofisticadas para revertir la tendencia perversa de recursos mineros y energéticos de enclave, y
4. Oportunidades avanzadas para la equidad.
Se trataría de una política de desarrollo productivo (PDP) liderada por el presidente de la República, un consejo y una misión técnica que se reúnan con frecuencia. La PDP sería un instrumento de Estado y no de gobierno, que mire hacia los años 2030 – 2040, y su diseño debería revisarse cada par de años. El equipo técnico sería interdisciplinario e intersectorial, e incluiría expertos en educación, ciencia, tecnología y regiones.
El porcentaje de empresas que no innovan pasó del 57 al 73 por ciento.
Por su parte el Consejo Nacional de Competitividad debe convertirse en el Consejo Nacional de Desarrollo Productivo y de Innovación. La idea de competitividad que nació con la apertura está agotada, y ahora es claro que la competitividad solo es buena si acompaña al cambio estructural.
La competitividad por la competitividad no estimula la innovación, la creatividad o el emprendimiento. El énfasis debe entonces desplazarse hacia los entornos de la productividad, hacia el cambio de mentalidades y hacia los objetivos del desarrollo nacional.
No obstante los problemas de innovación y gerencia, hay empresas y conglomerados que trabajan por la transformación productiva, con accionistas, presidencias y equipos innovadores, como el Sindicato Antioqueño, la Organización Corona, Alpina, Belcorp, algunas multilatinas y otras empresas medianas, que deben mostrar cómo adelantan sus procesos de transformación.
La mejor pedagogía para un país con rezagos es mostrar que las empresas investigan, emprenden e innovan en alianza con centros de investigación, y que detrás de los productos que ofrecen hay biólogos, matemáticos, físicos, químicos, ingenieros, diseñadores y administradores visionarios.
Hay que mostrar que la innovación y el conocimiento no son exclusivos de países más avanzados, sino que en Colombia tenemos capacidades y tenemos resultados. Mostrar esos desarrollos es más importante que mostrar filas de adictos (los esclavos del siglo XXI) haciendo cola para comprar.
Por último, hay que desarrollar ciudades y regiones de innovación sostenibles, como plataformas de la política productiva donde florezcan el conocimiento y la innovación.
El posconflicto debe estimular cambios en las mentalidades para que puedan cambiarse las políticas. La paz debe liberar el conocimiento, la innovación y la creatividad.
* www.jaimeacostapuertas.blogspot.com
@acostajaime
Acerca del autor
Jaime Acosta
* Analista político, consultor e investigador independiente experto en economía de la innovación.
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Un reciente informe sobre competitividad en Colombia demuestra que hay muchos problemas en esta área debido a la debilidad del Estado y la mala calidad de las gerencias nacionales. ¿Cómo salir de este agujero negro?






