
Nuevos comienzos
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Esta semana inician de nuevo las clases en la Universidad Nacional. Es el tercer semestre que doy mi curso y aunque parecería más sencillo, cada vez que llega un grupo nuevo me siento nerviosa como la primera vez. Así que esta semana mientras preparaba algunos ajustes que quería hacerle al programa me pregunté de dónde vienen esos nervios y porqué parecen no apaciguarse con el paso del tiempo. Entre las respuestas que puedo darme en mis conversaciones conmigo misma es, el temor natural que implica iniciar algo nuevo. De cualquier tipo. Empezar un nuevo hábito, una nueva relación, un nuevo trabajo, un nuevo pasatiempo. Enfrentarnos a eso que no conocemos nos atemoriza por el simple hecho de imaginarnos que puede salir mal.
Para algunas personas pesimistas por naturaleza, como yo, esto se vuelve un poco más complicado. Porque valoramos mucho más los fracasos que los logros. Los logros duran hasta que alguien los arruina mientras que los fracasos son para toda la vida. Esperar siempre lo peor es una forma de supervivencia que, aunque pueda parecer dura, resulta más llevadera que la del optimista, sin embargo, los golpes no por ello son menos dolorosos.
Empezar algo nuevo siempre trae consigo mismo algo de esperanza. Al menos la idea fantasiosa que uno se hace de la situación y que muchas veces ni siquiera se comparte, solo vive en nuestras cabezas. Para mí dar clase se volvió una expresión de mi personalidad e incluso de mi propia fragilidad. Durante mucho tiempo me he ganado discusiones con amigos sobre ¿hasta dónde debemos exponernos con los otros? ¿Cuál es el límite de lo que estoy dispuesta a mostrar de mí? La respuesta en mi caso se ha construido desde la noción de dureza que refleja mi ser. De entrada, parezco una persona seria, inaccesible, distante. Nada más alejado de la realidad y pueden dar fe de ello quienes me conocen cuando lo que soy se acerca mucho más a la idea de un flan que a la de una roca. Pero ¿es necesario mostrarle eso a todos? Mis clases y mis estudiantes me han demostrado que entre más humano se sienta, más auténtico es el aprendizaje. Mi objetivo supera la idea de que interioricen los distintos procesos políticos que han permeado la economía a lo largo de la historia y el último semestre, al menos, se centró más en que entiendan la perspectiva y el rol que juegan ellos dentro de esa historia.
Son mis estudiantes los que cuando salgan se enfrentarán a sueños tan grandes como irse del país a estudiar. Y tal vez nunca lo hagan (como yo). O aspiren a trabajos que parecen estar dados de entrada a ciertas personas por el lugar de donde vienen. Si logro de mi clase que entiendan que la sociedad se construye también desde la forma en la que se miran a sí mismos, o se miran entre ellos, o miran el mundo, que todo hace parte de la pequeña construcción que consolida las interacciones sociales y que esas mismas son las que luego construyen estructuras e instituciones. Mis discursos no son optimistas, porque yo no lo soy, pero si de algo no me arrepiento cada vez que empiezo algo nuevo es de ser cada vez más leal a mi misma. Aunque me digan que debo esconderme. Aunque me digan que no debo demostrar tanto. Aunque me digan que no opine siempre.
¡Hablen! Fue lo que les dije en la última clase del semestre pasado. A donde lleguen, participen, opinen, critiquen y aporten. No solo en lo laboral sino en la vida. De eso es que se trata el juego y aunque el miedo nunca se vaya, realmente lo verdaderamente valiente es hacer las cosas que dan miedo. No la ausencia del miedo.
Esta columna cada quince días se ha convertido en eso. Una muestra de mi anatomía y testigo de mi fragilidad, de mi humanidad. De quien sea que lea esto tiene en cada palabra un pedacito más de los pensamientos -para algunos banales- que puedan pasar por mi cabeza. Pero intentar ser genuina se ha convertido en el plan de largo plazo y estas 700 palabras son fe absoluta de ello.
Acerca del autor

Laura León
* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.
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Interesante e insospechada reflexión