Mineros, el maquillaje del desastre - Razón Pública

Mineros, el maquillaje del desastre

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María Victoria Duque LópezLos 33 mineros de Chile que se salvaron de una muerte segura son sólo la excepción de una regla que impera en América Latina, según la cual ese es el trabajo más peligroso y desprotegido del mundo.

María Victoria Duque López *

Chile, mineros y vecindario

Juan Somavia, director general de la OIT dijo la semana pasada: "No podemos olvidar el comienzo de esta dramática historia: los mineros quedaron atrapados porque las medidas de seguridad eran insuficientes".

Desde un punto de vista técnico, humano y mediático, comparto la algarabía nacional e internacional. Fue excelente la labor de los chilenos en el rescate de los 33 mineros atrapados en la mina de San José, de propiedad de la empresa San Esteban, que explota el subsuelo en Chile desde hace más de 200 años. También es innegable que el gobierno de Sebastián Piñera capitalizó la situación de la mejor forma posible, y convirtió lo que pudo ser un desastre político, en un sello de unidad y solidaridad.

Pero también es cierto que más allá de la celebración de la vida y la "solidaridad humana" (el operativo de rescate costó aproximadamente 20 millones de dólares), los sesenta y nueve días de expectativa mundial deberían servir para analizar las inapropiadas condiciones laborales de la actividad minera, y por supuesto sus costos económicos y humanos.

Si esto ocurre en Chile, con una larga tradición de país minero ya que el 58 por ciento de sus exportaciones corresponden a ese sector, ni nos preguntemos cómo es el asunto en el vecindario.

San Fernando no es San José

Veamos, por ejemplo, el caso de Colombia. Según el Instituto Colombiano de Geología y Minería, INGEOMINAS, en lo que va corrido de 2010 han ocurrido 40 sucesos, que han dejado 112 muertos.

El más grave fue el de la mina de carbón San Fernando, en Amagá, Antioquia, que en junio pasado le costó la vida a 73 mineros. Es uno de los accidentes más graves en la historia de Colombia y sucedió en una extracción legal.

En su momento, según el gobernador de Antioquia, "San Fernando tenía las disposiciones y requisitos legales al día". Luego tuvimos que presenciar cómo tanto los funcionarios locales, departamentales y nacionales, como los representantes y dueños de la mina, le sacaron el cuerpo a su responsabilidad, sin ningún asomo de vergüenza. ¡Y el hecho enlutaba a más de setenta familias!

Pero la historia de San Fernando es más larga. En noviembre de 2008 una inundación masiva produjo la muerte de cinco mineros. Y en 2006 otros 20 trabajadores murieron como producto de una explosión de gas metano.

Y San Fernando es sólo uno de los cuarenta casos. Otro, para poner apenas un ejemplo, ocurrió el 4 de agosto en El Cerrejón, la mayor mina de carbón de América Latina, donde murieron trágicamente cuatro trabajadores de mantenimiento.

Recuento de una semana

En Colombia, las tragedias que afectan a los mineros son frecuentes y graves. Veamos un recuento de lo que sucedió en una sola semana:

  • El martes 12 de octubre, un accidente afectó a dos mineros en el yacimiento carbonífero de La Esperanza, en Tasco, Boyacá, cuando trabajaban a 60 metros de profundidad;
  • El jueves, 14 de octubre, se produjo una nueva explosión en esa mina, lo que redujo las posibilidades de encontrar con vida a los dos desaparecidos;
  • El 15 de octubre, en Marmato, Caldas, se presentó una explosión por acumulación de gases que mató a un minero y dejó a otro gravemente herido;
  • El mismo día en Tópaga, Boyacá, un desprendimiento de roca provocó la muerte de otro minero.

Todas estas tragedias tuvieron las mismas características:

  • Falta de supervisión eficaz por parte del Estado;
  • Falta de responsabilidad por parte de empresas en las que se dan mayor importancia a la producción y a las ganancias;
  • Falta de una organización capaz de respaldar a los mineros que se quieran negar a trabajar en condiciones inseguras.

El de mayor riesgo

La OIT califica el trabajo de la minería como uno de los de mayor riesgo de accidentes laborales en el mundo. Aparte del constante riesgo de muerte, afecta al trabajador tanto física como mentalmente. En Colombia es común ver mineros con mutilaciones, afecciones pulmonares y deformaciones físicas.

