El juego de la vida | Laura León | Razón Pública

El juego de la vida

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Hace poco se estrenó el documental de Andrés Ruiz Zuluaga que sigue durante 14 años la vida de cinco familias colombianas de distintos contextos sociales y regiones del país. A través de sus historias, la película muestra cómo la pobreza, las oportunidades, el lugar donde uno nace y las decisiones personales. Llevo un par de semanas queriendo verla y aunque quisiera que esta columna hablara de mi percepción sobre ella quiero hablar de como el juego de la vida me tocó a mí. 

Mi suerte no puede decirse que haya sido desafortunada. Crecí en una familia promedio, en un hogar disfuncional -promedio- con dificultades económicas promedio de toda clase media. Hubo una época donde pasamos una fuerte crisis económica que no entendí hasta el día en que en la universidad me explicaron el esquema Ponzi; en resumen: a principios del siglo XX un inmigrante italiano, Carlo Ponzi, prometía rendimientos a inversiones de capital, pero lo único que hacía era pagar a los inversionistas viejos con lo de los inversionistas nuevos.  Cuando mi profesor de macroeconomía me lo explicó dijo “es como pagar una tarjeta de crédito con otra”. Una práctica que mi mamá implementó muy bien durante años y nos creó la ilusión de una estabilidad económica que no poseíamos. 

En mi casa nunca faltó comida. Pero tampoco faltaron las discusiones por plata, las llamadas incesantes de bancos cobrando y las limitaciones en útiles escolares, uniformes o pagos en la pensión del colegio. Fue una época difícil de la cual tomé consciencia mucho tiempo después. En ese momento, esta concentrada en otra carencia de otro tipo de capital. No el económico, sino el cultural. 

Crecer en un hogar donde eres la primera persona en ir a la universidad marca la diferencia sobre tu percepción del mundo. No tienes referentes más allá de los que te dan algunas clases o los libros que voluntariamente decides leer. La biblioteca de tu casa es distinta: está llena es de los libros de obligatoria compra sobre ciencias, matemáticas o lectura. No conoces mucho más allá de eso. 

Mi proceso fue acercarme a la filosofía y empezar a escribir. Escribía sobre historias ficticias para participar en concursos de literatura. Participaba en olimpiadas de filosofía para obligarme a leer. Encontré la poesía, la fantasía y también el relato vivido. Me di cuenta que, las letras pueden ser la expresión máxima de lo que llevaba el alma. En esa época me atravesó por completo. Fue la forma en la que construí mi propio capital cultural y fue ese camino, el que me llevó a enamorarme profundamente de la Universidad Nacional.

Luego viene entonces el encuentro con el otro capital: el social. La Nacional, como lo he dicho en varias de mis otras columnas tiene un encanto surreal e inexplicable para quienes la habitamos. Una comodidad tan sublime desde lo simple, que siempre sales buscando un lugar en el mundo que te haga sentir tan pleno, tan cómodo y tan poco juzgado con quien eres como cuando estás ahí. Pero la vida es otra cosa. La vida son las redes y los contactos cuando tienes que dejar el amor al arte y la academia para acercarte al mundo real donde te toca trabajar para comer. Ahí te enfrentas a un limitante gigante: no sabes bien como conectar. No te lo enseñaron en ninguna de las fases previas de la vida, no estás lista para salir y creer realmente que tienes una promesa de valor que ofrecer. No sabes con quien hablar. No sabes a quien contactar. Tus papás no son amigos de nadie. Estás ahí, sola, con tu cartón buscando como abrirte camino. 

El éxito en la vida requiere más que talento. Se necesita un poco -o mucho- de suerte. En mi caso, fue tomar la primera opción que tuve a mi alcance, esforzarse mucho por hacerlo bien y contar con la fortuna que mi jefe se convertiría en secretaria de educación de Bogotá. Las puertas se abrieron por un poco de azar. Mucho de mi esfuerzo, pero bastante del azar. 

Es así como realmente las historias se construyen desde lugares tan extraños, con un sinfín de variables que se vuelven difíciles de explicar y de encontrar correlaciones o causalidades. Estamos aquí todos experimentando, intentando sobrevivir, aferrándonos a lo que somos y lo que hemos construido. Todo esto sin contar lo emocional, las pasiones, los hobbies, el resto de la vida que también entra en ese juego y que de una u otra manera es una constante búsqueda donde todos queremos lo mismo, pero nadie sabe como obtenerlo. Queremos conectar pero tenemos miedo. Queremos ganar pero no arriesgamos. Queremos amar pero al primer tropiezo corremos. Queremos ser felices pero no nos esforzamos. Y así se nos pasa el tiempo, en esta ruleta donde las fórmulas no existen y donde la única certeza es el final.

Acerca del autor

Laura León
lleon@razonpublica.org |  + posts

* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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