Reactivación sin reindustrialización en Colombia | Razón Pública 2024
Foto: Secretaría de Desarrollo Económico

Reactivación sin reindustrialización en Colombia

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Para el avance de la economía nacional es necesario empezar el camino de la reindustrialización de Colombia. ¿Por qué no hemos logrado avanzar en este tema?

Jaime Acosta Puertas*

Crisis multisistémica 

La economía colombiana ha empeorado en medio de un contexto internacional sin estabilidad política y económica. Se trata de una crisis producida por factores externos e internos.  

Los primeros: deuda externa desbordada, comercio internacional ralentizado, crecimiento medio y bajo de las economías, amenazas geopolíticas de distinto tipo, precarios mandatarios en las potencias occidentales, poca importancia de ciertos organismos internacionales, y mucha importancia de la banca internacional de desarrollo y financiación. 

Los préstamos de corto plazo para solventar la crisis del Coronavirus no tienen coherencia. Pareciera que su propósito fuese sobreendeudar a los países en desarrollo para luego apoderarse de su economía y activos, incluidos los que no se ven –como los provenientes de la explotación de carbón sobre los que la Corte Constitucional reconoció beneficios tributarios a multinacionales que se empezarán a ir en 2034 y dejarán daños ambientales para 2090–. 

La precariedad de las políticas económicas de los últimos treinta años ha conducido a una economía frágil, desindustrializada, extractivista, con baja productividad y una descomunal corrupción en expansión entre políticos, entidades públicas y empresarios.

Lo mismo ocurrió con las zonas francas, cuando se consagraron incentivos tributarios para todo tipo de empresas y no únicamente para las exportadoras. Por estas dos decisiones se redujo a la mitad los ingresos esperados con la Reforma Tributaria de 2022. Al hacerle daño al gobierno progresista, le hicieron daño a la nación. 

Los segundos: la precariedad de las políticas económicas de los últimos treinta años ha conducido a una economía frágil, desindustrializada, extractivista, con baja productividad y una descomunal corrupción en expansión entre políticos, entidades públicas y empresarios, son también factores que han aportado a una deuda externa  que pasó del 33,2% al 57,1% del PIB entre 2012 y 2024, y que se estima –en un escenario muy optimista–, que puede superar el 80% en 2050, según Jorge Iván González en su artículo La crisis sin precedentes de la deuda pública en la Revista Sur. 

Según él, hay cuatro razones que explican este elevado endeudamiento: los créditos de corto plazo contratados por el expresidente Iván Duque, la financiación del Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles, el congelamiento de las tarifas de servicios públicos por la pandemia –los cuales el Estado debe compensar–, y los faltantes de las concesiones de los peajes por culpa del Coronavirus. Estos son acumulados que el gobierno del presidente Petro ha recogido y suman 52 billones de pesos. 

Los anteriores son comportamientos recientes, algunos ocultos, otros politizados, pero todos en deterioro. Tan preocupantes como los de la deuda, son los asociados a la estructura de producción nacional y su transformación para un crecimiento más alto y menos vulnerable.  

Entonces las soluciones son más complejas, porque una elevada deuda pública con compromisos de corto plazo, le resta recursos a la reindustrialización y a la inversión social. Además, como no se ha generado un ambiente político para un acuerdo nacional por la soberanía y un desarrollo productivo sostenible e innovador, la discusión sobre el modelo de Estado, sociedad y del lugar de Colombia en el mundo se ha centrado en lugares comunes de corto plazo, y una pugnacidad sin sentido ni contenidos positivos. 

La apertura neoliberal desindustrializó a Colombia y abatió la soberanía alimentaria. La balanza comercial de productos agrícolas es cercana a cero: por un peso que se exporta, un peso que se importa. El caso de la industria es dramático porque más del 92% de las importaciones son productos industriales, mientras que todas las exportaciones distintas a los minero- energéticos no superan el 45% del total exportado. Es decir, Colombia tiene un déficit comercial industrial sostenido del 50%, lo cual determina un déficit de productividad, innovación, investigación, recursos humanos, emprendimientos innovadores y disruptivos, y de brechas interregionales inaceptables. 

Quienes piden bajar aranceles de insumos y bienes de capital para la industria están aceptando el fracaso de las políticas de competitividad y transformación productiva de los últimos treinta y dos años. Esta medida tiene pocos efectos, pues la tecnología por sí sola no aumenta la productividad, diversifica la producción o aumenta las exportaciones. Por el contrario, son el conocimiento, la inteligencia y la creatividad asociadas al aprendizaje, la producción y el desarrollo tecnológico lo que hace posible un desarrollo sostenible e innovador. 

Foto: Presidencia de la República - El presidente Petro anunció en la convención anual de Asobancaria que pronto estará listo un paquete de medidas económicas, para presentarlo al Congreso de la República.

¿Del extractivismo fósil al extractivismo verde? 

Se podría resumir así la evolución del PIB sectorial en Colombia desde hace cincuenta años: la industria pierde 50% de participación en el PIB, pero aumenta más de 60% la participación de la producción minera.  

Entre 2005 y 2022, la participación de la minería en la industria manufacturera pasó del 28.3% al 37.6%. Si se resta la participación de la minería, la industria manufacturera disminuyó su participación en el PIB del 9,3% entre 2006 y 2015 al 7% entre 2016 y 2022, cuando en 1990 superaba el 20%. 

