
¿Quién está con Petro?
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Cada semana en este país ocurre algún episodio en la esfera política que se nos ha convertido en una interminable tragicomedia. La semana pasada durante mi clase tuve que detener mi explicación sobre la mano invisible de Adam Smith, solo para poner a mis estudiantes en contexto de la parafernalia que estaba viviendo el Congreso de la República.
Les pregunté entonces si ellos entendían lo que estaba ocurriendo hoy. Muchos, bastante contextualizados, otros decepcionados, otros desinteresados. Entendí un poco que los jóvenes parecen haber perdido bastante interés por las luchas revolucionarias y aunque el 90% de mis estudiantes nunca ha votado y el 2026 será su inicio en la vida democrática, no logré encontrar uno solo que crea en el proyecto político de Petro. Esto me sorprendió porque, aunque esto pueda reafirmar el estigma, estoy dando clase en la Universidad Nacional. ¿Cómo es posible que incluso allí no se sienta la esperanza del gobierno del cambio?
Puede no ser una idea generalizada, pero en mi época de estudiante incluso en la facultad de ciencias económicas, éramos mayoría los que manteníamos la fe en las apuestas de izquierda. Al encontrar esa resistencia al petrismo, traté de indagar cuales son esas ideas que les mueven las fibras o que los hace vibrar en la esfera política. Para mi sorpresa no necesariamente es que los jóvenes estén aislados de los sueños progresistas, sino que no se ven reflejados en los resultados del gobierno del cambio. Y aunque no puedo decir que esa sea la norma generacional me impresiona mucho lo potente que puede ser una decepción de ideales para lograr transformar completamente una postura política.
Entre sus principales comentarios estaba lo que se escucha en el votante mediano: alianzas con políticos tradicionales como Armando Benedetti, relaciones con personas cuestionadas jurídica, política y moralmente como Hollman Morris, desprecio hacia las voces femeninas como Susana Muhammad o la misma Francia Márquez y un absoluto desinterés por hacer cambios realmente estructurales. Uno de mis estudiantes me dijo que, él creía que la reforma laboral, era el último recurso que tenía el gobierno para tratar de fortalecer votos para las siguientes elecciones y que había quemado todos sus cartuchos políticos en las reformas previas y ahora buscaba apelar a la indignación ciudadana con algo que nos toca a todos. Usó una frase que me impresionó en la voz de un joven de 18 años: “Petro no sabe gobernar entonces gobierna con lo único que realmente sabe hacer y es crear discursos retóricos de oposición e indignación. Solo no se ha dado cuenta que ahora el gobierno es él”. Me pareció fuerte y poderoso, sentí orgullo de la mirada crítica que a veces me cuesta encontrar en una generación que parece cada vez más desinteresada de su realidad y la de los otros, pero especialmente me hizo preguntarme ¿con quién está Petro? Yo, que salí a votar por el dos veces y lloré con emoción el día que ganó me pregunto si hoy, genera ese sentimiento de esperanza y cambio en alguien. Si su ego y su narcisismo aun le permiten pensar en un país diferente porque realmente le importa la gente. O si más bien debo sumarlo a la lista interminable de políticos hipócritas que apelan siempre a un interés absolutamente egoísta.
Que mi pequeña muestra de jóvenes que son mis estudiantes, de distintas clases sociales, con historias familiares diferentes, varios de regiones que vinieron a Bogotá porque es la única oportunidad que tienen de estudiar. Esos jóvenes a los que también en este gobierno se les ha fallado con las promesas incumplidas de acceso a la educación en las zonas periféricas o de condonaciones falsas en sus créditos estudiantiles o de mejoras profundas en la calidad de la educación, no sé si hoy están dispuestos a salir a las calles a respaldar un proyecto que hoy parece más haberlos instrumentalizado.
Y lo más decepcionante de todo es que no tengo que decirles. Antes podía apelar a que había que intentar un camino diferente, pero hoy, ¿por quien vamos a votar? ¿para qué sirve la democracia? ¿Qué vamos a hacer cuando los debates y los discursos vuelvan y se llenen de ideas de transformación, pero al final todo es igual? El aporte desde mi clase debería ser buscar que ellos mantengan su interés por las dinámicas políticas que construimos como sociedad, darles las herramientas para mantenerse críticos y participativos, pero como hacer eso cuando ni yo misma creo ya en ellas.
Acerca del autor

Laura León
* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.
2 comentarios





Yo estudié en universidad pública y nunca fui izquierdoso porque la impresión que sentí es que la izquierda es tramposa, tergiversadora, sus integrantes siempre están movidos por rabias, complejos y envidia, por eso nunca fui ni seré de izquierda.
Los estudiantes universitarios en las ciudades viven en un contexto que muy fácilmente olvida que Colombia es un país territorialmente rural en su mayoría, y que las bases de cualquier proyecto de cambio deben tener como fundamento primario el crecimiento de la calidad de vida en el campo en todos sus aspectos, ya que ademas de su riqueza territorial y de recursos biológicos, el campo es quien alimenta a todos incluyendo a las ciudades. En el contexto histórico de un gobierno y una cultura centralista, una propuesta de cambio no se puede dar el lujo de enfocar los recursos del cambio principalmente en las ciudades, esto es algo que ignoran la mayoría de personas sin importar su supuesta ideología o opinión política. Pero ya que los medios de comunicación se masifican y se exacerban mas en las ciudades, esta desconexión con la realidad hace muy fácil que el citadinos solo se mire a si mismo y a los discurso que consume a diario.