¿A qué costo? - Razón Pública

¿A qué costo?

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Yo voté por Petro. Si estuviera de nuevo en el 2022, con la información que tengo hoy, lo volvería a hacer. Porque este no es un texto de una votante arrepentida, sino de alguien que ha hecho un ejercicio consciente sobre lo que implicó votar por él. Para las personas que en algún momento le hemos apostado a ideas de gobernanza fuera del esquema tradicional que ha mantenido este país durante 200 años, la llegada de un proyecto progresista fue una absoluta victoria. Salí a la calle y celebré, abracé a mis amigos, a mi pareja de ese momento, y también lloré. Había mucha ilusión en mí por la posibilidad de ver materializadas las apuestas de un país diferente, de cumplir con el proceso de paz, de diversificar la economía, de llegar a territorios aislados y abandonados con una insignia de equidad, pero sobre todo de dignidad.

Ahora la pregunta era: ¿cómo lo vamos a hacer? Y digo vamos porque yo me sentía parte de ese cambio, del gobierno del cambio. La razón por la que no cambiaría mi voto hoy es porque la esperanza de que algo fuera diferente, en medio de una dinámica política desabrida e inescrupulosa, ha sido lo suficientemente reconfortante. Sin embargo, el paso de los años y de esta administración ha sido decepcionante.

La guerra mediática a un gobierno contrahegemónico era apenas esperable. A pesar de eso hoy aún existe una gran masa defensora ferviente de lo que es Gustavo Petro, porque parece que todo es exactamente sobre él. Pero lejos de esta masa, el balance total es un golpe fuerte a la institucionalidad y a derrumbar esa esperanza que algunos tuvimos. Un gabinete inestable donde vamos 58 ministros y contando, con actores sin experiencia que llegan a las entidades a arrasar con cualquier constructo previo bajo la bandera de que todo pasado es neoliberal, un absoluto irrespeto por la construcción colectiva o por el tecnicismo y la ignorancia total de lo que al menos, como nación, hemos logrado solidificar.

En mi clase de economía política en la Universidad Nacional, quise plantearles una disyuntiva sobre lo que es hacer economía y el juego político en el que se ve permeado ese actuar. La economía, como ciencia en sí misma, intenta siempre encontrar salidas a problemáticas sociales, adelantarse a ellas y proponer soluciones. Muy a pesar de, como dice Alesina (2020) “los economistas parecen estar en desacuerdo en prácticamente todo”, al menos en ese desacuerdo buscamos siempre dar explicaciones al sistema y proponer cosas que conlleven, desde distintas corrientes ideológicas, al bienestar social. Sin embargo, un factor que nunca debe ser subestimado es la arena inevitable donde se da el juego. Le pregunté a mis estudiantes si ellos creían o no, que la apuesta de este gobierno seguía siendo alcanzar ese lugar de equidad y dignidad, o en las dinámicas de poder habíamos caído nuevamente en un todo vale como país.

¿A qué costo se va a buscar mantener una falsa popularidad? Al costo de entregar nuevamente territorios a la violencia ante un dialogo inocuo con una guerrilla que lejos de representar los ideales de un pueblo se burla de un gobierno que le tiende la mano. A costa de un desconocimiento absoluto o ignorancia por conveniencia de las políticas para enfrentar los cultivos ilícitos en zonas tan difíciles socialmente. De seguir alimentando al electorado con falsas promesas como un Pacto Social de más de 3 billones para la construcción de vías, hospitales y colegios pero que en la práctica, no se ha logrado ni siquiera recuperar el territorio donde se darían esas obras.

O al costo de presionar todas las ramas del poder para llevar adelante sus reformas. Y no es que esté en contra de ellas, pero muchas, están hoy permeadas por los intereses políticos de aquellos con los que prometimos no trabajar. El Petro de hoy y sus representantes en el Congreso están tan empapados del fanatismo de una brújula que ya no tiene norte que olvidaron la razón por la que están ahí.

Pero el costo de hoy es asumir que el próximo gobierno será absolutamente radical. Que la construcción de país que algunos soñamos, fuera de esa arena de intereses individuales, no será materializada. Que brincaremos de extremo a extremo sin actores ni lideres que realmente quieran ese tan soñado equilibrio al que en la teoría jugamos los economistas; la maximización del bienestar.

La última reflexión de mi clase fue decirles a mis niños, que en el camino de su carrera y en el ejercicio de su profesión nunca subestimar el egoísmo del político que, contrario a la teoría de los sentimientos morales de Adam Smith, no conduce a un bienestar social. Y que con las externalidades que implica ello, hay que seguir soñando.

Acerca del autor

Laura León
lleon@razonpublica.org |  + posts

* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

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