
Hotelling y el centro político
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El matemático, estadístico y economista Harold Hotelling publicó en 1929 su famoso artículo “Stability in Competition» donde muestra que, en un mercado lineal, espacialmente hablando, si hay dos empresas competidoras que venden productos idénticos y los consumidores están distribuidos uniformemente a lo largo de esa línea, ambas empresas tienen un incentivo a ubicarse en el centro de la línea, una muy cerca de la otra, para maximizar su cuota de mercado.
Este planteamiento económico fue llevado al ámbito político por Anthony Downs donde, en un sistema de dos partidos ambos convergerán hacia el centro, bajo ciertas condiciones. Pensando en lo que viene a ser el proceso electoral próximo del país, con más de 107 precandidatos presidenciales y discursos cada vez más grises, vale la pena sacar del cajón este modelo y darle una mirada desde la coyuntura nacional.
En una democracia los partidos políticos formulan su política estrictamente como medio para convencer votantes. No pretenden conseguir sus cargos para realizar determinadas políticas preconcebidas, sino que ejecutan políticas y sirven a grupos de intereses para conservar sus puestos. Lo que la sociedad considera su función social -elaborar y realizar políticas mientras se encuentra en el poder- es realmente un subproducto de sus motivaciones privadas: obtener la renta, el poder y el prestigio que supone gobernar. En este tipo de sistema el gobierno siempre actúa para maximizar su caudal de votos; es un empresario que vende política a cambio de estos en lugar de productos a cambio de dinero.
Si partimos del supuesto más grande de la economía que es que los seres humanos toman decisiones racionales, cada votante considera las elecciones estrictamente como medio para seleccionar el gobierno que más los beneficia. Estima la utilidad que obtendría de las acciones que espera de cada candidato si estuviera en el poder y votará por el que considere que le proporcionará la mayor utilidad. Analizará primero no las promesas sobre el futuro expresadas en las campañas, sino el comportamiento de los candidatos en el período inmediatamente anterior. Por lo tanto, su decisión de voto se basa en una comparación entre la utilidad realmente recibida durante este período a causa de las acciones del partido gobernante y la que cree que hubiese recibido si los partidos de la oposición hubiesen estado en el poder o si ahora llegasen a él.
En el modelo de Downs, en un sistema de dos partidos, si cualquiera de ellos se aleja del extremo más cercano hacia el otro partido, los votantes extremistas del final de la escala pueden abstenerse porque no ven diferencias significativas en la alternativa que se les ofrece. Es por ello por lo que la democracia no llega a generar un gobierno efectivo o estable cuando el electorado está polarizado.
Los sistemas multipartidistas existirán con mayor probabilidad cuando la distribución de votantes es multimodal. Cada partido independiente forma una modalidad y está motivado para permanecer en ella y diferenciarse lo más posible de los partidos más cercanos. Si se mueve hacia la izquierda para ganar votos, pierde los mismos votos en favor del partido a su derecha (o los pierde por la abstención si es un partido extremista al final del extremo derecho) y viceversa. Así pues, su comportamiento óptimo es permanecer donde está e impedir que otros partidos se le aproximen. Es probable que en un sistema multipartidista el gobierno tenga un programa menos definido, menos coherente y menos integrado que en un sistema bipartidista. Esta paradójica consecuencia surge de la necesidad, en la mayoría de los sistemas multipartidistas, de formar gobiernos de coalición. Puesto que los votantes están repartidos en distintas modalidades, solamente en raras ocasiones un partido obtiene el apoyo de la mayoría de los votantes.
En el caso de Colombia, este el dilema de todos aquellos nuevos partidos que surgen como alternativas después de rupturas con los partidos ya existentes. Hay una inocua necesidad de crear algo diferente, aunque termine perdiéndose entre los similar y las diferencias realmente sean absurdas y banales. Al final los partidos terminan construyendo alianzas y apoyando candidatos en los puntos donde lograr encontrar coincidencias porque el sistema democrático nos obliga siempre a escoger solo entre dos opciones. Los partidos no tienen incentivos para permanecer en sus posiciones alternativas, no hay lo que se conoce como «equilibrio político». Que es aquel momento cuando no pueden formarse con éxito nuevos partidos y cuando ningún partido está motivado para cambiar su posición.
En medio de esta contienda electoral con un país poco reflexivo sobre sus errores, aferrado rotundamente a los discursos recalcitrantes y repetitivos de los extremos, sin nociones de auto critica, es justamente la postura de centro la que siempre será juzgada por una falsa idea de creer que es incapaz de tomar posición. Lo que a la gente le cuesta ver, es que la verdadera magia de las posturas más centradas es que tienen la sensatez de saber cuándo tomar una posición ideológica o la otra dependiendo de la situación. El centro será castigado en la próxima contienda electoral como siempre lo ha sido. Porque muy pocos son capaces de ver esa magia.
La democracia colombiana es el claro ejemplo del fallo del modelo hotelling. Apostamos por los discursos radicales y poco conciliadores. Relacionamos extremismo con firmeza y mesura con tibieza. Las elecciones del 2026 solo serán un ejemplo más de aquel mapa que se reproduce una y otra vez desde el plebiscito del 2016 donde como país decidimos que no hay lugar para darnos la mano en la diferencia y que en vez de converger hacia el centro, la pregunta se volvió ¿cuál radicalismo voy a escoger?
Acerca del autor

Laura León
* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.
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