El lugar de Colombia en el mapa de la competitividad y la innovación - Razón Pública
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El lugar de Colombia en el mapa de la competitividad y la innovación

Escrito por Jaime Acosta
manaure

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Jaime AcostaEn Colombia no hay política económica sino apenas política macroeconómica. Por eso no salimos del atraso. Para lograr el despegue necesitamos cambios radicales en innovación, educación, ciencia y tecnología, desarrollo regional…

Jaime Acosta Puertas*

Atrasados

Colombia no ha asumido con responsabilidad su persistente ubicación en un vergonzoso lugar de la competitividad mundial y en el deplorable puesto 60 en el índice global de innovación.

Hace algunos años Taiwán perdió cinco puestos en el índice de competitividad, pasando  del puesto noveno al decimocuarto. Esto  hizo que el primer ministro reuniera al Consejo de Gobierno para analizar la situación y durante un año monitoreara personalmente las medidas para recuperar los puestos perdidos. Esa es la diferencia entre naciones que avanzan y países que poco hacen para remediar su pobre desempeño. Es la distinción entre naciones emergentes que ya casi alcanzan el desarrollo, y naciones rezagadas que aun piensan en crecimientos del 4 por ciento. Es la distancia que hay entre países como Corea, Taiwán, Singapur, Israel….y Colombia.

Las causas de la mala clasificación son muchas y algunas muy conocidas: las instituciones, los problemas de infraestructura, los déficits en innovación, la educación, entre otras.

Edificio inteligente, sede de las Empresas Públicas
de Medellín.
Foto: Edgar Jiménez

Equilibrio, pero no crecimiento alto

También hay una paradoja: mientras que la política macroeconómica obtiene altas calificaciones por sostener los balances, se han consolidado excesos doctrinarios fatídicos como aquel de que “la mejor política industrial es una buena política macroeconómica” o “la mejor política industrial es no tener política industrial”. En otras palabras, persiste un modelo de crecimiento sin una clara idea de desarrollo.  

Pese al buen desempeño macroeconómico, Colombia ha tenido un mediocre crecimiento promedio anual del 3,5 por ciento en los últimos cincuenta años, con periodos cortos alrededor del 4 o el 4,5 por ciento. Es decir, ha crecido a punta de política macroeconómica; pero, de mantenerse ese enfoque, jamás logrará tasas sostenidas superiores al 6, 7 u 8 por ciento anual, por lo cual el acceso a los  umbrales del desarrollo será una utopía que no verán ni los bisnietos.

Un mayor crecimiento no será posible con las instituciones que se tienen, con  la actual estructura productiva ni con las políticas que la acompañan. El crecimiento inercial con bajas tasas no conduce a una nueva fase de desarrollo ni permite cerrar las brechas respecto de los países más avanzados.

Las economías en desarrollo con bajas tasas de crecimiento se limitan a ser espectadoras de aquellas otras donde se adoptan políticas heterodoxas y se hacen cambios estructurales que conducen por sendas sostenidas de entre el 6 y el 10 por ciento promedio anual durante muchos años.

Colombia no ha asumido con responsabilidad su persistente ubicación en un vergonzoso lugar de la competitividad mundial y en el deplorable puesto 60 en el índice global de innovación.

Esta ha sido la experiencia de naciones de Asia, como también de Israel y de las economías emergentes de los países nórdicos. Sin embargo, a los países asiáticos aún les restan dos, tres o cuatro décadas más de alto desempeño sistémico, como a China, que tiene puesto el foco en el 2050. Se necesita cerca de un siglo de trabajo sostenido, planificado, autónomo y creativo para transitar del estado de economía de menor desarrollo relativo al estatus de economía emergente dinámica, y de ahí al de economía avanzada.

Colombia no cumple con estas características y si no cambia pronto su idea de crecimiento nunca lo logrará. No trascenderá más allá de ciertas modernizaciones de vitrina y de la reducción relativa de algunos desequilibrios sociales como la pobreza, la indigencia, la informalidad y las coberturas de necesidades básicas.       

Caldera para generación de energía eléctrica en
Barranquilla.
Foto: Palacio de Justicia en Bogotá.

Motores del crecimiento

Los núcleos dinámicos de una economía de mercado son el sistema productivo y  la capacidad de transformación sostenida. Estos factores permiten transitar de país productor de bienes primarios a país fabricante de manufacturas de baja complejidad (textiles, confecciones, manufacturas de cuero…); luego a productor de bienes de media y alta complejidad (automóviles, electrodomésticos, productos químicos, bienes de capital…), hasta llegar a bienes de alta tecnología (industria aeronáutica, farmacéutica, instrumental, equipos científicos y de precisión, TICs, otras industrias de nuevas tecnologías).

Paralelamente, estas economías construyen de manera sostenida poderosos sistemas de producción, competitividad, innovación y emprendimiento, respaldados por vigorosas  políticas de educación, de ciencia y tecnología, y de desarrollo regional.

