
El banco para la gente
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Con el último incremento en la tasa que se dio en la reciente sesión de la junta directiva del Banco de la República entró en el juego un actor político nuevo en esta época electoral. Una institución respetada desde su creación -incluso por el hoy gobierno cuando eran oposición- que ha mantenido la estabilidad macroeconómica del país en los últimos años. Antes de la creación del Banco, entre las décadas de 1970 y 1990 la inflación en Colombia se ubicaba en promedio en un 25%. Esto parece un tema menor para algunos y se mira como desde la distancia, en los países vecinos, como una anomalía que es problema de algunos debates económicos que pareciera no le conciernen a la gente del común.
Nunca antes la independencia del Banco había sido cuestionada. Mucho menos se le había puesto como antagonista del pueblo. Pero esa es una narrativa de manual: un argumento simple pero efectivo de confrontación entre “las elites” indefinidas vs “el pueblo. La realidad es que el ataque no es a unas elites sino a las instituciones democráticas construidas en la más grande reforma institucional que hoy se pretende atacar.
Hay un problema serio con toda esta estrategia de marketing político que ha venido poniendo amigos y enemigos del pueblo. Se crea un “pueblo” homogéneo. Un partido de izquierda clientelista y en apariencia moralmente superior se apodera de su vocería, y crea un enemigo difuso al que se le atribuyen todos los problemas. Así se simplifica la política y se moviliza emocionalmente para ganar votos y legitimidad.
La forma en la que se ha logrado descomplejizar los problemas de la sociedad volviéndolos de forma burlona tan banales ha logrado que la percepción de la realidad se torne difusa. Ya no tenemos debates argumentales sobre las diferentes problemáticas políticas, económicas y sociales del país. Se volvió una insignia moral de que hay unos que están con el pueblo y otros en contra de él. En el caso de esta discusión de la junta directiva de la institución insignia de la política monetaria del país hemos caído en lo absurdo. Aparecen ideas fuerza que calan con facilidad: ¿por qué los de abajo no podemos gobernar? ¿para qué necesitamos esas instituciones que bloquean el mandato popular? ¿Qué puede ser más democrático que sea el mismo pueblo quien decida todo? Pero el objetivo no es proteger la democracia, es el punto de partida para debilitar protecciones institucionales, desvirtuar y tumbar límites constitucionales, y sostener un proyecto político, aunque sea con mentiras.
Sin embargo, se vuelve difícil transmitir este mensaje de forma sencilla y laxa. Es fácil culpar a una institución que la gente en general puede no tener tan claro lo que hace y culparlo de los problemas solo porque los miembros de su junta directiva pertenecen en su mayoría a una misma universidad. Pero bajar la discusión de las verdaderas complicaciones de esta narrativa viene de desnudar el discurso de la arrogancia y jerga confusa de lo “técnico”. Deslegitimar el tan mal usado concepto de lo neoliberal que se usa para todo lo que tiene que ver y lo que no, requiere de explicaciones claras y sencillas.
Una cosa que le digo a mis estudiantes en clase es: el banco central existe precisamente para evitar abusos del poder político. En los ciclos políticos hay una premisa clara que se repite en cualquier país: las decisiones económicas se tergiversan y acomodan desde el partido de gobierno o desde la oposición para ganar votantes. En el caso tan polarizante de Colombia, los partidos han puesto su ideología en el «mercado». Una vez sucede esto cada argumento atrae o repele votantes en los extremos.
La independencia del Banco existe, para que en ese juego político no entre una variable tan importante como es la inflación. En palabras sencillas, existe para que ningún gobierno pueda imprimir dinero sin control, manipular tasas o tomar decisiones de corto plazo que terminan en aumento de precios. Y se diseña independiente de la política y los políticos del gobierno de turno porque uno de los principios básicos de la institucionalidad es separar a los políticos de áreas donde sus caudillismos son dañinos para toda la sociedad. La inflación no golpea a las élites, golpea al ciudadano de a pie. Aumenta el costo de vida, reduce el salario real y destruye el ahorro. Solo quienes han vivido las consecuencias letales de las irresponsabilidades en política monetaria pueden entender la magnitud del daño que tiene poner como enemigo en la plaza pública a una institución que, en todas las democracias, no solo en Colombia, es autónomo e independiente de los políticos. No para proteger a unos pocos, sino para proteger al pueblo de los errores y manipulaciones de la politiquería y el clientelismo. Aquí está la línea que hay que repetir con claridad: las instituciones y la constitución no son el enemigo del pueblo. Son el seguro del ciudadano frente a los abusos del poder. Lo que se está intentando no es empoderar al pueblo, es desarmar los límites que protegen a la gente, para concentrar poder, usando un discurso emocional electoral.
No se trata de izquierdas o de derechas, de bueno y malos, de amigos o enemigos. Es que la independencia y protección un arma silenciosa pero destructiva como es la inflación, es realmente la garantía de al menos, despreocuparnos de uno de tantos problemas que tenemos como país. Que defender la protección del Estado y sus instituciones no es estar en contra de la gente. Que no solo quien quiere destruir y poner de forma sensacionalista las rencillas de clase es el salvador de la gente. Aquí como en la derecha se esconden los intereses de poder, aquí hay un gobierno que manipula y utiliza su posición sabiendo que lo que dice es mentira para convencer a un electorado. En las peleas de economía y política a veces, tiene que ganar la teoría por muy tecnócrata que parezca.
Acerca del autor

Laura León
* Economista de la Universidad Nacional, magíster en Economía y Política de la Educación de la Universidad Externado.
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