No es lo mismo con hambre | Columna | Laura León

No es lo mismo con hambre

Compartir:

Mientras yo escribo esta columna miles de estudiantes están presentando su prueba Saber 11 en los distintos municipios del país. En el caso de Bogotá, 40 mil estudiantes de colegios públicos. Para muchos de ellos, el examen de hoy marca una pauta importante sobre lo que sigue para su proyecto de vida. Aspirar a una beca, ingresar a alguna universidad privada, prepararse para un examen en una universidad pública, escoger un programa técnico entre varias opciones que ofrece la educación terciaria para completar las trayectorias educativas. Hoy quiero hablar del enorme reto que es apostarle a la educación como motor de transformación y de movilidad social, pero especialmente por las diferentes dimensiones que abarca ese reto. 

Para quienes hemos dedicado nuestra vida profesional a la educación desde sus múltiples esferas, existe una especie de consenso sobre cuáles son los retos más grandes que enfrenta el sistema educativo colombiano. Bogotá, no es ajeno a ellos y a pesar de las críticas que puedan hacerse al sistema por una ponderación de eficiencias, algunas veces ignorando las mismas dificultades estructurales del Estado, la capital es una ciudad que lleva la vanguardia. Las apuestas en calidad siempre se repiten, pero el desafío cuando hablamos de la permanencia es un campo lleno de aristas cada una más retadora que la otra. 

Lograr que un niño o niña permanezca en el sistema y culmine sus estudios abarca un montón de lugares que aparentemente son externos a lo que es la educación. El contexto familiar, su entorno escolar, sus condiciones sociales y económicas, su crianza, etc. Todo esto que en economía llamamos las dotaciones iniciales y que suelen ser tan abismalmente diferentes entre ricos y pobres es el desafío institucional cuando mencionamos tantas veces que “hay que equilibrar la cancha”. 

Para muchos de estos 40 mil estudiantes que asisten hoy a presentar su prueba, lo hacen con historias que desconocemos, pero que en los resultados de éstas puede generar marcadas diferencias. No es lo mismo presentar un examen trasnochado por trabajar que habiéndote ido a la cama a las 8 p.m. para tener la cabeza fresca. No es lo mismo hacerlo si tus papás tuvieron una fuerte discusión o si te animaron y confiaron en ti. No es lo mismo si eres huérfano, o responsable de tus hermanos, o tienes que moverte en un largo recorrido sin la compañía de nadie para llegar a tiempo. No es lo mismo hacerlo con hambre que sin ella. 

En Bogotá, hoy los estudiantes de colegios públicos reciben su refrigerio antes de sus pruebas en los 164 puntos de aplicación donde estarán ubicados, incluyendo comida caliente de desayuno y almuerzo para los 44 estudiantes en colegios de Sumapaz. Esta es la segunda vez que sucede esto en la ciudad. Para muchos, podrá ser un cambio pequeño, pero a los ojos de quien escribe es ir más allá de lo que los limitantes estructurales del Estado que mencioné antes, permiten. Apostarle por buscar mantener las garantías necesarias, externas a los gigantescos y multidisciplinares duelos de la calidad educativa para aspirar, al menos un poco, a quitarle una preocupación a todos estos jóvenes que dan un escalón más en la construcción de su futuro. 

Muy a las rencillas del ministro Daniel Rojas, quien despectivamente llama a sus críticos de Bogotá “expertos de Chapinero”, por cuestionarle la falta de ejecución del Ministerio, las promesas incumplidas en infraestructura, las mentiras de sus resultados o el declive del sistema especial de salud de los maestros, Bogotá es y seguirá siendo el referente más grande en el país de como consolidar una educación más equitativa, ecuánime y justa. 

Cuando la educación se ve no como una bandera política o un discurso inocuo sobre lo que todos quieren oír, sino se piensa en las historias de vida que transformas cuando el trabajo se hace bien, en las oportunidades que entregas para asegurar la consolidación de unos sueños, cuando las apuestas no se vuelven solo números en un Excel sino testimonios vivos, que puedes ver a los ojos y entender, como cada lucha que se da, cada granito que se aporta, cumplió el propósito de permitirle a alguien soñar y lograrlo. 

Por eso es que duele tanto que en política se instrumentalice no solo el discurso educativo sino a los niños y niñas, porque ese derecho debería ser impermeable a los conflictos ideológicos. El día que podamos mirar a todos esos estudiantes y poder cumplirles, diciéndoles que ellos también pueden soñar no solo porque lo quieran sino porque, aunque sus dotaciones iniciales no sean las mismas que las de otros, hay un Estado que sin importar su color los respalda. 

Acerca del autor

Laura León
lleon@razonpublica.org |  + posts

* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

0 comentarios

Laura León

Escrito por:

Laura León

* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

últimos artículos

COLUMNA DE OPINIÓN

Gobernabilidad criminal

COLUMNA DE OPINIÓN

“En agosto nos vemos” y la suspensión del juicio: ¿deben rendirse los críticos?

COLUMNA DE OPINIÓN

Más leña para ese fuego

COLUMNA DE OPINIÓN

Y cuando desperté, la democracia todavía estaba allí

ISSN 2145-0439

Razonpublica.com se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported. Basada en una obra en razonpublica.com.