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Álvaro Camacho Guizado: Antídoto contra el olvido

Escrito por María Victoria Duque
María Victoria Duque López

María Victoria Duque LópezEn memoria de una gran figura del pensamiento social colombiano. Retrato de un pionero, de un maestro de la ironía y de un cachaco integral.

María Victoria Duque López*

Mal momento para irse

Álvaro Camacho Guizado se fue de forma silenciosa cuando más necesitábamos de su voz. En medio del debate sobre la memoria histórica del conflicto y de la discusión global planteada por el presidente Santos acerca de la forma de cortar la fuente principal de sus recursos: el narcotráfico.

Más allá pues del dolor personal, su ausencia es más profunda por esa voz calificada que Colombia pierde con su muerte repentina.

Pionero en la exploración del conflicto

Sociólogo de la Universidad Nacional, magíster y Ph. D. de la Universidad de Wisconsin (EU), orientó sus actividades de investigación en torno a los grandes temas colombianos: la violencia – rural y urbana –, el conflicto armado, la inseguridad ciudadana y el narcotráfico.

Fue docente durante casi toda su vida profesional: primero en la Universidad del Valle, luego profesor e investigador del prestigioso Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional. Hizo parte del equipo de pioneros — más tarde conocido como los violentólogos, cuyo nombre oficial fue “Comisión de Estudios sobre la Violencia” — que en 1987 presentó el informe hoy clásico a la administración Barco, “Colombia: violencia y democracia”. Durante diez años dirigió el Centro de Estudios Socioculturales (CESO) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, donde últimamente seguía ejerciendo su tarea docente como profesor titular. Hizo parte del Grupo de Memoria Histórica y ejercía una clara influencia sobre la opinión mediante su columna en El Espectador.

Algunas de sus obras más representativas son: Capital extranjero: subdesarrollo colombiano (1972); Droga, corrupción y poder: marihuana y cocaína en la sociedad colombiana (1981); Colombia: ciudad y violencia (1990); A la sombra de la guerra: ilegalidad y nuevos órdenes regionales en Colombia (2009).

Rigor y conciencia

Era un auténtico intelectual, pero sui géneris, pues prefirió evitar ese mundo subrepticio por donde algunos circulan para ejercer poder o influencia. El único “cargo” que le interesaba era cuidar su independencia crítica y la posibilidad de llamar las cosas por su nombre: por ejemplo, fue uno de los primeros en acuñar la palabra “víctimas” para reconocerlas y sacarlas del olvido.

El concepto mismo de “víctimas del conflicto” surgió de él y le sirvió de estandarte durante esos años oscuros cuando la palabra “víctima” se fue colando al discurso nacional entre la estigmatización y la negación. Reconoció con insistencia a “una población victimizada que carece no sólo de reparación, sino de protección por parte del Estado”, tal y como lo expresó en su última columna.

Se destacan sus trabajos que profundizan el saber sobre la violencia urbana y sobre la evolución y el impacto del narcotráfico. Todos reconocemos su ahínco en crear la base de datos de las víctimas del narcotráfico durante los últimos 50 años, una labor exigente y rigurosa, como fue riguroso en todas sus actividades intelectuales y personales.

Su periplo vital tuvo como guía la razón y la búsqueda de argumentos, el análisis de la realidad desde el rigor de la ciencia social. Logró una lectura precisa y acertada del país, que le permitió grandes aportes al debate sobre los temas de interés público, desde una perspectiva crítica vinculada con una democracia incluyente.

Sostuvo que la ilegalidad y el clientelismo eran productos gemelos de la informalidad del sistema colombiano, en donde por ejemplo el narcotráfico hallaba un nicho idóneo para penetrar grandes sectores y alimentar la maquinaria clientelista.

