La costosa fragilidad política | Columna | Laura León

La costosa fragilidad política

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A pesar de la enorme importancia de las decisiones gubernamentales en cada fase de la vida económica, los economistas teóricos nunca han conseguido integrar adecuadamente el gobierno con los agentes económicos privados en una teoría única del equilibrio general. En cambio, han tratado la acción gubernamental como una variable exógena, determinada por consideraciones políticas que son ajenas al campo de la economía.

El centralismo de la acción gubernamental ha llevado a los economistas a formular reglas que indican cómo debería tomar sus decisiones el gobierno. Un consenso entre los teóricos del bienestar y los analísticas del gasto público es que suponemos tácitamente que la función propia del gobierno es maximizar el bienestar social. Pero ¿qué es el bienestar social y como maximizarlo?

Como consecuencia de las operaciones de gasto público, se producen variaciones en la cuantía y naturaleza de la riqueza producida, y en la distribución entre individuos y clases. ¿Estos cambios son socialmente ventajosos en sus efectos agregados? Si es así, esos actos se justifican; si no lo es, no. El mejor sistema de gasto público es el que asegura las máximas ventajas sociales como resultado de su acción.

Para los neoclásicos, no existe método racional para maximizar el bienestar social, a menos que se impongan fuertes restricciones al orden de preferencias de los individuos en la sociedad. No es lo mismo para alguien que vive en Bogotá maximizar el uso de los recursos públicos que lo que es para alguien en La Jagua de Ibirico. Como solo hay un gobernante que toma estas decisiones, pues hay que generar un inconformismo en uno o en otro. Pero incluso, aunque se pudiese definir el bienestar social, y nos pusiésemos de acuerdo sobre los métodos para maximizarlo, ¿cuál es la razón para creer que quienes que dirigen el gobierno tendrían motivaciones suficientes para intentar maximizarlo?

Hoy con la elección de Abelardo de la Espriella en un país cuyo sistema de preferencias de una postura o de otra, parecen no encontrarse en ningún punto, ha surgido la recomendación -obvia en todo caso- que el verdadero reto que tiene el actual mandatario es “unir al país”. Si me preguntan a mí, un objetivo bastante optimista teniendo en cuenta las múltiples aristas que nos dividen y la falta de altura en el debate y el argumento de un lado y del otro. Sin embargo, si volvemos a lo económico, las decisiones no esperan consensos. Un claro ejemplo ha sido cada junta del Banco de la República y su decisión de subir o no la tasa de interés. 

Los modelos económicos han intentado durante años ser predictivos pero cualquiera intento de formular una teoría de la acción gubernamental que no discuta los motivos de quienes gobiernan debe ser considerada incoherente con el cuerpo principal del análisis económico. Estos intentos no logran enfrentar el hecho de que los gobiernos son instituciones concretas, dirigidas por personas. Como consecuencia, estas tentativas nunca pueden llegar a integrar el gobierno con otros agentes decisores en una teoría del equilibrio general. Esta integración exigiría un enfoque positivo que explique cómo se estimula a los gobernantes a actuar por sus propios motivos egoístas.  El verdadero objetivo es ver que la narrativa económica puede acomodarse de un lado o del otro, pero que, si no entendemos las motivaciones individuales y profundamente políticas de nuestros gobernantes, la gente siempre vivirá en el velo de la ignorancia de cuál visión conviene más o no. 

Anthony Downs, un reconocido economista estadounidense dedicado a la política pública planteó en 1957 un modelo económico intentando incorporar esta visión individualista al momento de analizar los resultados en las prácticas económicas. Uno de sus principales resultados fue el mundo es un lugar con información imperfecta y costosa: los partidos no siempre saben exactamente lo que los ciudadanos desean; Los ciudadanos no siempre saben lo que el gobierno o su oposición ha hecho, está haciendo o debería estar haciendo para servir a sus intereses; la información necesaria para superar la ignorancia de los partidos y de los ciudadanos es costosa.  

Aun cuando estas condiciones tienen muchos efectos sobre el funcionamiento del gobierno, en el modelo el autor se concentra en: persuasión, ideología e ignorancia racional.

