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Me siento agredida, pero optimista

Escrito por María Victoria Duque
Maria Victoria Duque

Maria Victoria DuqueEl episodio mediático dio lugar a reflexiones serias: es lamentable comprobar que todavía la violencia contra la mujer es un asunto social y culturalmente admitido en Colombia. El caso del Bolillo no debería pasar de agache, el hecho tiene que servir para que mucha gente tome consciencia: hombres y mujeres.

María Victoria Duque López

Impertinentes y simplistas

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Escribo esta reflexión desde el ámbito de lo público y no desde el mero hecho de ser mujer, aun cuando por supuesto la escribo como mujer. Y lo hago porque estoy convencida de que cuando se agrede a una mujer, se agrede a la mujer… a todas las mujeres. Las declaraciones y propuestas de algunos personajes públicos han sido otro acicate para reaccionar por escrito.

Me refiero concretamente a las declaraciones de la senadora antioqueña, Liliana Rendón del Partido Conservador -una de las parlamentarias más votadas en las elecciones pasadas- quien plantea que las mujeres provocamos las agresiones de las que somos víctimas; en sus propias palabras: “Nosotras fregamos mucho y somos muy necias… a veces provocamos reacciones, no sólo en los hombres”.

Además están las reacciones de Cristina Plazas Michelsen, Alta Consejera para la Equidad de la Mujer, y de Sergio Fajardo, candidato a la gobernación de Antioquia, quienes respectivamente invitaron a Hernán Darío Gómez a:

  • “que se vincule a las estrategias del Estado colombiano para prevenir y erradicar cualquier forma de violencia en contra de las mujeres”

  •  “ser una voz en la educación de nuestro país en la prevención de la violencia contra las mujeres”.

Invitaciones por lo menos impertinentes y simplistas, a mi juicio, por la carga simbólica que tuvo el caso de “el Bolillo” y porque desperdician una oportunidad valiosa para profundizar en sus implicaciones.

Tres preguntas

El incidente mojó mucha prensa, muchas personas han opinado y sin duda, hay que celebrar que no hayamos oído voces que justifiquen el hecho. En efecto, Hernán Darío Gómez debió pasar por momentos difíciles, pues la presión lo obligó a tomar varias decisiones cruciales. 

Sin embargo, cabe hacerse tres preguntas por lo reiterativo de algunos argumentos esgrimidos en el marco de la discusión pública:

  1. ¿Por qué es tan relevante que la víctima de la agresión haya sido una mujer? (Un gran amigo, hombre probo y comprometido con la democracia y con la defensa de los derechos, preguntó en su Twitter: ¿técnicamente hablando eso de que a las mujeres no se les pega (que lleva implícito que a los hombres sí), no es discriminación de género?).

  2. ¿Somos las mujeres provocadoras de la violencia, nos buscamos ser agredidas?

  3. ¿Qué tipo de responsabilidades y sanciones (sociales y penales) deben imponerse? 

Discriminación positiva

Defender los derechos de las mujeres es una cuestión constitucional y no de feminismo y para ello existe desde 2008, la ley 1257, mediante la cual “se dictan normas de sensibilización, prevención  y sanción de formas de violencia y discriminación contra las mujeres”.

Esta posición se basa en el hecho innegable de que la violencia contra las mujeres se da esencialmente por el hecho de ser mujeres. Por su condición de mujeres.

La ley habla de garantizar una vida libre de violencia en el ámbito público y privado, del ejercicio de los derechos reconocidos en el ordenamiento jurídico interno e internacional, del acceso a los procedimientos administrativos y judiciales para su protección, y de la atención y adopción de las políticas que garanticen el ejercicio de tales derechos.

La ley toma medidas afirmativas a favor de las mujeres, porque se ocupa de una problemática específica. Es decir hace una discriminación positiva basada en el reconocimiento de una discriminación histórica contra ciertos grupos poblacionales, entre otros… las mujeres.

Y aquí entro a responder a mi amigo: Evidentemente la violencia es inaceptable en todos los casos. Sin embargo, la respuesta correcta debe ser: ¡No! Técnicamente hablando la afirmación de que a las mujeres no se les pega, no lleva implícito que a los hombres sí. Y tampoco es discriminación de género, porque pretender un trato igualitario a cierta población, que históricamente ha sido excluida, es lo mismo que perpetuar la exclusión.

Por lo tanto, aunque parezca paradójico, el ordenamiento jurídico modula la igualdad, buscando que frente a condiciones materiales diferentes, se reciba un trato diferenciado que justamente proteja el derecho a la igualdad.

Machismo y ejemplo

Este tipo de política reconoce la igualdad jurídica, pero en la vida cotidiana hay que avanzar hacia la igualdad real. Esa igualdad sólo se logra con un trato diferenciado en aquellas circunstancias que así lo ameriten: no admitir en ningún caso y por ningún motivo la violencia contra las mujeres es un caso específico que lo merece.  

