
Días de Enero
Compartir:
¡Por los bigotes de Dalí, lo juro! … salí diciendo de la película “Daaaaaalí” del director Quentin Dupieux (2023). Que genio tan insoportable, tan lleno de sí, tan excéntrico y postizo. Casi no se puede creer que sea así todo el tiempo, como que uno está esperando que se quite la máscara y la capa.
Mirando al piso voy, porque el andén está desbaratado. Caminar en Bogotá es una aventura, a veces por entre mugre, otras entre árboles y flores, paso junto a personas con cara de bravas o despistados, o con hambre de tanto caminar y dormir arropados con bolsas de plástico, es toda una faena siempre.
A la orilla del mar, se duerme bajo el arrullo de las olas. Pienso en cómo es que se vive sin el sonido del mar y su brisa salada. Las tortugas viajan por el canal, no llegan a ningún lado y se devuelven. Hay remolinos, se puede ver un hilo plateado que como una serpiente se enrolla en sí misma y se hunde hasta desaparecer.
Ayer el oleaje arrastró un carro que estaba parqueado en el muelle. Movieron las embarcaciones por precaución. La piscina de agua dulce se llenó de agua salada. Los gatos salieron corriendo, todos incluído chulito.
Pericos en bandada, vuelan bajito. Gorriones toman agua mientras planean sobre el agua de la piscina. Un columpio que mira al mar posa para una foto. Romeo de paseo sin temor a la marea. Las cosas se ven distintas desde la distancia.
De chiquita pensaba que el agua de la piscina era azul y me encantaba imaginar cómo se sentiría ese azul piscina sobre la piel. El sol ardía y despellejaba la piel, que como vestido de culebra se caía y dejaba lugar para la mutación. Noches sin poder apoyar la espalda, que rechinaba en calor rosa, como piel en carne viva. El roce del agua dolía, mi abuelo me echaba leche de magnesia y poco a poco la piel se recuperaba, dejando pecas y manchas como recuerdo indeleble de las vacaciones. En ese entonces, yo no sabía que el sol en exceso era imborrable. Todas (mi mamá y hermanas) en la casa nos asoleábamos con aceite y canela. La mezcla de piquetes de zancudos (que no eran zancudos) y pecas dejó todo un mapa en mi piel.
Hoy mi cuerpo habla del tiempo con verdad. Yo lo critico a veces y me cuesta trabajo aceptarlo en su impermanencia. Corruptible, frágil y no siempre dispuesto. A veces me desconozco, parece que alguien más habitara en mi.
El sonido del móvil en madera, acompaña el del oleaje. Suena como una marimba, sus notas son juguetonas, ágiles e improvisadas..
Anoche llovió, el pavimento lo contó está mañana. De un balcón ayer salieron fuegos artificiales, por suerte no los siguió el grito de alguien. No se puede creer lo que la gente alcanza a hacer a la luz de una necesidad de festejar, como si estuvieran excusados por las fechas, como si todo valiera en la celebración.
Anoche alguien vino a buscar lo que no se le había perdido, y salió corriendo pues no lo encontró. Yo pensé en las horas invertidas en estas palabras, que como en un collar, una a una he ido ensartando… ¿Qué tal si quien entró sin permiso fuera solo un ladrón de palabras que buscaba algo que decir en su discurso de fin de año, o necesitaba ponerle palabras a un reto pendiente, o el título para el proyecto que comenzaría al iniciar el año…qué tal?
El piano man se lució con su repertorio, cantamos felices con él.
El tiempo pasa y nos pasa. Pasó un año y muchas cosas cambiaron, cambiamos también.
Comienza el año, el pasto hay que cortarlo igual que el pelo, hay que hacer mercado. Nuevos virus aparecen y vacunas también.
Hay historias que continúan, otras no.
Astromelias blancas a mi llegada, las cosas en su puesto, todo brilla. Yo demoro en llegar y cuando lo hago quiero quedarme. La ciudad está menos poblada que de costumbre, sale el sol y llueve en el mismo día.
La pregunta no es ¿Qué me traerá el año nuevo? sino más bien…¿Que le daré yo al nuevo año?
El mercado subió al igual que la gasolina. Es vital comenzar a producir pronto para que los meses muertos se puedan sobrellevar.
En Bogotá más allá de los edificios siempre están los cerros y el cielo azul ocasionalmente. Disfruto la brisa fría en un día con sol, mientras camino sobre los andenes que fueron nuevos, con retazos de grises y amarillo ya pisado. Es una composición agradable, ya los había visto, pero los noto más hoy, por la luz o por algo más. O simplemente porque quiero y decido verlos, y al escogerlos para hablar de ellos parece que fueran más importantes que todo alrededor. El pasto se cuela por entre los bordes gris oscuro casi negro de las baldosas de cemento.
Veo perros humanizados y humanos animalizados. Perros con chaquetas, con zapatos, con moños, con baberos con pañales, animales a los que se les recoge el popó en las esquinas, para meterlo en bolsas de plástico, que dejarán en otra esquina.
El conejo que sale del sombrero sin dar explicación alguna, así pasa con el 2025 que llega sin antesala.
Acerca del autor
Ana Maria Cadena Silva
Actriz, artista plástica y máster en docencia. Escribo y trabajo sobre el cuerpo en la vida.
0 comentarios