Maestro de la ironía

La actitud crítica y la apertura al debate fueron parte integral de su carácter. Utilizando como acicate un tono sarcástico, acertaba en su análisis sobre la sociedad colombiana, un país sitiado por la guerra. De esa ironía fina nacieron profundos aportes a la crítica académica y al pensamiento nacional,

Como lo dice su colega y amigo de muchos años, Francisco Leal: “Su talante huraño lo compensaba con su humor sarcástico y oportuno en los momentos precisos y esa personalidad no era ajena en ninguno de sus espacios: tanto en el aula de clase, en presentaciones formales, como en conversaciones con los amigos y hasta en su propia casa”. Ironizaba sin siquiera sonreír, rasgo fascinante de su compleja personalidad, que desmontaba hasta a sus más finos contradictores. No soportaba los convencionalismos sociales.

De joven, cuentan sus amigos, establecía una diferencia entre ser de Tunja y ser de Boyacá. Tal vez por ello, mucha gente suponía que era bogotano: tenía efectivamente una personalidad marcadamente cachaca, que llevó puesta hasta el final.

Aprender de Camacho

Tuve el privilegio de trabajar con él por allá en 2002, en el proceso de elaboración del Informe del PNUD El Conflicto, Callejón con Salida. Apostamos por no pensar un texto desde Bogotá, sino por un proceso participativo desde lo local, con las comunidades de base, con las organizaciones sociales y académicas y con las propias autoridades.

Fue Álvaro uno de quienes ofreció su invaluable apoyo en transmitirnos la perspectiva que debería estar en los fundamentos y en la filosofía del trabajo de campo. Fue así como tuve la oportunidad de aprender sobre ese don de saber escuchar y sólo desde allí, desde el otro, valorar la experiencia curtida de la gente de carne y hueso cuando se habla, por ejemplo, del conflicto armado, de las víctimas o de la reconciliación.

Tengo ahora ante mis ojos al hombre. Desde que era estudiante le decían “El Abuelo”, tal vez porque era un joven viejo, por la lucidez que se alojó en él como su propia piel o por su carácter huraño y fuerte, que le otorgaba cierto aire circunspecto y que inspiraba respeto, como el que se le ofrece sólo a los que han entrado por la puerta de los años y que lo han hecho con el análisis sosegado que merece la realidad social y política que lo rodeó.

Tengo también ante mis ojos el fino retrato de un investigador de campo, de un hombre que prefería apartarse de la oficina y salir a untar sus poros con el aire de quienes viven en esa otra Colombia. Sus anécdotas serán recordadas como esas ciertas sutilezas que tenía y usaba para explicar la profundidad de sus argumentos.

Lo reconozco como ese intelectual íntegro, capaz de abstraerse por momentos de teorías, tesis e hipótesis, para reconstruir los argumentos desde el conocimiento directo del ser humano.

Era un pensador desde lo concreto, un amante del rigor y del dominio substancial de los temas, por ello desestimó varias oportunidades laborales, todas aquellas que lo alejaran de la realidad y apostó por otras, donde perseveró hasta el final.

Lección vital

Cuando me enteré de su muerte, un amigo me dijo: “Álvaro sabía mejorar el café recalentado, metiéndole un tizón a la olleta”.

Se casó con Nora Segura Escobar. Coherente siempre con su forma de pensar y de actuar, el único cura de quien le aceptaría la “bendición” de un rito como el matrimonio fue de Camilo Torres.

Hombre reticente, de gestos firmes y mirada estricta, también era capaz de apreciar el aroma de un fino tabaco, el café negro y las tertulias con amigos y colegas. Disfrutaba de su familia en su casa de campo en La Vega. Si había un partido de fútbol de Millonarios, pues tanto mejor.

Hoy sus colegas, sus amigos y especialmente sus estudiantes lo recordamos con cariño y con respeto, con la sensación de vacío por la pérdida del hombre cabal y del intelectual. Queda esa congoja que sentimos todos cuando se va un ser humano integral. Tras su muerte, su gran lección vital será antídoto contra el olvido. *

*Cofundadora de Razón Pública. Para ver el perfil de la autora, haga clic aquí.

twitter @mavidulo  

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