La igualdad real pasa además por trabajar de forma permanente para desenmascarar la violencia contra las mujeres como parte de nuestra cultura, porque en un país machista como el nuestro, las mujeres no tienen el libre albedrio ni gozan de la igualdad real necesaria para defenderse.

En efecto, la reacción que el caso ha suscitado surge únicamente del doble hecho que el protagonista sea una figura pública y que la víctima sea una mujer. Estos hechos tienen una carga simbólica enorme en el imaginario colectivo.

Más específicamente, una persona pública y popular, Hernán Darío Gómez, tiene una responsabilidad superior en su vida cotidiana –solo por ser más visible– que el común de los mortales, y en ese sentido y por el rol que representa, todos sus actos transcienden la esfera de lo privado e impactan el dominio público.

Por ello es lamentable que la Federación Colombiana de Fútbol haya “repudiado el hecho” esgrimiendo la falacia de que “no se puede mezclar lo personal con lo profesional”: ya están profundamente imbricados en su caso.

Si se trata de desnaturalizar la violencia contra la mujer, la responsabilidad de Hernán Darío Gómez y de todas las figuras públicas es mayor que la de cualquier ciudadano de a pie, por el simple efecto del ejemplo.  

¿Qué tipo de sanción debe imponerse?

La sanción penal ante un hecho delictivo tipificado; puesto que existe una denuncia sobre el caso ante la entidad competente, es la justicia y únicamente ella quien habrá de pronunciarse.

Mi optimismo se basa en la sanción social. Los observadores y comentaristas han condenado el hecho como tal. También hay que registrar que Hernán Darío Gómez tuvo la entereza de reconocer públicamente su delito, de pedir perdón y de comprometerse a no repetir su conducta.

El hecho de que se haya visto abocado a renunciar a la dirección de la selección Colombia, de enfrentar el proceso judicial que se le adelante y de afrontar una situación personal que debe tenerlo abrumado, son las consecuencias de una acto que con seguridad no midió.

Estas consecuencias públicas en la vida personal del entrenador deben contribuir a consolidar la base del cambio en los parámetros de control social:

  • La mujer no es culpable de las agresiones que recibe.

  • Se debe desnaturalizar la violencia.

  • Se debe suscitar un proceso formidable de concienciación [1] en los hombres.
  • Tal proceder individual siempre debe suscitar un rechazo de plano y un sobresalto moral de la sociedad en su conjunto.

¿Somos culpables?

De este punto ni siquiera deberíamos ocuparnos: un rasgo más de un patriarcalismo que habría debido desaparecer hace mucho tiempo. Sin embargo las fuentes confirman que este fósil cultural sobrevive tercamente: ahí están las cifras que registra Medicina Legal sobre actos de violencia contra las mujeres, el evidente sub-registro en las denuncias o la argumentación de personas calificadas como la senadora Liliana Rendón (gravísimas por ser senadora, por ser mujer y por haber logrado una de las más altas votaciones).

Esta dama afirma: “¡Si mi marido, como es de madre, me casca, es que yo me la gané!” ¿Será necesario reiterar que históricamente la violencia contra la mujer ha sido admitida por la sociedad, el Estado, la familia e incluso por las propias mujeres, principal vector de esta vergüenza cultural?

Peor aún, en la percepción general esa realidad es neutralizada y relativizada: se asume como si fuera un hecho natural, o como si la violencia fuese un riesgo al cual están expuestas todas las personas por igual.

Esa aceptación ha permeado a tal punto la psiquis femenina que la mujer aún cuando esté consciente de la gravedad de las violaciones a sus derechos, los desplaza mediante la abnegación [2], como si fuera una virtud, de manera que frente a la obligación de denunciar al agresor, asume que la afectación o las consecuencias no serán solo de alcance personal ni con relación exclusiva a su pareja: su razonamiento es paradójico, pues defender sus derechos puede ser el camino que conduzca a la destrucción de su propia familia, lo que limita profundamente su autonomía.

Por eso el caso de “Bolilllo” debe aprovecharse para reafirmar que la mujer victimizada no es el agente provocador de las violaciones a las que es sometida. Una extraña y perversa inversión de la realidad, que pretende exculpar a un agresor que en la mayoría de los casos resulta ser… hombre.

Despacio, pero vamos

Aun cuando queda mucho trabajo por delante, la discusión pública alrededor de este acontecimiento muestra que estamos avanzando hacia el objetivo correcto, aunque el camino implique desafíos en términos de educación y pedagogía:

  • En primer lugar, a las mujeres mismas para que logren conocer, reconocer y acceder al ejercicio de sus derechos, tanto en el ámbito privado como en el público, sin cargar además con la culpa de ser merecedoras de las agresiones.

  • Y a los hombres para que interioricen su condición de hombres que rechazan toda posibilidad de convertirse en perpetradores de violencia contra la mujer.

Necesitamos hombres y mujeres capaces de ejercer conscientemente su derecho a la igualdad. 

 *Director y editor general de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic aquí. 

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