No obstante, el asunto no es producir como maquiladores, sino como desarrolladores, pasar del hecho en Colombia al creado en Colombia. Es despojarse del subdesarrollo y construir desarrollo. Estos son los procesos de transformación productiva o de cambio estructural e institucional, impulsados por una herramienta proveniente de las nuevas teorías del desarrollo: las nuevas políticas industriales y de innovación.

Colombia renunció a esta senda y es por eso que a punta de política macreoconómica solo crece a tasas modestas. Mientras tanto, ese es el camino que tomaron no solo los países más desarrollados desde la Revolución Industrial, y los países emergentes de los últimos sesenta años, sino también Brasil en las dos últimas décadas, y, más recientemente, Ecuador.

Tanto se han exagerado la importancia y las bondades de los equilibrios macroeconómicos, que hasta se oye decir que el Ministerio de Hacienda debería coordinar la política industrial, o también el Departamento Nacional de Planeación, pero no el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo (así lo afirma, por ejemplo, el exministro Guillermo Perry en columna de El Tiempo): confusión conceptual y prepotencia macroeconómica.

¿Por qué la confusión?

Hay dos razones fundamentales:

Persiste un modelo de crecimiento sin una clara idea de desarrollo.   

· La ya dicha: en Colombia, la macroeconomía “resuelve” todos los problemas y está por encima de las demás políticas de Estado.

· Colombia tomo su idea  de una “política de competitividad” del otrora famoso pero hoy venido a menos Michael Porter, del desprestigiado Fondo Monetario Internacional (FMI) y de los TLC, en lugar de adoptar una política industrial basada en la productividad y la competitividad para crear capacidades y ofertas nuevas, que resulten en una mejor posición negociadora en los escenarios del libre comercio. El ministerio de la política industrial es visto como una herramienta para mejorar lo que existe pero no para transformar el sistema productivo. Por eso, el Programa de Transformación Productiva, ayuda a mejorar la competitividad de algunos sectores pero no induce el cambio estructural. Del nombre al hecho aún hay trecho.

Error conceptual

Cuando la política macroeconómica “resuelve todo” se cree que los agentes privados son quienes asumen y resuelven todas las fallas del mercado. Es un desvarío teórico.

Desde este enfoque se supone que el Estado no es más que un blando regulador, un simple observador, útil para repartir incentivos económicos y dadivas sociales, pero inútil para los fundamentales del desarrollo. La transformación productiva, el avance de la educación y de la ciencia y la tecnología, así como la autonomía de las regiones, se consideran factores residuales y discursivos; y se cree que hacer infraestructura, ser demasiados generosos con las multinacionales, vender ISAGEN y otros activos estratégicos, conforman un “marco perfecto” de políticas.

Se trata, claramente, de otro enfoque equivocado de economía política e institucional, porque en cualquier circunstancia la visión correcta es aquella que permita integrar Estado y mercado para subsanar las fallas de uno y de otro. Esto significa pasar de la idea de una imperfecta sociedad de mercado a una equilibrada sociedad con mercado. Colombia optó por la primera hace 23 años y el balance es desalentador: lugar 69 en el mundo.

Se necesita cerca de un siglo de trabajo sostenido, planificado, autónomo y creativo​

En el posconflicto, el desafió será construir una sociedad con mercado. Se requerirá una nueva Constitución porque la de 1991 tiene vacíos de concepción y porque en dos décadas ha sido más manipulada que una prepago y más zurcida que blue jean viejo.

Desarrollo, reformas y posconflicto

Además de resolver los problemas agrarios y de la minería premoderna de enclave, la política económica debe incluir una estrategia industrial y de innovación como gesto geoestratégico y geopolítico. Esta estrategia debe integrar educación, ciencia, tecnología,  emprendimiento de alta tecnología y desarrollo regional, y debe además ser respaldada por una política macroeconómica funcional al desarrollo y no al crecimiento perezoso y nada creativo del 4 por ciento.

Entre los cambios necesarios se cuentan:

· Reestructurar el Departamento Nacional de Planeación para que piense y coordine un ramal de nuevas políticas públicas de largo plazo.

· El Ministerio de Hacienda no debe limitarse a administrar la hacienda, sino las   finanzas de la nación.

· Debe consolidarse un Ministerio de Industria, Comercio y Emprendimiento y convertir a Colciencias en Ministerio.

· Fortalecer a las universidades públicas y trazarles una hoja de ruta a las privadas para que sean centros de excelencia y no organizaciones con ánimo de lucro. De forma complementaria, se necesita cambiar el sistema de educación, becar a tanta gente de grandes capacidades pero con ingresos medios y bajos, para que ese enorme potencial se oriente a la investigación, a la innovación, a la creatividad, a la educación, a la cultura.

En conclusión: la estabilidad macroeconómica es una condición fundamental, pero no la única ni la principal para saltar al desarrollo. Es un instrumento poderoso y necesario, pero nada más.

El recurso humano, la transformación productiva, el desarrollo regional, y la construcción de instituciones incluyentes, están por delante. Es así como se genera equidad, capacidades y oportunidades de calidad: un nuevo futuro para Colombia, una cultura alegre, pero adolorida, violentada y abandonada.

 

** Consultor e investigador independiente C&I.

http://www.jaimeacostapuertas.blogspot.com

@acostajaime 

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