En cuanto aparece la ignorancia, el claro camino que conduce de la estructura de preferencias a la decisión de voto se oscurece por falta de conocimiento. Aunque algunos votantes desean que un partido específico gane, porque sus políticas son claramente las más beneficiosas para ellos, otros se sienten muy indecisos acerca de qué partido prefieren. No están seguros de lo que les ocurre o de lo que les ocurriría si otro partido estuviese en el poder. Necesitan más hechos para aclarar sus preferencias. Los persuasores pueden ser efectivos al proporcionar estos hechos. Los persuasores no están interesados en ayudar a los indecisos a ser menos indecisos; lo que desean es obtener una decisión que ayude a su causa. Por lo tanto, sólo señalarán los hechos favorables al grupo que apoyan.

Una vez que un partido ha colocado su ideología en el mercado no puede abandonarla repentinamente o alterarla radicalmente sin provocar desconfianza en los votantes. En estas condiciones, muchos votantes encuentran útiles las ideologías de partido, porque evitan la necesidad de relacionar cada cuestión con su propia opinión del «bien social». Las ideologías le ayudan a centrar la atención sobre las diferencias entre partidos; por lo tanto, pueden utilizarse como muestra de todos los rasgos diferenciadores. Además, si el votante descubre una correlación entre las ideologías de cada partido y sus políticas, puede votar racionalmente comparando ideologías en vez de comparar políticas. En ambos casos puede reducir drásticamente su gasto en información política, informándose solamente acerca de las ideologías en lugar de un amplio conjunto de cuestiones. De esta manera, la falta de información crea una demanda de ideologías en el electorado. Puesto que los partidos políticos están dispuestos a utilizar cualquier método viable para ganar votos, responderán creando una oferta. Cada partido inventa una ideología para atraer los votos de aquellos ciudadanos que desean reducir sus costes votando ideológicamente.

Es eso lo que vimos en Colombia, dos partidos construyendo ideología donde encajan algunos comportamientos para que el electorado no cuestione acción por acción. Hoy por hoy existirían incluso políticas que de un lado o el otro podrían considerarlas técnicamente suficientes y económicamente viables. Incluso algunas socialmente compartidas. Pero el punto en el que nos encontramos es de tal división que es imposible que un lado conceda una victoria al otro. Por eso creo que el reto que he leído en todas y cada una de las columnas de análisis de las elecciones sobre este nuevo mandato no tiene ningún sentido. 

Aquí el punto no es el gobernante, sino lo que está percibiendo el votante. Hacia donde está migrando su decisión y porqué. Es irracional que la mayoría de los ciudadanos adquieran información política con propósitos de voto. En la medida en la que cada persona considera como dado el comportamiento de los demás, no vale la pena para él el adquirir información que su voto sea correcto. La probabilidad de que su voto determine qué partido va a gobernar es tan baja que incluso un coste trivial de procurarse información sobrepasará su ingreso. Por consiguiente, la ignorancia en política no es consecuencia de una actitud apática y poco patriótica; es, más bien, una respuesta completamente racional a los hechos de la vida política en una democracia amplia. 

Hoy, con unas elecciones tan reñidas, esa percepción cambia. Sin embargo, cambia para reafirmarse ideológicamente y no en el análisis de agenda pública que el país necesita. Más que nunca la falta de poder incluir una decisión que resulta tan movida por las emociones y tan difícil de cuantificar es lo que vuelve aun más impredecible el rumbo del país. No creo yo que la tarea la tenga Abelardo, creo que cada partido debería pensar en un bienestar de más largo plazo, y volver a la minucia y al análisis particular de cada sector. Siendo más humildes, con la capacidad de reconocer las fortalezas del otro, menos instintivos y mucho más sensatos. 

Un gobernante no va a cambiar la visión que nos construimos como país en el largo plazo y así como en la economía, para un país roto, la única certeza es la incertidumbre. 

Acerca del autor

Laura León
lleon@razonpublica.org |  + posts

* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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