Así, la desindustrialización es un proceso negativo sostenido que explica por qué no sucedieron los desarrollos asociados a la producción minera, razón por la cual las cadenas de valor en los eslabones de mayor contenido tecnológico no existen en las actividades extractivas, sobre todo con el carbón. 

Este panorama remata con el menor aporte esperado de las exportaciones en el PIB estimadas, respecto a economías emergentes y avanzadas, un 70% menos, teniendo en cuenta el tamaño de la economía y de la población de Colombia. 

Después del extractivismo fósil –que no dejó crecer bien y menos desarrollar a Colombia–, está el riesgo de caer en un extractivismo verde, en el cual el país pone el recurso al servicio de las energías alternativas, el mercado y la mano de obra de menor calificación, mientras las multinacionales entregan tecnología sin transferencia ni aprendizaje para la nación. Es decir, no habría aporte a la reindustrialización nacional. Hay que ponerle atención a la manera en que se incorporan las energías alternativas al sistema productivo y de innovación, porque un extractivismo verde no sería el camino correcto. 

El extractivismo fósil ha dejado muchos problemas y se puede repetir la historia si la política de reindustrialización, junto a la de energías alternativas, ciencia y tecnología, educación y desarrollo regional, no hacen una tarea coordinada y sustentada en generar capacidades nacionales, en cuyo contexto se puede atraer inversión extranjera y establecer acuerdos internacionales en investigación y desarrollo. 

No es inteligente comparar a Colombia con Brasil y México 

Quienes afirman que la inversión privada ha caído por falta de libertades a las empresas, aludiendo que en Brasil y México los gobiernos son de izquierda, pero dejan trabajar a los empresarios, están diciendo una barbaridad. 

México, por el TLC con Estados Unidos, desde mediados de los años 1980, se ha convertido en una potente plataforma de industrias de maquila de alta tecnología. Por eso es la economía número 12 del mundo. 

Por su parte, Brasil es una potencia emergente del grupo de los BRICS y es la sexta economía más grande del planeta, con sectores primarios en los que es el primer productor del mundo, así como en actividades de alta tecnología en las cuales compite a escala mundial. La industria aeroespacial es una de ellas. Además, su inversión en investigación y desarrollo está por encima del 1,2%del PIB, mientras que Colombia jamás ha superado el 0,30%, y en México es el doble. 

Un proceso de reactivación para Colombia debe incluir ajustes estructurales en lo tributario y en la aprobación de reformas sociales para poner a Colombia en una senda de equidad, modernización, oportunidades, transparencia, estabilidad y cierre de brechas interterritoriales.

Reactivación sin reindustrialización no es reactivación 

El gobierno nacional lleva dos meses preparando un paquete de medidas económicas para reactivar la producción. El presidente Petro anunció en la convención anual de Asobancaria que pronto estará listo para presentarlo al Congreso de la República. 

Sin embargo, un proceso de reactivación para Colombia debe incluir ajustes estructurales en lo tributario y en la aprobación de reformas sociales para poner a Colombia en una senda de equidad, modernización, oportunidades, transparencia, estabilidad y cierre de brechas interterritoriales. Como dice Laura Quintana, “el capitalismo produce todo el tiempo sufrimiento social”, y en Colombia aún más por la combinación entre rezago productivo, inequidad, ilegalidad, violencia y corrupción. 

La reactivación debe darse en el marco de la política nacional de reindustrialización. El presidente debe hablar de reindustrialización, de misiones intersectoriales, de impactos regionales, y enriquecer su discurso sobre el desarrollo en la economía de la innovación. Esto también lo debe hacer el nuevo ministro de Industria, Comercio y Turismo, junto a la ministra de Ciencias, y ambos con cada uno de los ministros y ministras de las apuestas estratégicas de la política nacional de reindustrialización. 

El presidente expresa que uno de los objetivos del paquete económico que enviará al Congreso es impulsar sectores estratégicos. La política de reindustrialización los tiene claramente definidos: agricultura con agroindustria, industrias de salud, energías alternativas, sistemas de movilidad, y defensa y vida asociada a la industria aeronáutica y naval. A las que se puede sumar el turismo, como estrategia complementaria. 

Sin embargo, parece que la política de reindustrialización hubiera sido elaborada en otro planeta, porque no se constata una apropiación en el gobierno, en los gremios, en las empresas, en la academia, en los políticos y en las cortes. 

Van dos años del gobierno progresista y la reindustrialización no arranca. El peligro está en adoptar el mismo talante de paliativos de otros momentos de inflexión de la economía. La situación externa e interna muestra la necesidad de cambiar los esquemas mentales de pensar el desarrollo hacia una nueva sociedad producto de algo desconocido: el calentamiento global en el contexto de un nuevo orden geopolítico en construcción o en destrucción. 

La pugnacidad de Colombia en el espacio político está alejada de la compleja realidad interna y externa. Son tiempos para sumergirse en la reciente filosofía, y en debates progresistas luego de dos siglos de un radical conservatismo. 

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Jaime Acosta

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Jaime Acosta

* Analista político, consultor e investigador independiente experto en economía de la innovación.

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