Tales riesgos llevó a la OIT a establecer el "Convenio 176 sobre Seguridad y Salud en las Minas", que prevé condiciones especiales para jornadas de trabajo, jubilación anticipada y descansos compensatorios adicionales, con las que se busca proteger la vida y garantizar la salud, seguridad y descanso de los mineros.

El convenio es de junio de 1995, pera hasta el momento en América Latina sólo lo han ratificado Brasil y Perú. Llama la atención que ni Chile ni Colombia lo hayan hecho.

Locomotora, ¿pero cómo?

Un país como Colombia que de acuerdo con el gobierno del presidente Juan Manuel Santos ha optado por la minería como una de sus "locomotoras de desarrollo", debe buscar también una mejoría en su capacidad institucional y su eficiencia para la supervisión gubernamental de las operaciones mineras.

Además, se debe optar por exigir a las empresas mineras una adecuada inversión en ciencia, tecnología y capacitación, que ayude a minimizar el riesgo de accidentes. Este es un tema que requiere ingentes recursos económicos y de conciliación de intereses, especialmente de los intereses privados, lo que hace aún más compleja la situación.

Pero hay otro enfoque que se debe analizar: la posición de la empresa San Esteban, porque en ella también se repiten las historias. De la información de prensa publicada en los meses anteriores, podemos extraer lo siguiente:

  • Hubo reincidencia en el incumplimiento de las normas básicas de seguridad.
  • Hubo omisión del Estado en la fiscalización y posterior sanción y cierre de la mina por el incumplimiento de tales normas.
  • La información a las autoridades competentes sobre el derrumbe no se hizo de manera inmediata[1].

Mendigos sobre una mina de oro

Si Colombia no da muestras de una verdadera voluntad política para que en el desarrollo del sector minero se cumplan las normas que se han dictado para garantizar la seguridad de los trabajadores de la minería legal, y no actúa de manera coordinada e inmediata para terminar con la ilegal, no habremos superado lo que expuso don Antonio Manso, mariscal de campo y presidente de la Audiencia de Bogotá, en 1729, que copia Enrique Caballero Escovar en su libro Incienso y pólvora[2]:

"Habiendo con reflexión considerado la abundancia, puedo asegurar que de nada preciso ni útil tiene necesidad este reino, y que puede abastecer a otros de lo que le sobra. Considerando esto largos días, ha trabajado mi discurso en componer cómo se compadece tanta riqueza y abundancia en la tierra donde casi todos sus habitadores y vecinos son mendigos.

"El Chocó, con su ecuación doliente de oro y miseria, continúa siendo una especie de microcosmos americano digno de figurar en cualquier antología de absurdos económicos. Sobre él anota el mismo mariscal de campo: ‘Y, aunque parece contradicción haber dicho que del Chocó se saca a cargas el oro y que la gente es pobrísima, no hay ninguna, porque el oro que se saca del Chocó es parte de los dueños de las minas… los cuales lo envían a labrar a la Casa de la Moneda', para mandarlo acuñado a España." Tenemos, pues, que la acertadísima síntesis de lo que fue la Nueva Granada durante el período virreinal, sería la de que estaba compuesta por mendigos que se entretenían en mandar a Europa monedas de oro…"[3]

Minería insegura, muerte segura

Celebro, como todo el mundo, que se hayan salvado los mineros de Chile. Pero lamento que no se hayan salvado y no se salven los mineros del resto de América Latina, que mueren hoy sí y mañana también como consecuencia del afán desmedido de riqueza de las empresas.

El caso de la mina San José debe convertirse en un motivo de reflexión para los gobiernos, los Congresos, las compañías, los sindicatos y los trabajadores. El capataz de la mina, que fue el último en ser rescatado, tuvo toda la razón cuando, en las palabras que le dirigió a Piñera y, a través suyo, al mundo entero, resumió lo que muchos pensamos: "Que esto no vuelva a ocurrir, señor Presidente". Que no vuelva a ocurrir. Porque está bien la fiesta de la vida, siempre y cuando esa fiesta no se haya producido como una respuesta a la amenaza sin razón de la muerte.

*Cofundadora de Razón Pública. Para ver el perfil de la autora, haga clic aquí.

Notas de pie de página


[1] Según información de diversos medios de Comunicación, la Empresa San Esteban demoró 6 horas la comunicación sobre el accidente

[2] Tomado de la presentación de Tatiana Rodríguez, de CENSAT, en la Universidad de los Andes en el Foro: Minería ¿Bendición o Maldición? el 15 de octubre de 2010.

[3] Caballero Escovar, Enrique. Incienso y pólvora. Bogotá: Pluma, 1980.

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